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Razón de una ética personalista en la era de la postverdad

Por Raquel Vera

1. En la era de la postverdad

En la era de la postverdad se pueden todavía mantener ciertas verdades lógicas y metafísicas que, aunque a la mayor parte de los seres humanos no les parezcan de utilidad para el día a día, sí que, al menos, nos permiten mantener cierta confianza en la realidad. Verdades tales como el principio de no contradicción: que una cosa no puede ser ella misma y su contrario al mismo tiempo y en el mismo sentido; o como la superioridad en el ser de la persona frente al resto de seres vivos.

Pero estas verdades son cuestionadas en el ámbito socio-político en cuanto se intentan concretar. Por ejemplo,  ¿proporciona la superioridad mencionada de la persona una dignidad inalienable o puede esta estar en función de otra persona que tenga más edad o sea más querida? ¿está incluido el respeto al origen de la persona en el respeto a dicha dignidad, o puede el origen de la persona separarse de la misma hasta el punto de que no importe cómo venga al ser con tal de que otra persona lo desee por cualquier medio? ¿es cierto que la afirmación “no existe la verdad absoluta” —y, por tanto, nadie podría arrogarse una verdad tal— se contradice a sí misma al afirmar la verdad absoluta de que “no existe la verdad absoluta”? ¿o más bien se trata de dos niveles del lenguaje en el sentido del filósofo del lenguaje Gottlob Frege, y por tanto no se afirma lo mismo y lo contrario en el mismo sentido? Dejaremos a un lado el hecho de que una nivelación del lenguaje al estilo fregeano tampoco podría dar razón de su verdad, puesto que esto implicaría un regreso al infinito (“es verdad que ‘es verdad’ que es verdad que… nada es verdad”), anulando la capacidad de expresión misma del lenguaje. Lo que nos interesa resaltar aquí es el hecho de que lo concreto parece limitarnos y por ello nos incomoda. Tenemos un deseo de trascendencia, de trascender nuestra propia contingencia existencial y eso nos lleva a veces a sobrepasar los límites éticos, metafísicos y/o lógicos de la propia realidad.

2. Sobre el personalismo

En esta coyuntura en la que nos ha situado la era de la posverdad ¿se puede todavía encontrar en el ámbito de la filosofía un faro que ilumine la vía para no errar continuamente y tener que esperar a sufrir las consecuencias para darnos cuenta de que no era el mejor camino? ¿dónde residiría ese faro?

Intentos no han faltado entre pensadores de diferentes corrientes. Me detendré a hacer una somera consideración sobre algunas que han procurado o permiten hacer compatible su pensamiento con la Revelación. Se trata no necesariamente de corrientes que parten de conceptos cristianos, pero que tampoco los contradicen, desarrollando un pensamiento que se abre a la posibilidad de que dichos conceptos aporten una visión trascendente a la propia filosofía. Una visión que excede a la razón humana pero que no por ello tiene que entrar en contradicción con la razón.

Me refiero especialmente a la filosofía perennis, a la fenonemonología realista y al personalismo —especialmente de Karol Wojtyla— que se nutre de las dos anteriores.

No se trata aquí de explicar en qué consisten, sino de indicar el elemento clave en cada una de ellas que pueda, quizá, ayudar a la postmodernidad a reconocer una verdad aplicable a su realidad cotidiana de tal modo que le permita vivir en plenitud. Así como existe una referencia clara en la filosofía perennis al respecto, hablamos de la Summa Theologiae de Santo Tomás en sus tratados sobre las virtudes; existen también clásicos de la ética en la fenomenología realista, como la Ética de Max Scheler y la de Dietrich von Hildebrand, sin embargo, no podemos decir lo mismo del personalismo wojtyliano.

Scheler

Max Scheler
(Infografía)

Max Scheler merece consideración aparte en este marco de filosofía compatible con el cristianismo. Este autor apuesta por una intuición emocional como método para el conocimiento de los valores, una vivencia experiencial que encierra el contenido no sólo formal de estos valores y que, en la descripción de esa vivencia encontraría su realidad, la verdad de los valores. Ahora bien, habiendo este gran filósofo apuntado a la experiencia accesible a cualquier persona, y analizado los valores en una relación bastante congruente, se centra hasta tal punto en el conocimiento que acaba difuminando la importancia de la encarnación de los valores para la realización de la propia persona. Llegando a considerar el núcleo personal como una participación en una esencia de la yoidad más general, perdiendo así la individualidad personal cuyo valor en numerosas citas había señalado magistralmente (así en El puesto del hombre en el cosmos) y, por ende, diluyendo también el alcance de la dignidad personal concreta de cada ser humano[1]. Scheler nos acerca al conocimiento de lo bello, bueno y verdadero desde la propia experiencia, pero precisa de un elemento volitivo que pueda llevar la vida personal concreta a su plenitud.

Santo Tomás

Por su parte, Santo Tomás establece claramente la categoría superior en el ser de la persona respecto del resto de seres vivos, por sus capacidades. También muestra el aquinate el camino por medio del cual la voluntad puede llevar a la persona a plenitud: las virtudes. Sin embargo, apostando más bien por una visión cosmológica del hombre (encerrada en la definición aristotélica anthropos zoon noetikón, homo est animal rationale, como señala el propio Karol Wojtyla[2]), no se adentra en la experiencia como modo de conocimiento interno de la irreductibilidad de la persona y, con ello, de su dignidad.

En el mundo pluralista de la postverdad, la visión cosmológica de la tradición aristotélica y de las corrientes que emergen a partir de sus fundamentos, resulta ser no ya una visión más, sino una visión que se percibe como impuesta, y, por ende, acompañada de aquella incomodidad existencial que nos sugiere todo aquello que nos limita desde fuera. Sin discutir las conclusiones de esta tradición, ni sus aportaciones conceptuales de gran valor para un pensamiento fundamentado y compatible con la Revelación, ni tampoco la riqueza de sus contenidos; sí queremos subrayar la dificultad del hombre actual para asimilar este mundo conceptual que siente como encorsetándole y produciéndole un rechazo producto de la cultura moderna y posmoderna en la que ha ido creciendo como persona.

Dietrich von Hildebrand

Dietrich von Hildebrand

Dietrich von Hildebrand tratará de aunar el conocimiento de los valores con la realización de la persona como respuesta a dichos valores, llevando la libertad a su expresión más propiamente humana y humanizadora. Su descripción de los valores resalta la importancia de los mismos, cuyo eco positivo podemos encontrar en nosotros, en nuestra propia experiencia. Sin embargo, en el camino a la plenitud de cada persona concreta, no es suficiente ‘darse cuenta’ de la importancia de los valores, es necesario ponerlos en práctica teniendo en cuenta las circunstancias, las fuerzas personales para el bien, la necesidad de crear disposiciones interiores por medio de los actos. En definitiva, un aspecto importante de la ética hacia el cual apunta este filósofo pero que quizá no recalque lo suficiente: las virtudes que señalamos anteriormente. Karol Wojtyla

Karol Wojtyla

Karol Wojtyla

He aquí que Karol Wojtyla parece aunar la importancia de los actos personales sobre los que se fundamente la virtud, con la vivencia de lo irrepetible en el hombre por medio de la experiencia; la importancia de la dignidad, con el camino de realización de la persona que, por otro lado, no excluye, sino que incluye, la dimensión comunitaria de la persona. No obstante, si bien dejó muchas obras de carácter ético, no dejó escrito ningún manual general exclusivamente de Ética como los mencionados en los autores anteriores. Sin embargo, Karol Wojtyla, en sus escritos, con su comprensión personalista particular de la realidad humana (especialmente reflejada en Persona y acción), plasmó los elementos necesarios para desarrollar una Ética que pudiera recuperar la plenitud del hombre que vive en la era de la postverdad por medio de su propia vivencia interior, sin la sensación de encorsetamiento cosmológico.

Esta recuperación se realizaría fundamentalmente mediante el sentido wojtyliano de los términos antropológicos: autodeterminación, realización de sí, trascendencia, integración de la persona en la acción. Términos todos ellos por los cuales el hombre conoce y procede conforme a su dignidad, cuando es capaz de ser señor de sí mismo, disponer de un autodominio que le permite entenderse como fin en sí mismo y no meramente como medio. Sin dejar de lado la dimensión comunitaria, la persona pone a disposición del prójimo una libertad que puede darse, porque primero se tiene a sí misma. En palabras del Magisterio:

el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás (Gaudium et Spes, 24)[3].

NOTAS

[1] “No hay más que la esencia de la yoidad, por una parte, y los yos individuales, por otra, en los que se hace existente esa yoidad.”  Scheler, M. (2001). Ética: nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético (3ª edición), Madrid: Caparrós, pág.. 507. En las últimas páginas de El puesto del hombre en el cosmos, Scheler termina abogando por una fusión panteísta con la divinidad, de la cual somos “un centro parcial” (Alba, Barcelona 2000, pág. 127).

[2] ‘La subjetividad y lo irreductible en el hombre’ en: El hombre y su destino (4ª edición). Madrid: Palabra, Madrid 2005.

[3]  En  el Master de Antropología personalista que ofrece la Universidad Católica de Valencia en colaboración con la Asociación Española de Personalismo tratamos de ofrecer una visión general del hombre desde la que poder dirigir sus actos a su realización sin perder de vista la plenitud del bien y la verdad personales insertas en aquella irrepetibilidad de la persona. Incluimos en este master una asignatura de Ética que, partiendo de esta fundamentación antropológica, pueda dar razón de la búsqueda del bien en clave personalista.

 

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