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Compasión y misericordia a la luz de la Biblia.

Dr. José Luis Sánchez García

UCV “San Vicente Mártir”.

[Extracto de la conferencia pronunciada en el marco de las Jornadas sobre Emoción, Empatía y Compasión. UCV “San Vicente Mártir”. 16 de febrero de 2016]

1. INTRODUCCIÓN

Según la RAE, la Misericordia es “la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas”, así como un “atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas[1]. Por otra parte, la compasión aparece definida como “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien[2].

Al rastrear ambos conceptos en la Sagrada escritura, lo primero que deberíamos apuntar es que en la mayoría de ocasiones suelen aparecer de modo indistinto, como términos complementarios que se apoyan y sustentan su significado. Por lo tanto, y puesto que la misericordia parece abarcar un campo de acción mucho más completo, la presente disertación hará referencia continua a esta última, pero englobando también el concepto de compasión aunque no aparezca referido explícitamente.

2. LA MISERICORDIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO 

El concepto de misericordia tiene, en el Antiguo Testamento, una larga y rica historia, a la cual debemos remontarnos para que resplandezca con mayor plenitud la misericordia revelada por Cristo.

La Misericordia se asocia con la compasión y con la fidelidad, expresada en el Antiguo Testamento por la experiencia del pueblo de Israel en cuanto a su relación con Dios. Efectivamente, Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza que rompió muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de la propia infidelidad -y a lo largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres que despiertan tal conciencia- se apelaba a la misericordia.

Existen dos términos primitivos en relación con la misericordia y la compasión:

  • Rahamin: Término hebreo. Expresa el apego instintivo de un ser a otro, teniendo su asentamiento en el seno materno, en las entrañas, en el corazón. Es el cariño y la ternura, que inmediatamente se traduce por actos, como son la compasión hacia otro en una situación trágica o el perdón de las ofensas.  Puede verse aquí una prefiguración del amor trinitario, centrado en una relación de personas, como un padre, una madre y un hijo. Como dice el profeta Isaías, “aunque una madre se olvidara de su hijo de pecho, Yo jamás te olvidaré” (Is 49, 15).
  • Hesed: Designa la piedad, como una relación que une a dos seres e implica fidelidad. Esta acepción otorga un punto de vista todavía  más sólido a la misericordia, no siendo ya únicamente el eco de un instinto de bondad, sino una bondad consciente y voluntaria, incluso como respuesta a un deber interior, fidelidad con uno mismo.[3]

Cuando el hombre adquiere conciencia de ser desgraciado o pecador, es precisamente cuando mejor se le revela el rostro de la misericordia. Dios, por tanto, acude en socorro del miserable, como encontramos en tantos Salmos:

Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí;

Porque en ti ha confiado mi alma,

Y en la sombra de tus alas me ampararé

Hasta que pasen los quebrantos. (Sal 57, 1)

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

Por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. (Sal 50, 1)

 

Esta convicción inquebrantable parece tener su origen histórico en la experiencia de la liberación de Egipto, donde Israel logra escapar de faraón gracias a la intervención divina. “He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor…conozco sus angustias. Estoy resuelto a liberarlo” (Ex 3, 7s.16s)

Por otra parte, conviene destacar que la relación de la misericordia con la justicia es fundamental, ya que “allí donde Dios muestra misericordia, ésta no suprime la justicia divina, sino que superándola y convirtiendo al hombre de pecador en justo, hace como plenitud de la justicia que Dios pueda ser justo con el hombre que él ha convertido en justo”.[4] Si Dios es misericordia, ¿cómo no exigirá a sus criaturas la misma ternura mutua? Lo que Él quiere es que se observe el mandamiento del amor fraterno, muy preferible a los holocaustos.

3. LA MISERICORDIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Ahora bien, el cambio sustancial llegará en el Nuevo Testamento, donde Jesús, antes de realizar el designio divino, quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», menos en el pecado, a fin de experimentar la miseria misma de aquellos a los que venía a salvar. Por consiguiente, todos sus actos traducen la misericordia divina, teniendo en cuenta que Jesucristo es, en el tiempo de la Nueva Alianza, la encarnación de la misericordia de Dios.

Es importante resaltar que Cristo, al revelar la misericordia divina, se estaba dirigiendo a hombres que no sólo conocían el concepto de misericordia, sino que, además, en cuanto pueblo de Dios de la Antigua Alianza, habían sacado de su historia plurisecular una experiencia peculiar de la misericordia de Dios. Esta experiencia era social y comunitaria, como también individual e interior.

Como afirma San Juan Pablo II, “revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como Padre de la misericordia, nos permite verlo  especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad”.[5]

Este rostro de la misericordia divina que mostraba Jesús a través de sus actos, quiso dejarlo retratado para siempre; ciertamente, con su estilo de vida y con sus obras, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amorel amor que opera, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. A los pecadores que se veían excluidos del reino de Dios por la mezquindad de los fariseos, proclama el evangelio de la misericordia infinita, en la línea directa de los mensajes auténticos del Antiguo Testamento. Los que regocijan el corazón de Dios no son los hombres que se creen justos, sino los pecadores arrepentidos:

Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?

Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.”

Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.(Lc 15, 7-10)

El cristiano, por tanto, debe amar, tener una auténtica compasión en el corazón; no puede cerrar sus entrañas ante un hermano que se halla necesitado. De hecho, la misericordia de Dios, manifestada plenamente en Jesucristo, es el presupuesto que fundamenta y fomenta toda la misericordia del hombre, por lo que “ésta tiene el carácter de respuesta, pues sabe que ella misma y sus dones son constantemente recibidos y prestados, de manera que en último término no da lo suyo, sino que transmite lo recibido, y esto no por libre elección, sino por encargo y la obligación que le impone la misericordia recibida de Dios”.[6] En la pobreza y necesidad del otro, la misericordia ve su propia pobreza y necesidad.

4. PAPA FRANCISCO: MISERICORDIAE VULTUS

El texto que nos ocupa se centra, principalmente, en una visión de Jesucristo como “el rostro de la misericordia del Padre[7], donde encuentra su síntesis el misterio de la fe cristiana. Y en este rostro, afirma el Papa, es donde estamos llamados a tener la mirada fija, para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Y por esto, prosigue Francisco, se ha convocado un “Jubileo Extraordinario de la Misericordia, como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes[8].

Destaca el Santo Padre, ya desde el principio, cómo la misericordia era lo que movía a Jesús en todas las circunstancias, con lo cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. De hecho, en las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que nunca se rinde hasta que no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia.

Esta actitud, este impulso motor de Jesucristo, no es sino una enseñanza directa para nuestro estilo de vida cristiano, una llamada, una súplica, teniendo en cuenta que “la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros; Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible”[9]. Propone Francisco, en este sentido, una peregrinación interior que devenga en una conversión del corazón, mediante la cual sea posible alcanzar la meta de la misericordia. Es importante que nosotros nos descubramos pequeños y necesitados de la grandeza de Dios.

No podemos escapar a las palabras del Señor, no podemos ignorar el hambre del hambriento, la sed del sediento, la desnudez del que no tiene con qué vestirse. En este sentido, la misericordia es una apertura al otro, siendo conscientes de que también nosotros somos merecedores de ella.

 

5. CONCLUSIÓN

misericordiae-vultus

Para concluir, es importante señalar algunos puntos significativos. En primer lugar, destaca que la definición que la RAE propone como algo natural el compadecerse de las miserias del otro. Por otra parte, hemos de tener en cuenta el concepto de Alianza, que se ve muchas veces en relación a la infidelidad del pueblo. En este sentido, Dios castiga pero sin olvidar la ternura y el perdón, ya que su amor prevalece siempre. El hombre, por tanto, tiene que experimentar su miseria y el mal físico, así como el conocimiento del propio pecado, para poder volverse  a Dios. En tercer lugar,  Jesús es la imagen de la misericordia del Padre. Los que conmueven el corazón de Dios no son los que se creen justos, sino los pecadores. La misericordia plena, en este sentido, es nuestra salvación, sin olvidar que en la pobreza y miseria del otro, vemos nuestra propia miseria. Como afirma el Papa Francisco, Jesús es el rostro de la misericordia del Padre, Dios no se cansa de perdonar, por lo que el fin de la Justicia es la Misericordia. Por lo tanto, quien solo espera la muerte, queda atrapado en ella. No podemos olvidar que el encuentro con el Señor es la máxima misericordia.

 

[1] http://dle.rae.es/?id=PO8rYsZ

[2] http://dle.rae.es/?id=9zruVbj

[3] León Dufour, X. Diccionario de teología bíblica. Pg. 543.

[4] VVAA. Sacramentum mundi. Encoclopedia teológica, IV. Pg. 628.

[5] Juan Pablo II, Dives in misericordia, 2

[6] León Dufour, X. Diccionario de teología bíblica. Pg. 546

[7] Francisco, Misericordiae Vultus, 1.

[8] Ibid, 3.

[9] Ibid, 10

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José Luis Sánchez García

José Luis Sánchez García

Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, y Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Valencia. Licenciado en Teología , en Filosofía y Letras y en Ciencias Eclesiásticas, así como Graduado en Enfermería y Máster Oficial en Bioética. En la actualidad desempeña el cargo de Director de la Cátedra Fides et Ratio y Capellán Mayor.
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