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Escudero Torres, E. (2017). Fenomenología y Filosofía de la Religión

Un nuevo libro de la Colección SCIO MAIOR

FICHA TÉCNICA

  • Título: Fenomenología y Filosofía de la Religión
  • Autor: Esteban Escudero Torres
  • Editorial: UCV San Vicente Mártir
  • Colección: Cuadernos SCIO, serie maior
  • Edición: 2017
  • Ciudad: Valencia
  • Páginas: 314

Contenido de: Escudero Torres, E. (2017). Fenomenología y Filosofía de la Religión

Es común pensar que la reflexión filosófica sobre el hecho religioso competa de modo exclusivo a las personas que usualmente se les conoce como ‘creyentes’. En este sentido, se da por supuesto que creyente es toda persona que posea algún tipo de creencia religiosa; creencia religiosa que, en el contexto en el que nos encontramos ―una sociedad occidental―, versa fundamentalmente sobre Dios tal y como nos lo reveló Jesucristo. Sin embargo, cabe preguntarse si este planteamiento responde a la realidad de los hechos en toda su amplitud, no sea que ofrezca una reducción y un ocultamiento de lo que sería una tarea auténticamente antropológica, previa y radical. Efectivamente, desde este planteamiento parece que las únicas personas que vivan de acuerdo a unas creencias sean los ‘creyentes’, y que las personas ateas o las agnósticas quedarían al margen; los que necesitarían justificar sus creencias serían los ‘creyentes’, no así los ateos ni los agnósticos ya que ellos ‘no creen’. Y ya digo: cabe preguntarse si esta situación responde a la realidad de los hechos, o deja velado algún aspecto del mismo. ¿Se puede afirmar que la persona atea o la agnóstica no vivan en base a algún tipo de creencia? Y si no es así, ¿no deberían fundamentarla positivamente?

Tal y como nos explica en el Prólogo empleando palabras de Zubiri, el autor responde a estas cuestiones como sigue: «El ateísmo y el agnosticismo no son menos creencias que el teísmo». Y continúa: «Los tres están necesitados de fundamentar su actitud porque no basta en última instancia con la firmeza de un estado de creencia sino que es necesaria su justificación intelectual». Si nos fijamos, el hecho de que todos poseamos algún tipo de creencia nos sitúa en una línea de fondo común. Evidentemente, en referencia a los contenidos de las respectivas creencias nos diferenciamos, pero no así en el hecho primario y radical de optar por un tipo de creencia, hecho primario y radical fruto del cual se adoptará precisamente una creencia u otra.

Efectivamente, tanto el teísta como el ateo y el agnóstico, si quieren aspirar a una vida humana auténticamente vivida, deben dar razón de su teísmo, de su ateísmo y de su agnosticismo respectivamente. Porque estas tres posturas no son sino opciones vitales con las que se trata de dar respuesta a una cuestión más radical y originaria, como es la de resolver el grave problema del fundamento de nuestras vidas. Y esta tarea no es una tarea que competa únicamente a los ‘creyentes’, a los teístas, sino que compete a toda persona humana sencillamente por el simple hecho de ser persona. El ser humano es aquél cuyo modo de ser consiste específicamente en configurar su propia vida, en configurar su propia figura… tarea que para nada es algo opcional ya que ―siguiendo el hilo del pensamiento zubiriano― sus estructuras constitutivas son abiertas. Esto quiere decir que mientras para el resto de seres aquello en lo que consisten ya les ‘está dicho’, ya les ‘está dado’ por sus propias estructuras, éstas presentan una especificidad propia en el caso del ser humano de modo que dichas estructuras le constituyen ‘no diciéndole’ determinadamente aquello que tiene que ser sino precisamente dejando abierta su figura de realidad, que deberá ir definiendo cada uno a lo largo de su vida. En este sentido, mientras el resto de seres vivos viven ‘ajustados’ a su medio según su constitución, el ser humano, en la medida en que no vive ajustado al medio, debe ‘justificar’ sus actos: dar razón de todas las cosas que hace en primera instancia, dar razón del proyecto global que es su vida en segunda. Y esta es una tarea a la que cualquier persona, si quiere vivir una vida plena, no puede renunciar. El ser humano es aquel ser que constitutivamente ha de optar, y a la vez dar razón de esa opción.

Pues bien, este ‘dar razón’ posee todavía una dimensión más profunda; no es algo que únicamente competa a los actos que realizamos en nuestras vidas ni a la vida considerada en su globalidad ―que también―, sino que es algo que compete sobre todo a la grave cuestión de qué sea aquello que nos fundamenta, y en virtud de lo cual precisamente podemos optar y podemos justificar nuestras vidas. Es en definitiva la pregunta por el fundamento. Sin considerar esta dimensión, las dos primeras sobrevolarían en el vacío. A esta cuestión se le podrá dar la respuesta que se estime oportuna, pero es una pregunta que todo ser humano se debe hacer en orden a justificar su propia vida. Quizá uno de los grandes problemas de nuestro tiempo sea que esta pregunta permanezca velada, oculta o silenciada por un gran número de personas.

Si dejamos a parte a este grupo, nos encontramos con que la pregunta por el fundamento ―la pregunta sobre Dios― puede ser contestada de tres modos: afirmativa, negativa o suspensivamente. Y como decíamos antes, cualquiera de estas opciones implica algún tipo de creencia; no es cierto que la creencia esté asociada únicamente a la respuesta afirmativa. Sí que lo es que la opción teísta presenta por su propia índole una especificidad propia, pero no por ello hay que desestimar el carácter de creencia de las otras dos opciones. Todo lo contrario. Por lo usual, son los creyentes los más preocupados en afianzar su opción, seguramente debido al hecho ―tal y como muy perspicazmente nos explica D. Esteban― de que por lo general la sociedad se rige por unas costumbres y por unas normas que no suelen acompañar las normas y costumbres cristianas, por lo que el creyente está necesitado de dotar de plausibilidad y razonabilidad a su vida en un contexto si no hostil ―que también, en no pocos casos― sí que cuanto menos ajeno. A causa de esa ruptura entre Evangelio y cultura que ya evidenciaba Pablo VI, «frecuentemente, esta necesidad de justificar la propia fe ante sí mismo y ante los demás se presenta para el creyente actual con una urgencia que no sienten los indiferentes o los ateos».

A mi modo de ver, se echa de menos en el ámbito ateo voces dialogantes que argumenten positiva y constructivamente la fundamentación de la vida y del mundo prescindiendo de Dios. Por lo general, suelen estar más pendientes de negar al Dios cristiano y de criticar la postura teísta que en fundamentar positivamente su opción vital. Estas voces también se echan de menos en el ámbito del agnosticismo. El agnóstico suele contentarse con su agnosticismo; pero cabe preguntarse si así se acaba de resolver positivamente la cuestión radical que es su propia vida. Quizá lo que haga no sea sino resbalar sobre la radicalidad de la pregunta. Más que dar una respuesta positiva, ésta queda en suspenso, lo que comporta fácilmente un dejarla deslizarse suavemente por la cómoda pendiente del olvido, con la fatal consecuencia de una vida que permanece ajena a la cuestión fundamental.

Pero el caso es que esta cuestión fundamental no es algo opcional, sino que se trata de una cuestión constitutiva: no podemos dejar de contestarla. Incluso no contestándola, de algún modo la estamos respondiendo. Porque el caso es que la contestamos, en cualquiera de los tres sentidos, con todos y cada uno de los actos que realizamos durante todos y cada uno de los días de nuestras vidas, seamos conscientes de ello o no. No es una cuestión que se responda teoréticamente, o cuanto menos no es una cuestión que se responda tan sólo teoréticamente; es el ser humano en todas sus dimensiones, en su globalidad, el que contesta. Si bien la respuesta tiene indudablemente una dimensión intelectiva, es más amplia, englobando a todo nuestro ser. Todo lo que hacemos, nuestros proyectos, nuestros deseos, nuestras relaciones, nuestras vidas… poco a poco van conformando nuestra respuesta. La respuesta es nuestra vida y el modo en que la vivamos; y qué duda cabe de que lo suyo sería acompañar esta respuesta vital con un proyecto de vida propuesto y asumido responsable y razonadamente desde nuestra libertad, lo cual no puede ser realizado sin asumir reflexivamente la tarea. Como decíamos, una creencia (de cualquiera de los tres tipos) puede ser muy firme, pero adolecer de una justificación intelectual adecuada. A algo así se refería —a mi modo de ver— el entonces cardenal Ratzinger en su Introducción al cristianismo, cuando afirmaba que «de la misma manera que el creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad, que es para él su más seria tentación, así también la fe siempre será tentación para el no-creyente y amenaza para su mundo al parecer cerrado para siempre». La reflexión filosófica para la fundamentación de nuestras creencias, por tanto, no es algo que competa únicamente al ‘creyente’, sino también al ateo (y al agnóstico).

Pues bien, para poder realizar este paso desde el ámbito cristiano la presente obra puede erigirse en un instrumento muy útil. De lo que se trata es de «saber realizar el paso tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento» como nos dice D. Esteban mediante las palabras de San Juan Pablo II en su Fides et Ratio. El libro que nos ocupa, Fenomenología y Filosofía de la Religión, es el segundo título de la serie maior de los cuadernos Scio de la Facultad de Filosofía, Antropología y Trabajo Social de nuestra Universidad. Se trata de una actualización de Creer es razonable, texto publicado hace ya bastantes años, en 1997, lo que avala su calidad. El magisterio de su autor, D. Esteban Escudero, muy bien conocido por todos nosotros, es amplio y extenso. Son numerosos sus años de dedicación a la enseñanza, lo que le dota de una experiencia más que relevante, en la que ha sido un denominador común su preocupación por sus alumnos y por el buen ejercicio de su docencia. De hecho ―y como él mismo afirma― éste es un texto pensado para ellos, para sus alumnos, para que puedan acercarse a las grandes cuestiones relacionadas con la religión desde un enfoque filosófico. No se trata de un texto apologético ni catequético, sino de un texto de un intelectual cristiano que intenta exponer con honestidad y rigor las dificultades y las bondades de su opción de vida, su existencia a la luz de la fe cristiana.

«No se busca hacer demostraciones al estilo de la ciencia moderna ni se pretende inducir a creer a nadie a través de argumentaciones pretendidamente irrefragables. Con toda sencillez, se intenta tan solo justificar ante la razón esa forma de vivir que se llama existencia creyente».

El libro está dividido en tres grandes bloques, cada uno de los cuales está dedicado a uno de los grandes problemas de la filosofía de la religión. En el primer bloque se atiende específicamente al hecho religioso, a lo que podamos denominar como tal desde un enfoque eminentemente fenomenológico. Para poder calificar a un hecho como religioso, es preciso conocer cuál es la esencia de la religión, cuestión que para nada es fácil de contestar; como tampoco lo es la de articular filosóficamente las manifestaciones de lo divino, así como su articulación a lo largo de la historia de las religiones. ¿Qué lugar ocupa el cristianismo en ella?

El segundo bloque analiza las grandes críticas que, sobre todo desde finales de la época moderna, se han vertido sobre la religión en Europa. No se puede pensar hoy en día la religión sin dialogar serena y honestamente con sus grandes críticos, ya que sin duda nos pueden ofrecer luces nuevas que nos ayuden a vivir nuestra fe de un modo más auténtico, tarea que el autor acomete sin ningún tipo de titubeo, todo lo contrario: escucha con atención a los grandes críticos de la religión (desde Feuerbach hasta los herederos del neopositivismo) para conocerlos, comprender sus críticas y esbozar una respuesta con ánimo dialogante y constructivo: reteniendo lo que de sus críticas sea útil, rebatiendo lo que no.

La Ilustración se caracteriza por su crítica racionalista al fenómeno religioso, encuadrándolo en el marco de una religión natural, en la que la revelación divina deja su lugar a la razón humana en tanto que fundamento último de la religión. Una de las derivas de este contexto es la que acabamos de comentar, la de la crítica acerada a la religión. Pero no es la única. Porque el hecho de acrisolar racionalmente la religión, así como el de escuchar y dialogar abiertamente con sus críticos, puede llevarnos en sentido contrario hacia un crecimiento interesante en la fundamentación de nuestra propia fe. Si bien la modernidad ha sido una época difícil para la fe, presenta también una cara amable en la medida en que nos ayuda a repensarla atendiendo a las nuevas categorías filosóficas abiertas, desde las cuales el creyente contemporáneo se puede ver reforzado al abrírsele nuevas vías de comprensión. Esto es lo que nos presenta el autor en el tercer bloque, dedicado a lo que sería la propuesta de la necesidad de la religión para una vida humana vivida con sentido. Como comentaba más arriba, lejos de su intención realizar argumentaciones teológicas para demostrar racionalmente la fe, así como esgrimir invectivas que puedan conmover los cimientos de la crítica más adversa. Su objetivo es mucho más sencillo, y más cercano: proponer la fe desde su experiencia, desde la experiencia de una persona que ha hecho de ella el leitmotiv de su vida, con la finalidad de transmitir la razonabilidad de la opción por un modo de vida apoyado fundamentalmente en la misma fe, y que precisamente por ello permite traspasar ilativamente el umbral de las certezas y evidencias empíricas para acceder al ámbito del misterio, ámbito en el que si bien parece que se pierde el suelo sólido de lo lógico-científico, se gana una vida en la que prima la sobreabundancia, la gratuidad y el don.

A nivel personal y por distintos motivos, he tenido la suerte de poder trabajar este libro en profundidad. No quisiera acabar sin dejar de destacar dos rasgos que a mi juicio sobrevuelan todas sus páginas, a saber: su cercanía y su honestidad. Su cercanía porque, en lugar de leerlo, con frecuencia da la impresión de estar hablando cara a cara con el autor, manteniendo una serena conversación. Y su honestidad por ese aroma testimonial que se percibe, fruto del deseo de una persona cristiana que quiere manifestar su propia experiencia de fe con sencillez. Estos rasgos dotan de cierto aire familiar al texto y, sin perder ni un ápice de rigor, contribuyen sin duda a que sea sobradamente capaz para cumplir su objetivo: servir de introducción y consulta para todas aquellas personas que no posean unos conocimientos avanzados de filosofía, pero que posean una inquietud viva por dar razón de su fe. Decía que se trata de la reedición actualizada de un texto que fue publicado hace ya nada menos que veinte años; seguramente dentro de otros veinte nos sorprenderemos de que ya tenga entonces una antigüedad de cuarenta, lo que será muestra de su total actualidad y vigencia.

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Alfredo Esteve
Doctor en Filosofía (Universidad de Valencia, tesis sobre la influencia de la afectividad en el comportamiento humano a la luz del pensamiento ético y estético de Xavier Zubiri) y Máster en Ética y Democracia (Departamento de Filosofía Moral y Política de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la UV). Profesor del Grado en Filosofía Online de la UCV San Vicente Mártir.

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