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Personalismo y antropología personalista, por Pilar Ferrer

INTRODUCCIÓN

Leía hace unos días una entrevista a Mayor Oreja ex diputado en la Unión Europea y presidente de la Fundación Española Valores y Sociedad, donde ponía de manifiesto respecto a la crisis actual:

La crisis es de actitud personal, de la verdad, de confianza. Todo está en el corazón y en las conciencias de las personas. Por eso damos palos de ciego cuando interpretamos la crisis como económica, financiera o política. Si la crisis está en la persona la solución está en la persona. Tendrá que producirse un cambio de actitud personal. La crisis es total y por eso la crisis está en la Iglesia. La desorientación está también en la Iglesia. ¿Dónde no hay crisis? La hay en todas las instituciones. Todo lo que es público y es institución está en crisis. Hay que dejarse arrastrar por esos valores que en el ámbito público están en crisis. Y tiene que empezar por la persona[1].

Estas palabras nos pueden servir para descubrir la importancia de la persona y de todo aquello que ponga de manifiesto el valor de la misma y, por tanto, el alcance que tiene actualmente la filosofía personalista en todos los ámbitos. No es un sistema. Sus pensadores tampoco se encierran en una estructura: son filósofos poco sistemáticos, abiertos a la realidad, cuyo centro es la persona y las relaciones con el otro, las relaciones personales.

FILOSOFÍA PERSONALISTA

Esta corriente filosófica nació en Francia y después se extendió por Europa. El personalismo es y quiere ser filosofía en sentido pleno, con dimensiones prácticas y operativas. Al hablar, pues, de personalismo, nos encontramos con una filosofía de la historia, una metafísica, una antropología, una ética.

Al ser su afirmación central la existencia de personas libres y creadoras, introduce en el corazón de esas estructuras un principio de imprevisibilidad, que disloca toda voluntad de sistematización definitiva. Quien pretenda construir en torno a la persona un «aparato de pensamiento y acción que funcione como un distribuidor automático de soluciones y de consignas»[2]  ya ha reducido a objeto lo que por principio es inobjetivableno-inventariable, y no se deja reducir a una definición, por ser la originalidad creadora, la novedad personal e histórica  -en suma, las perspectivas abiertas- lo que nos indica la presencia y la vocación de esa existencia superior que entraña lo personal. Se trata de elaborar toda la antropología filosófica en torno a la persona.

WOJTYLA Y EL PERSONALISMO

Me centraré en el personalismo de Wojtyła y su antropología ya que mi llegada a los personalistas fue a través de él[3]. Conocía el libro de Amor y responsabilidad, pero sabía poco más que el nombre de su autor. Leyendo un ciclo de conferencias que había tenido lugar en Roma me tropecé con un título que me sorprendió “El hombre interior”, conferencia que había pronunciado el Cardenal Karol Wojtyla en Roma. Desde entonces comencé a interesarme por el pensamiento de un autor que era prácticamente desconocido en Occidente y se encontraba tras el telón de acero.

Pude leer en esa conferencia, pronunciada por Wojtyla, una descripción del hombre que me sorprendió y me llamó la atención:

El hombre, de modo especial en nuestra época, ocupa el centro de muchas declaraciones, programas o manifestaciones, y también de numerosas ciencias y filosofías. Nuestro conocimiento del hombre, es cierto, ha progresado en muchos aspectos; conocemos de modo más preciso el cuerpo humano, el metabolismo y el sistema nervioso, los procesos psíquicos y el subconsciente. Pero ni la ciencia ni la filosofía tienen la audacia de tomar el espíritu humano como objeto de su investigación y de hablar, por tanto, directamente del alma, como hacían aquellos pensadores de hace siete siglos. La filosofía de la conciencia, sobre todo en su versión fenomenológica, -seguía diciendo Wojtyla- ha enriquecido ciertamente nuestro conocimiento de los “fenómenos” empíricos de la espiritualidad humana, pero no se ha decidido a dar aquel paso metafísico desde los síntomas al fundamento. El pensamiento contemporáneo se muestra, en efecto, más propenso a ampliar el campo de la intuición directa, que a sacar conclusiones metafísicas. Esto facilita que se vea la riqueza del espíritu humano, la experiencia entendida como conjunto de lo concretamente vivido por el hombre, nos traslada inmediatamente a la subjetividad del hombre”[4].

La subjetividad, no el subjetivismo, era de lo que trataba el autor y esto fue un foco de luz para mí. En el tema de la subjetividad Wojtyla se sitúa muy por encima de la psicología o de la moral para alcanzar lo profundo de la realidad personal. Después de este descubrimiento pude conversar, discutir y contrastar mis opiniones sobre el pensamiento de Wojtyla con Janusz Gzik y su tesis sobre Análisis antropológico del amor en Karol Wojtyla.

Gzik es un gran conocedor de la teología y filosofía perennes por un lado, y de las corrientes filosóficas contemporáneas por otro. Su filosofía es, en cierto sentido, un diálogo entre la tradición tomista y el pensamiento moderno. El personalismo construido sobre el fundamento del tomismo existencial y la fenomenología, es la perspectiva principal en la que Wojtyla pone la reflexión sobre la persona humana. En sus obras principales explora la realidad del hombre, a partir de la experiencia, con el método fenomenológico y a la luz de la filosofía de Tomás de Aquino. Sin embargo no asume la filosofía tomista en su totalidad. Tomás tiene como fundamento la realidad objetiva del hombre y de su naturaleza, y ésta constituye precisamente el punto de partida de su reflexión. En cambio, para Wojtyla el punto de arranque es el sujeto y la experiencia que tiene de sí mismo en la autoconciencia.

Esta manera de pensar permite llegar al núcleo de la persona por vía subjetiva. Reconoce el valor del método fenomenológico de Scheler en el descubrimiento y en la interpretación de la esencia del objeto de la experiencia, sobre todo, cuando se trata de la experiencia de la persona humana. Este método fenomenológico es un instrumento muy útil para los análisis de la interioridad de la conciencia humana que le interesa a nuestro autor. En la reflexión en torno a la realidad humana, el punto de partida lo constituye la experiencia del hombre en la acción.

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Al hombre le es propio un modo de subjetividad en el que cada uno se experimenta a sí mismo como responsable de sus propias acciones para sí y para el otro; la dignidad de la persona humana es la medida de la moral, la medida del concepto y de la experiencia del bien: esto es un hecho, un dato, no una opinión.

FILOSOFÍA CLÁSICA Y PENSAMIENTO MODERNO

Wojtyla elabora su antropología a partir de elementos tradicionales y modernos y logra una nueva antropología de corte personalista. Su punto de partida lo constituyen los presupuestos realistas básicos, y, sobre esos presupuestos, integra las aportaciones modernas desactivando su componente idealista. Una antropología que facilita mostrar la realidad del hombre-persona a través de sus acciones. Los ejes fundamentales de su pensamiento antropológico son: el concepto de hombre como persona y el concepto de amor como donación. En ambos casos sus reflexiones no parten de la realidad objetiva del mundo, sino del hombre y de la experiencia que este tiene de sí mismo en la autoconciencia y  esta manera de pensar le permite llegar al núcleo de la persona por vía subjetiva.

Nuestro autor apuesta por una antropología que, explícitamente, no es ni metafísica ni fenomenología, si bien toma elementos de ambas: «Este trabajo ha intentado que emerja desde la experiencia de la acción aquello que muestra que el hombre es una persona, lo que desvela a esta persona; en cambio, no se ha pretendido construir una teoría de la persona como ente, es decir una concepción metafísica de la persona»[5].

En su obra Persona y acción, uno más de los intentos de los pensadores del siglo XX (Maréchal, Maritain, Stein, Mounier, Guardini, Marías) consigue unificar la tradición filosófica clásica, las premisas realistas, con el pensamiento moderno; como un esfuerzo más, brillante y cuajado en este caso, de integrar las dos grandes tradiciones filosóficas, la del ser y la de la conciencia, para alumbrar una antropología positiva y de futuro capaz de dar una respuesta adecuada a los interrogantes del hombre contemporáneo, tanto del cristiano como del no creyente. Una antropología, en definitiva, capaz de ofrecer al no creyente, desde una razón contemporánea, un modelo de persona integrada, equilibrada y abierta a la trascendencia. Y, al creyente, un sistema de pensamiento que le evite la obligación de asumir formulaciones filosóficamente anticuadas como precio por la coherencia con su fe[6].

Nos encontramos ante los escritos de un filósofo que intenta desarrollar su trabajo de una forma rigurosamente fenomenológica. Podemos decir que él sigue el método realista de fenomenología empleado por casi todos los colegas de Husserl, Roman Ingarden y otros. Decir que los textos son fenomenológicos es decir que imponen una rigurosa disciplina al lector, que debe intentar verificar de acuerdo con su propia experiencia aquello que Wojtyla propone haber comprendido en su experiencia de modo evidente y esencial. No podemos olvidar que nuestro autor siempre ha preferido observar la experiencia antes que ser un intelectual.

Jacques Maritain (Infografía)

Jacques Maritain, destacado representante del personalismo
(Infografía)

Edith Stein (Infografía)

Edith Stein
(Infografía)

Junto a Wojtyla y bajo la influencia de Mounier surgió un grupo de pensadores que se plantearon problemas similares y les dieron una solución también similar aunque modulada por la idiosincrasia personal. En Francia destacan Jacques Maritain, Gabriel Marcel o Maurice Nédoncelle. En Alemania el grupo de fenomenólogos realistas -con nombres como Scheler, von Hildebrand, Edith Stein-, Romano Guardini y la filosofía del diálogo o personalismo dialógico, ligada al judaísmo y representada principalmente por Buber, Ebner, Roszenweig y Lévinas. En España Zubiri y Julián Marías; en Italia, Luigi Stefanini y Luigi Pareyson, etc. La aportación filosófica de este conjunto de personalidades contribuyó de forma decisiva a transformar el movimiento personalista en una filosofía poderosa, creativa y con mucha potencialidad[7]

CONCLUSIONES

Las características esenciales comunes a este conjunto de filósofos como señala  Juan Manuel Burgos con , destacado  lo cual significa no solo que se utiliza o menciona -algo común a muchas otras filosofías-, sino que toda la estructura de la antropología depende intrínsecamente del concepto de persona. La distinción entre cosas y personas implica que las personas deben ser analizadas con categorías filosóficas especificas. La afectividad se considera una dimensión central, autónoma y originaria que incluye un centro espiritual que se identifica con el corazón. La cualidad más excelsa de la persona no es la inteligencia sino la voluntad y el corazón, lo que implica una primacía de la acción y permite dar una relevancia filosófica al amor. Además existen dos modos de ser persona: varón y mujer; el carácter sexuado afecta al nivel corporal, afectivo y espiritual. Los filósofos personalistas ven su filosofía no como un mero ejercicio académico, sino que buscan la transformación de la sociedad. El personalismo entiende que la filosofía moderna ha conducido a errores relevantes como el idealismo, pero también ha aportado novedades antropológicas irrenunciables como la subjetividad, la conciencia el yo o la reivindicación de la libertad.

[1] J. MAYOR OREJA: «La ideología de género es un cimiento del Nuevo Orden Mundial para descristianizar» entrevista en RL 9 noviembre 2016.

[2] E. MOUNIER, Obras completas, III, 463, citado por VEGAS, José M. Introducción al concepto de persona. IEM. Madrid, 1990.

[3] Persona y amor. Una clave de lectura de la obra de Karol Wojtyla, Bilbao 2005.

[4] JUAN PABLO, I. I.; PAPA, Karol Wojtyla. La evangelización y el hombre interior, 1978.

[5] J. M. BURGOS, El giro personalista: de qué al quién, 2011.

[6]  Cfr. Ib.

[7] Cfr. J M. BURGOS, Filosofía personalista ¿Qué es el personalismo? AEP.

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Pilar Ferrer

Pilar Ferrer

Pilar Ferrer Rodríguez, Desde 1997 es Profesora de Filosofía en la UCV San Vicente Mártir. Entre sus publicaciones figuran: Intuición y asombro en la obra literaria de Karol Wojtyla; Persona y amor. Una clave de lectura de la obra de Karol Wojtyla, Forma parte desde su fundación de la AEP.
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