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Dutton, D. (2014). El instinto del arte. Barcelona: Paidós

Reflexiones sobre arte y evolución

Datos bibliográficos

  • Título: El instinto del arte
  • Autor: Denis Dutton
  • Editorial: Paidós
  • Edición: 2014
  • Ciudad: Barcelona
  • Páginas: 368

Comentario

El objeto principal de esta obra de Denis Dutton se puede resumir en el interés por fundamentar uno de los puntos clave y más delicados de cualquier reflexión sobre el arte: su carácter universal. El punto de partida del autor es la constatación de un hecho indiscutible: «el atractivo universal de las artes en diferentes culturas y a lo largo de los siglos», y a este hecho básico es al que pretende dar explicación. Para hacerlo, Dutton rastrea el único camino que entiende viable: mediante una comprensión de carácter naturalista del fenómeno estético, «en función de las adaptaciones evolucionadas que subyacen a las artes y las ayudan a constituirse como tales». Para ello se apoyará en las teorías darwinianas expuestas en El origen de las especies y en El origen del hombre.

Dutton es consciente de que la estética presenta unos problemas específicos. Entre los más importantes cabe situar el que nos ocupa: cómo argumentar la pretendida universalidad de los valores estéticos, los cuales no pueden darse sino contextualizadamente en el seno de una determinada cultura (a nivel histórico, social, etc.). ¿Cómo hablar de universalidad sin caer en el etnocentrismo?, ¿cómo buscar elementos universales en el seno de tantas y diversas culturas que han existido y que coexisten desde el origen de las prácticas artísticas hasta la actualidad, desde la prehistoria hasta nuestros días? Pero no es éste el único; a este problema fundamental habría que añadir otros. Por ejemplo, el de la propia evolución de las teorías del arte, las cuales también van cambiando no sólo con los cambios culturales sino de modo específico a causa de la evolución de las propias prácticas y técnicas artísticas, modificando sus propios valores con el paso del tiempo. O también —como muy bien ha visto el autor— la localización inevitable de toda reflexión filosófica en el cuadro de coordenadas desde el que todo esteta comienza su reflexión, además de que ésta suele tener como ideas de fondo las particulares inquietudes y afinidades de dicho autor.

Todo ello ha provocado que más que un diálogo sobre un tema común se haya dado una manifestación de múltiples reflexiones un tanto atomizadas sobre objetos diferentes y desde puntos de vista a veces divergentes, lo cual unido al propio carácter —en su opinión— de la retórica filosófica, se obtiene como resultado en definitiva que las teorizaciones y los argumentos avanzan «pero no lo hacen en la dirección de su resolución, sino sólo para engendrar más debate». Muestra de ello sería la actual tendencia dirigida más que a buscar elementos generales y universales de entendimiento estético, a justificar toda la diversidad de corrientes artísticas que han surgido a lo largo del siglo pasado. Una diversidad que con frecuencia ha sido causada por una pretensión de sorprender o de desconcertar más que por un seguimiento positivo de las propiedades específicamente estéticas.

En este sentido, uno de los hechos que le sorprenden al autor es cómo durante estas últimas décadas se ha perdido la referencia a los grandes aspectos que definían al arte, y cómo se ha desviado la atención de los valores estéticos y aspectos nucleares de lo artístico para dar paso a continuas discusiones obsesionadas por explicar o justificar los casos más problemáticos de lo que sería arte o no. Todo ello —a su juicio— no es sino el resultado de una ‘presunción oculta’: la suposición de que «por fin podremos entender el mundo del arte cuando seamos capaces de explicar los especímenes artísticos más marginales o difíciles». Más que investigar para conseguir una caracterización de lo artístico, de lo que se trata es de ampliar o de extender las fronteras de lo estético (justificándolo intelectualmente) para dar cabida a ciertos objetos ‘artísticos’ que se salían de los límites tradicionalmente establecidos. Sin embargo, el arte como tal existió mucho antes de que hubiera una reflexión teórica sobre él, e incluso mucho antes de que hubiera ese espíritu esnobista de buscar la sorpresa y el desconcierto. Y hacia este punto es hacia el cual el autor dirige su atención, pues en su opinión si se quiere alcanzar una comprensión profunda de los fundamentos estéticos del arte lo que hay que analizar no es tanto la casuística contemporánea como su existencia en aquellos períodos en los que sencillamente se ponía en práctica y se disfrutaba de él.

Compatibilizar la gran diversidad de culturas con la pretendida universalidad que se le solicita a lo estético es una situación de difícil solución, la cual pasa por atender aquellos aspectos antropológicos que nos unen a todas las culturas en tanto que formadas por seres humanos. Ello pasa a su vez por considerar nuestro estatuto natural. Este interés no tiene nada de extraño —según Dutton— todo lo contrario; lo extraño para él es que «los filósofos modernos se hayan mostrado reacios a relacionar la experiencia estética con cualquier noción específica de la naturaleza humana, o con una psicología empírica que intente descubrirla»; cuando es un hecho que los grandes iniciadores de la reflexión estética (Hume, Kant) vinculaban de alguna manera lo estético con la naturaleza humana, cada uno según su enfoque filosófico general.

Pues bien, éste es en definitiva el objetivo general del libro: rastrear nuestra evolución en tanto que especie y buscar elementos adaptativos que, mediante diversos procesos, hayan desembocado en nuestras apreciaciones estéticas actuales, las cuales estarían relacionadas con nuestras tendencias y deseos pre-racionales implícitos a nivel antropológico en nuestra especie. Algo tendrá que ver en el estado actual de nuestra especie el comportamiento de miles y miles de generaciones en su esfuerzo y en su batalla continuada por su supervivencia adaptativa. Según este enfoque darwiniano del origen evolutivo de las artes (tal y como él lo denomina, y que en rasgos generales puede ser compartido por otros autores, como Arnold Gehlen nos explica en su Antropología filosófica), pueden coexistir distintos instintos innatos simultáneamente, que quizá posean orígenes evolutivos, y que a su vez estén sometidos a multitud de modificaciones producto de las distintas culturas en las que se manifiestan. Pero el hecho de que se hayan modificado culturalmente no niega su origen evolutivo y adaptativo, todo lo contrario, lo presupone. De hecho, éste es uno de los propósitos de este libro: «demostrar cómo la selección natural y sexual llevó al Homo sapiens a esta extraña situación».

De modo análogo a otras especies animales, hay en el ser humano comportamientos y rasgos biológicos que no son estrictamente hablando producto de adaptaciones selectivas (como el mismo arte, sin ir más lejos). ¿Cómo poder dar explicación de ellos desde un punto de vista evolutivo? O dicho de otro modo: «¿cómo podemos caracterizar la relación que existe entre la adaptación y los innumerables rasgos de la biología humana y la vida mental que no son adaptaciones?». Su explicación pasa por distinguir dos tipos de causas a los mecanismos adaptativos: bien provocados puntual y accidentalmente en el código genético, bien provocados casualmente (colateralmente) por alguno de los primeros. No todas las modificaciones evolutivas han sido causadas directamente, sino también indirectamente (como por ejemplo el color blanco de los huesos, blancura que no es en sí una adaptación evolutiva sino consecuencia del calcio que poseen). El arte entraría dentro de este conjunto de ‘subproductos’ de la evolución. Tendría que ver con ella, con la evolución humana, pero no sería un producto específicamente de adaptación, sino un subproducto de otros procesos; subproducto que, por otra parte, tampoco se debería incluir en este grupo de procesos meramente causales o residuales.

Ésta es la cuestión fundamental que debe aclarar una estética ‘darwiniana’: cómo dar explicación a estos subproductos humanos, es decir, a estas capacidades o predilecciones que en principio poseen poco interés para la supervivencia, pero que poseen una indudable presencia y relevancia en nuestro comportamiento. La postura del autor es una postura de compromiso: las inquietudes estéticas no son ni adaptaciones evolutivas estrictamente hablando ni resultado exclusivo de la ‘colisión’ entre biología humana y cultura. Es por esto que el autor opina que «creer que las artes estén más allá del alcance de la evolución es un error que debe corregirse», aunque tampoco es un producto directo suyo. De lo que se trata es de entender al arte como un producto de la imaginación o fantasía que «nos ofrece patrones y mapas mentales para la vida emocional» y que nos ayuda a orientar el rumbo de nuestras vidas.

Para argumentar esta afirmación Dutton hipotetiza sobre la época prehistórica, cuando el ser humano se encontraba en gran medida a merced de la naturaleza. Considera que en los tiempos ancestrales se elaborarían relatos que transmitirían las experiencias aprendidas por los antepasados en beneficio de las siguientes generaciones. Dichos relatos no necesariamente se deberían ajustar a la realidad de los hechos narrados —aunque inicialmente así pudiera ser—, sino que fácilmente irían evolucionando hacia historias ficticias pero que ayudarían a conocer las propias emociones, y consecuentemente al desenvolvimiento vital. Las nuevas historias, sin ser necesariamente verídicas, literalmente transmitirían un tipo de sabiduría experiencial que serviría para desenvolverse mejor en un entorno hostil. En su origen, no serían tanto fantasías oníricas (sin referencia a la realidad) ni discursos conceptuales (limitados en cuanto a la transmisión de afectos), sino relatos ficticios (narrativos, literarios) que con el tiempo irían diversificándose hacia distintas formas de arte.

Todo ello bajo el paraguas de la selección. En tanto que humanos, nuestras mentes evolucionaron hacia un modo de razonamiento causal y probabilístico, en el cual se manifestaban tendencias y estrategias que fueron seleccionadas atendiendo a distintos fines: preferencias alimentarias, selección de hábitats, situaciones de autodefensa… no exentas todas ellas de cierta planificación imaginativa. Los supervivientes no únicamente transmitían genes asociados a nuestra fisiología sino también intereses especializados y pasiones, afectos y aversiones, placeres y disgustos, así como diversas aptitudes intelectuales. No todo ello fue fruto de la tradicional selección natural: ésta «hace hincapié en la supervivencia en un entorno hostil como premisa fundamental para que se produzca la evolución prehistórica de cualquier adaptación», pero no sería éste el caso del arte. ¿Cómo darle explicación desde la perspectiva evolucionista? Sin duda, se trataba de un problema importante de El origen de las especies: no poder explicar los ‘excesos’ de la naturaleza (como, por ejemplo, las grandes y luminosas colas de los pavos reales), lo que le granjeó no pocas críticas a Darwin. Con la idea de dar respuesta a este asunto escribió en 1871 El origen del hombre, introduciendo el concepto de selección sexual, tipo de selección que está presente en todo el reino animal, y con la que se explican «algunos rasgos curiosos de los animales de los que la selección natural no puede dar cuentas», ya que siguen procesos distintos.

En la selección natural las mutaciones casuales y su retención selectiva deben funcionar al unísono, y en ella encontramos también componentes motivacionales y emocionales íntimamente relacionados con la supervivencia y la reproducción. Pero la selección sexual opera de un modo diferente pues el elemento primordial es la relación entre los individuos, según dos procesos básicos: el de la competición entre los miembros del mismo sexo para conseguir la mejor pareja, o el de llamar la atención del miembro del otro sexo mediante el cortejo y conductas de atracción. Al final, los genes que se transmiten son no sólo los de aquellos individuos que sobreviven, sino los de aquellos que se reproducen; y sólo se reproducen aquellos que consiguen pareja. De todos los esfuerzos dirigidos a este fin, es fácil suponer que algunos se propagarían de generación en generación (aquellos que tuvieran éxito), dirigiendo evolutivamente a la especie en la línea marcada por ellos mismos.

Este es un proceso que se daría también en la especie humana, generándose una serie de cualidades específicamente humanas no meramente dirigidas a la supervivencia o a la mera reproducción, sino a la solicitud hacia el cortejo para ganarse el favor de la pareja: «Aunque la selección natural perfeccionó a la especie humana, (…) la selección sexual estaba construyendo una personalidad humana más interesante, una que hemos llegado a conocer como sociable, imaginativa, chismosa y alegre, con cierta tendencia al dramatismo», y que fue fraguándose ya desde las miles de generaciones del Pleistoceno. Mediante la selección sexual se justifica así el aprendizaje de conductas o la adquisición de rasgos inútiles desde el punto de vista de la selección natural, pero que muestran su utilidad en este otro contexto, y cuya evolución a lo largo de los siglos desembocaría en nuestra atracción por lo estético así como en ciertas conductas sociales humanas, ya que «lo que empezó en un contexto de cortejo, se filtró poco después en zonas de la vida humana que poco tenían que ver con el sexo». El arte sería una prolongación de este proceso evolutivo.

En definitiva, el presente trabajo nos propone una línea de trabajo que a mi modo de ver es muy interesante, en línea con los estudios antropológicos del siglo XX, tal y como he comentado más arriba. Más discutible sería —a mi modo de ver— la transición que realiza de lo estético así analizado a lo artístico. Tal y como suele ocurrir en el ámbito anglosajón, su descripción de lo artístico es un tanto ‘empírica’, lo que provoca que este salto no deje de suscitar ciertas dudas, además de que su descripción del arte en ocasiones es cuanto menos discutible. Por ejemplo, cuando en el capítulo III establece una serie de caracteres mínimos con que debiera contar todo objeto para poder ser calificado como artístico, intentando llegar a una definición de lo que según él debe ser el arte; efectivamente, en los rasgos que él destaca se pueden realizar diversas objeciones. También es cierto que el autor insiste en que su propuesta es eso, una propuesta para poder entablar un diálogo a partir de la misma, para poder dar comienzo a la discusión sobre lo que podría caracterizar lo artístico, lo cual no deja de ser loable; además, sin ningún ánimo de exhaustividad: no se trata de una ‘fórmula’ que la podamos aplicar para saber si un determinado objeto es artístico o no, sino más bien «una guía para valorar las manifestaciones artísticas que son difíciles de definir o marginales».

Este texto participa de ese típico carácter anglosajón que dificulta su lectura, esgrimiendo multitud de ejemplos utilizados en ocasiones con cierta facilidad y según la perspectiva del autor, ocultando con cierta frecuencia juicios de valor quizá un tanto inapropiados. De ello son muestra los últimos capítulos. En ellos, se dedica a ofrecer su postura ante ciertos problemas actuales del fenómeno artístico, problemas que son muy interesantes pero que, a mi juicio, acaban siendo reducidos a meras opiniones del autor, sin mayor fundamentación. La relevancia de la intencionalidad del artista en su trabajo, el problema de las falsificaciones, el estatuto artístico del dadaísmo y de las corrientes contemporáneas más alternativas, el carácter ‘necesariamente social del arte’ y su distinción de la artesanía, su estatuto frente a lo político, ético y religioso, etc., son temas fundamentales en el debate artístico actual, pero que en este libro adolecen de la debida profundidad filosófica. Además de que se echa de menos también algunas de las categorías estéticas de la tradición filosófica, como las de placer estético o belleza. En cualquier caso, ofrece una línea de argumentación interesante sobre la que habría que reflexionar.

Sobre el autor

Denis Dutton, catedrático de Filosofía del Arte (Univ. Canterbury)

Denis Dutton, catedrático de Filosofía del Arte (Univ. Canterbury)

Denis Dutton nació en 1944 en Los Ángeles (California). Fue un filósofo estadounidense con una importante actividad comercial, y sobre todo una gran presencia en los medios. Se dice que su web Arts & Letters Daily es una de las mejores del mundo en su género. Consiguió la cátedra de Filosofía del Arte en la Universidad de Canterbury en Nueva Zelanda, donde falleció (2010).

Entre sus obras cabe destacar Arte y antropología: los aspectos de la crítica y los estudios sociales (1974), Falsificación y la filosofía del arte (1983), o ésta que nos ocupa (original de 2009

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Alfredo Esteve
Doctor en Filosofía (Universidad de Valencia, tesis sobre la influencia de la afectividad en el comportamiento humano a la luz del pensamiento ético y estético de Xavier Zubiri) y Máster en Ética y Democracia (Departamento de Filosofía Moral y Política de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la UV). Profesor del Grado en Filosofía Online de la UCV San Vicente Mártir.
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