1.4. Reglamentación de la vida religiosa en el Antiguo Régimen

§ 13. Del Control  medieval  de  la  fe  al  Control  moderno del sexo

El orden tridentino-westfaliano, además de expresarse en la familia y la sociedad civil, se expresa también en el Estado. A partir de Trento y Westfalia las relaciones entre la Iglesia y el Estado, tanto en los países católicos como en los protestantes, se regulan por normativas concordadas, que se pueden actualizar o modificar sin conflictos como los de los siglos XVI y XVII.

Los Estados, por una parte, organizan las sociedades nacionales y extienden su administración para integrar en ella un número creciente de actividades, y, por otra parte, colonizan los nuevos mundos descubiertos.

El despotismo ilustrado de los siglos XVII y XVIII asiste a la extensión del Estado, desde las esferas primarias de la cultura, religión, política, derecho y economía, que eran sus ámbitos  tradicionales,  a  las  esferas  secundarias,  técnica, arte, ciencia y filosofía, con la creación de los ejércitos nacionales, sus escuelas de ingeniería y náuticas, los museos y las academias artísticas, las universidades y centros de estudios.

En el despliegue colonizador, los Estados actúan movidos por un doble interés, religioso evangelizador, por una parte, y político-económico dominador, por otra. Estos intereses tienen la misma intensidad y sinceridad en los países católicos y en los protestantes, y lejos de excluirse, se refuerzan entre sí, tanto en la modernidad como en el romanticismo, del mismo modo que ocurría en el Calcolítico y la Antigüedad.

La ortodoxia mantiene la sintonía de la subjetualidad nacional y la eclesial con la subjetividad personal, y la sintonía de las colonias con la metrópolis. Más aún, en las colonias, la Iglesia y sus ministros velan por el cumplimiento de las normas justas emanadas de la metrópolis, de manera que la ortodoxia pone freno de algún modo a los numerosos abusos y a las formas de corrupción que frecuentemente se dan en los territorios de ultramar[36].

La persecución del pecado contra la fe, de pensamiento, palabra, obra u omisión, practicada en los Estados modernos contra moros, judíos y heterodoxos, se aplica en las colonias sobre hombres y culturas cuyas religiones no están basada en el conocimiento y la fe, como es el caso de las religiones de la Antigüedad, sino en las prácticas rituales propias de las religiones prehistóricas. Entonces ya no mantiene la forma de lucha contra la herejía, sino la de extirpación de la idolatría. Con eso se pretende una asimilación real del cristianismo de la cristiandad[37].

El mantenimiento de la ortodoxia no es solamente un asunto del Estado. Es, en general, el modo en que la cultura se reafirma a sí misma y el modo en que la sociedad, los grupos y los individuos reafirman su identidad.

Así es como se muestran y se perciben, en la cultura y la sociedad españolas, las manifestaciones de orgullo del “cristiano viejo” y de la “limpieza de sangre”, es decir, el orgullo de quienes no tienen entre sus ascendientes judíos ni moriscos conversos al cristianismo.

Esa forma de afirmación de la identidad frente a los judíos y musulmanes, se encuentra también en las numerosas veces que Don Quijote, y otros héroes de ficción o de la historia real, hacen profesión de su fe en la Santísima Trinidad contra el estricto monoteísmo del judaísmo y el islam.

Un sentido análogo tienen las proclamaciones de los héroes, históricos o de ficción, británicos y francos, de San Patricio, San Jorge o Saint Denis, en los inicios y culminación de sus empresas. Son patrones culturales que se extienden desde los inicios del ci- clo artúrico hasta finales de la modernidad y que llegan hasta el romanticismo.

Donde se muestra de manera más neta la superioridad del celo del Estado y de la sociedad civil sobre el de la Iglesia, en cuanto a custodia y garantía de la ortodoxia se refiere, es en el cambio de clave de la ortodoxia de la fe a la moral, especialmente la moral sexual.

Como se ha dicho, el orden social moderno se monta sobre el monopolio del sexo femenino establecido en Trento. A partir de entonces deja de haber concilios ecuménicos, y tanto la moral ilustrada como la moral social en general, se despliegan en una observancia y un aprecio crecientes de la normativa sobre el sexo.

Las apelaciones a la Santísima Trinidad, a San Jorge y a otros santos fundadores de las naciones, dejan de ser las señas de identidad y dignidad, para pasar a serlo la honestidad en la mujer y en el varón, el cumplimiento de los pactos, la honradez en los negocios, la valentía, etc., es decir, los valores morales de la sociedad urbana, de la nueva sociedad civil[38].

La identidad cristiana se expresa, sobre todo, en la manera de vivir las normas que regulan la vida sexual. Desde la época romana, la moral sexual de las clases medias y altas marca la identidad y la dignidad humanas. Para los esclavos no hay normas de conducta sexual, y en ese aspecto se les considera como animales. Hasta la época del imperio, con las leyes Julia, no empieza a considerarse el incesto entre ellos como un acto delictivo o inmoral. Durante la República pueden tener el comportamiento sexual que quieran, exactamente como los animales, sin que nadie diga nada. Algo parecido sucede con los siervos y esclavos en la Edad Media, y con las clases más bajas en la Edad Moderna.

Pero en el Estado moderno el bautismo cristiano es la marca de la ciudadanía, y en la creciente burguesía de la sociedad civil, la identidad y la dignidad cristianas se establecen también en términos de moralidad. La moral es el fundamento de la sociedad y de la vida, y las normas, que en el medievo están fragmentadas en numerosos ámbitos de fueros particulares y leyes privadas (privata lex, privilegio), en los estados modernos son únicas y universales.

T. Jefferson (1743-1826), tercer presidente de los Estados Unidos y uno de los padres fundadores de la nación

Esa universalidad es la garantía de su legitimidad, del orden y de la justicia. Las sociedades y los Estados modernos no se fundamentan tanto en el poder sagrado de los astros, los dioses o los santos, como en el de los pactos y la universalidad de las normas, y así se hace constar en las doctrinas jurídicas y políticas de la época, desde Hobbes hasta Jefferson.

Los intelectuales ilustrados y los científicos, explican de una manera nueva el origen del universo y de los vivientes, y prescinden cada vez más de los relatos sagrados sobre esos temas y de las elaboraciones metafísicas de sus contenidos. Es decir, prescinden de la dimensión revelada o dogmática de la religión, y la entienden e interpretan, cada vez con más convicción, según su dimensión o versión moral.

Los ilustrados buscan la fundamentación de las leyes morales, como las de las leyes científicas, en la naturaleza en general y en la naturaleza humana en particular, en la naturaleza de la voluntad y la libertad humanas mismas. Justamente como habían hecho Sócrates, Platón y Epicuro, para darle verosimilitud y legitimidad a la religión.

La unidad de la moral y la dogmática con el culto, y la derivación histórica del dogma a partir de la moral y del culto, dejan de tomarse en consideración. El culto y la dogmática resultan cada vez más ajenos y extraños, y la religión se identifica cada vez más con la moral, y se hace más racional[39].

El celo moderno por la ortodoxia moral, y por la moral sexual, tiene quizá su mejor expresión en el descubrimiento de un nuevo pecado sexual, sobre el que se concentra la atención estatal y social, a saber, la masturbación.

La sexualidad femenina está suficientemente gestionada bajo el monopolio del matrimonio y la filiación legítima, pero la masculina no lo está. En 1712 se publica en Inglaterra el libro anónimo Onania; o el atroz pecado de la autopolución y sus terribles con- secuencias, indagado en ambos sexos, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han dañado con esta abominable práctica. Y una provechosa admonición a la juventud de la nación de ambos sexos… que se difunde en poco tiempo a través de numerosas ediciones[40]. Posteriormente, en 1761, el médico suizo Samuel Auguste Tissot publica L’onanisme y l’Avis au peuple sur sa santé[41]. El nuevo vicio aparece como un pecado “contra natura”, como una de las inmoralidades más graves en el que el varón y la mujer pueden incurrir.

Estas doctrinas son recogidas por Voltaire y Kant, y otros intelectuales de máximo rango, glosadas y difundidas en todos los ámbitos, y se toman medidas prácticas de vigilancia y control por parte de las autoridades civiles, que ya custodian las instituciones educativas y difunden las enseñanzas ortodoxas.

Como señala Foucault, la sexualidad de los hombres y de las mujeres pasa a ser objeto de unos controles estatales y culturales, científicos, más estrictos que los de la Iglesia[42].

Como puede advertirse, en los títulos de estos libros aparecen los términos “la nación”, y “el pueblo”, que no son los que utilizan las autoridades eclesiásticas para dirigirse a los miembros de su comunidad, sino los que utilizan las autoridades civiles y los ciudadanos responsables para dirigirse a los miembros de la suya.

El Estado del Antiguo Régimen, es, pues, un Estado confesional, como los reinos medievales. Pero es una confesionalidad cuya religión no tiene como eje la fe, sino la moral, y junto a esa moral, opera como su garante el culto público. En cierto modo, la confesionalidad del Estado moderno es del mismo tipo que la confesionalidad de la Roma de Augusto, distanciada de la confesionalidad de los reinos medievales, basada en la fe y el culto interior.

La confesionalidad moderna, no obstante, es a la vez oficial y personal, de un modo en que no lo era la medieval ni la romana. Individuo y Estado están vinculados por la participación en una confesionalidad moral única, voluntaria y autoconsciente, lo que, como se ha dicho, ocurría en menor medida en la confesionalidad medieval basada en la fe.

Esa confesionalidad religioso-moral, institucional y personal, desarrollada y consolidada durante el Antiguo Régimen, es la matriz de la religiosidad política-nacional e ideológica, que hace eclosión con los nacionalismos de los siglos XIX y XX.

 

Para ver la entrada anterior.

 

NOTAS

[36] García Oro, José, Historia de la Iglesia, III, Edad Moderna, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2005.

[37] García Oro, José, Historia de la Iglesia, III, Edad Moderna, cit.

[38] En este sentido, puede recordarse que Fray Luis de León pasa cuatro años en las cárceles de la Inquisición por haber traducido al castellano El Cantar de los Cantares, y que dicha prohibición se establece porque se presume que el vulgo no puede entender dicho libro en el sentido específicamente espiritual, que es el sentido que la Iglesia lee. Por otra parte, puede recordarse también la cantidad de veces que Don Quijote proclama su honestidad y su fidelidad a Dulcinea. Cfr., Tomás y Valiente. F., Clavero, B., et al. Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid: Alianza, 1990.

[39] Ese es el espíritu de Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, y de los ilustrados en general. Sobre la deriva de la religión, desde sus forma de culto a su forma de moral y de dogma, y al posterior distanciamiento entre ellas y el sentido común, cfr., Rappapport, Ritual y religión en la formación de la humanidad, Madrid: Akal, 2016.

[40] Laqueur, Thomas , Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación, Buenos Aires: FCE, 2007.

[41] https://fr.wikipedia.org/wiki/Samuel_Auguste_Tissot

[42] Foucault, M., Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber, Madrid: Siglo XXI, 2006, y Vigilar y Nacimiento de la prisión. Madrid: Siglo XXI, 1996; Historia de la locura en la época clásica, Barcelona: FCE, 2006.

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Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran, entre otras: Filosofía de la basura: la responsabilidad global, tecnológica y jurídica (2020), y Secularización (2022).

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