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Pérez Carreño, F. (2013). Estética. Madrid: Tecnos

FICHA TÉCNICA

  • Título: Estética
  • Editora: Francisca Pérez Carreño
  • Editorial: Tecnos
  • Edición: 2013
  • Ciudad: Madrid
  • Páginas: 261

Comentario sobre Estética (Madrid, Tecnos, 2013) de Francisca Pérez Carreño

«Estética es una colección de artículos sobre algunos temas básicos de estética filosófica». Con estas palabras da comienzo la editora de este libro —Francisca Pérez Carreño, Catedrática de Estética y de Teoría de las Artes de la Universidad de Murcia— a su introducción, palabras que no pueden ser más fieles. Efectivamente, nos encontramos ante una serie de artículos que en su conjunto dibujan una panorámica general de los principales problemas estéticos que se barajan en la actualidad, panorámica —eso sí— ofrecida a la luz de un planteamiento analítico.

La estética filosófica es una disciplina relativamente reciente, afirmación que no puede ser mantenida si se habla de una reflexión filosófica sobre el arte y la belleza que ha existido prácticamente desde los inicios de la filosofía: ya los griegos clásicos meditaban sobre estas cuestiones, una reflexión que con más o menos altibajos se ha mantenido a lo largo de la historia, aunque no fuera conocida estrictamente como “estética”. El origen de esta acepción hay que emplazarlo en la modernidad, aunque también hay que decir que cuando Baumgarten acuñó este término como reflexión sobre el arte o sobre las artes liberales en general —especialmente la poesía—, se situaba en un contexto más amplio que es preciso conocer.

Este contexto más amplio no es otro que el del debate gnoseológico moderno propiciado por el dualismo cartesiano, que distinguía en el ser humano dos esferas: una superior, dominio de la razón; y otra inferior, dominio de las pasiones ‘alimentadas’ por los sentidos. Al hilo de esta distinción, racionalistas y empiristas se enfrentaban en torno al fundamento del conocimiento humano. Según los primeros, el conocimiento empírico no era el primario ni el fundamental, papel que estaba reservado al conocimiento racional: sólo la razón conceptual podía alcanzar las grandes verdades de la naturaleza y del ser humano. No se trataba tanto de negar la importancia del contraste empírico como de afirmar  la razón como auténtica guía para que la actividad cognoscitiva no se desviara del camino adecuado.

Desde este punto de vista, los sentidos bien ofrecían ‘material’ para la elaboración racional, bien generaban pasiones que tradicionalmente eran consideradas como rechazables, porque dificultaban el buen uso de la razón. Sin embargo, y al hilo de esta segunda consideración, no todas las pasiones generadas por los sentidos eran ‘igual’ de inferiores, sino que había unas pasiones más nobles que otras (relacionadas con lo bello, con lo grandioso, con lo singular,…). Se generaba así una especie de ámbito intermedio en el que los sentidos no sólo eran origen de pasiones inferiores, sino también de este tipo de sentimientos más elevados que ya no eran rechazables de por sí. La cuestión era qué  tratamiento se debía dar a este tipo de sentimientos, porque si bien no servían para elaborar un conocimiento racional al uso, tampoco eran inadmisibles por ser pasiones inferiores. De algún modo, se les consideraba también como portadores de cierto tipo de conocimiento, aunque un conocimiento un tanto confuso, difuso.

Baumgarten (1714-1752) [Infografía]

Baumgarten (1714-1752)
[Infografía]

El arte pertenecería a este ámbito por su índole propia: cuando percibimos colores, podemos distinguir con claridad y distinción qué color es; pero, cuando se le pregunta a un artista si una obra de arte es bella o no, no puede dar cuenta de su valoración, no quedándole más remedio que apelar a una especie de no sé qué. Dentro del paradigma racionalista —en el que se movía Baumgarten— ese no sé qué estaba originado por una serie de pequeñas percepciones que pasaban desapercibidas, pero que existían (Leibniz), y que dificultaban un conocimiento al modo lógico-conceptual o racional; por este motivo, esa clase de conocimiento no era calificadoa estrictamente como conocimiento (racional) y, por tanto, se desestimaba.

Cuando Baumgarten empleó el término “estética” lo hizo no tanto para referirse al conocimiento empírico, como a esta suerte de conocimiento sensible confuso, y que, por no alcanzar al conocimiento conceptual, lo calificó como una gnoseología inferior frente a la gnoseología superior o racional. Antes de él ni siquiera era valorado como conocimiento, pero él así lo hizo, estableciendo su objeto en la perfección del conocimiento sensible en cuanto tal, es decir, en cómo usar adecuadamente las facultades sensibles para alcanzar la mayor perfección en dicho conocimiento (perfección que estaba asociada a la belleza). El gran paso de Baumgarten fue afirmar que el conocimiento sensible, en lugar de estar al servicio del conocimiento racional, poseía una determinada lógica interna y, consecuentemente, un valor en sí mismo: que no constituyera conocimiento racional no implicaba que no fuera conocimiento, sino que era un conocimiento de índole diversa, un modo propio de conocimiento.

Sin embargo, en Baumgarten la estética aún estaba de alguna manera supeditada a la atmósfera imperante propiciada por el racionalismo. La estética —en tanto que ciencia del conocimiento sensible— aspiraba a lo bello, lo cual estaba relacionado con la perfección, con la armonía del objeto (lo que a su vez , permitía salvar la universalidad de la belleza). El artista comunicaba el objeto bello y lo hacía bellamente (de forma ordenada, con un acuerdo y armonía interna); el arte bello no era sino el reflejo de un orden universal perfecto y armónico. Ese orden ya permitía ser aprehendido por una facultad diversa a la razón: el ‘arte de pensar bellamente’ (como Baumgarten también definía la estética) posibilitaba representar ese orden universal mediante elementos sensibles, apelando a la belleza.

Aunque Kant en su Crítica de la razón pura utilizó este término desde este enfoque más gnoseológico-sensible cuando hablaba de la “estética trascendental”, será él quien curiosamente indicará el camino que debía seguir la estética filosófica —sin nombrarla todavía como tal, sino enmarcándola en el concepto de Juicio, con mayúsculas, para destacar que no se refiere tanto a un determinado tipo de juicio como a la facultad humana de juzgar—. Efectivamente, la reflexión sobre el arte y la belleza la realizará Kant no en su estética trascendental, sino en su Crítica del Juicio, su tercera gran obra y quizá la más importante, ya que en ella cierra el círculo de su gran empresa crítica, y en el tema que nos ocupa establece las bases que se debían seguir cuando se hablara de estética.

En dicha Crítica, Kant considera lo estético más allá del marco artístico en el que se situaban algunas líneas de la tradición filosófica, así como del marco gnoseológico en el que se situaba Baumgarten y la tradición racionalista, para atender la naturaleza no sólo como objeto de conocimiento, sino también como objeto de belleza cuyo correlato afectivo sería el sentimiento estético del individuo (destacando la dimensión formal frente a la material). Lo estético ya no es un tipo de conocimiento (sensible) inferior al racional, sino que se trata de un modo de aprehensión de la naturaleza diverso al cognitivo, y con un estatus análogo. Como dice García Morente, con Kant la facultad afectiva se sitúa al mismo nivel de relevancia que las hasta entonces consideradas como facultadas eminentemente humanas: la inteligencia y la voluntad.

Este planteamiento kantiano está siendo descuidado en la actualidad, a mi juicio, en lo que se refiere sobre todo a su amplitud; quizá a causa de la influencia hegeliana, lo estético ha sido recluido en el marco establecido por lo artístico, tanto que a veces resulta extraño hablar de conceptos tan… ¿poco estéticos? como belleza o fruición. Algunas de las corrientes estéticas más relevantes en la actualidad (como pueden ser la fenomenológica o la analítica) atienden especialmente el hecho artístico, la experiencia artística, y —sin negar ni un ápice la importancia de tal reflexión— surge la cuestión de si no se estarán desatendiendo otros ámbitos que también podrían ser incluidos en el seno de lo estético. Precisamente, ello es lo que se intenta recuperar desde otras líneas de trabajo, como la de la hermenéutica analógica o, más específicamente, la que nos alumbra la inteligencia sentiente zubiriana, desde las cuales se procura atender lo estético yendo (al modo de Kant) más allá de lo artístico y gnoseológico, como modo diverso de aprehensión o de encuentro de la realidad.

Esta misma consideración es algo que se deja traslucir en este trabajo que presentamos, que como comentaba más arriba pertenece a la tradición analítica. Fruto de la propia evolución de esta tradición, no ha sido hasta la segunda mitad del siglo pasado que la filosofía analítica ha comenzado a tratar los asuntos estéticos, preocupada como estaba en cuestiones lógicas y lingüísticas. Quizá ello haya sido motivado por el giro de la expresión artística en los años sesenta (arte pop, conceptual, minimalista,…), el cual solicitaba una reflexión estética que legitimase una actividad artística que se salía de las líneas tradicionales. Si unimos el carácter eminentemente formalista de este arte a la renuencia analítica a consideraciones metafísicas, se explica de alguna manera la reducción de lo estético a lo artístico, así como el olvido o el abandono de algunas de las nociones o teorías estéticas claves de la tradición. De esto mismo es consciente la propia editora quien —tal y como nos dice en la introducción— se sorprende de

«cómo la estética se ha desentendido tanto de lo que eran sus orígenes: el estudio del gusto, del sentido común, de la sensibilidad y la sociabilidad estética, de la belleza, el encanto o lo sublime de la naturaleza»

tendencia que intenta ser corregida en el período de cambio de siglo, prueba de lo cual es este libro.

En él se expresa una idea que no quisiera dejar de destacar, porque creo que es especialmente sugerente. Tiene que ver con aquello con que la estética en particular puede contribuir a la filosofía en general: no se trata de que la estética posea un hueco más o menos admitido o privilegiado en el contexto general de la filosofía, sino de reconocer las aportaciones que la estética puede hacer a la filosofía:

«la estética no es filosofía pura, pero hasta la más pura filosofía debiera prestar atención a las cuestiones que surgen de una reflexión sobre el arte y la experiencia estética».

Una experiencia que intenta ser entendida no únicamente en ámbitos artísticos —como digo— sino considerando también el entorno —tanto natural como urbano— así como las relaciones interpersonales y su relación con la ética.

Pues bien, desde este punto de partida, se van sucediendo los distintos capítulos cuyos autores son de reconocido prestigio internacional (como Robert D. Hopkins y Derek Matravers) y nacional (como corresponde al área de Estética y Teoría de las Artes del Departamento de Filosofía de la Universidad de Murcia y su entorno), y que se centran en asuntos esenciales de esta disciplina, aunque siempre vistos a la luz de la tradición analítica, cosa que dificulta su fácil comprensión por parte de quienes no estén familiarizados con ella. Se reflexiona sobre la apreciación estética de la naturaleza así como sobre la propia experiencia estética, sobre las teorías del arte y la ontología de la obra artística (diálogo entre ser y aparecer, entre ficción y verdad), así como sobre el papel de lo emocional en el ámbito artístico y la relación que pueda establecerse con la ética. Como se puede apreciar, el panorama de conjunto es tentador, difícil de rechazar para todo aquel que posea un mínimo de inquietud estética.

Sobre la editora

FRancisca Pérez Carreño, autora de Estética (Tecnos, 2013).

FRancisca Pérez Carreño, autora de Estética (Tecnos, 2013).

Francisca Pérez Carreño es Licenciada en Filosofía y Letras Doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente es profesora Titular de Estética y Teoría de las Artes en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Murcia. También es la investigadora responsable del Proyecto de  Investigación “Recepción y expresión de emociones dolorosas en la obra de arte” en coordinación con las Universidades Complutense y Carlos III de Madrid, y Autónoma de Barcelona.

Es autora de Los placeres del parecido. Icono y representación (1989) y de Arte minimal. Objeto y sentido (2004), así como de numerosos artículos y capítulos de libros referentes a estética y teoría de arte contemporáneo.

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Alfredo Esteve
Doctor en Filosofía (Universidad de Valencia, tesis sobre la influencia de la afectividad en el comportamiento humano a la luz del pensamiento ético y estético de Xavier Zubiri) y Máster en Ética y Democracia (Departamento de Filosofía Moral y Política de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la UV). Profesor del Grado en Filosofía Online de la UCV San Vicente Mártir.
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