Una ética indigente.

Un diagnóstico entre modernos y tardomodernos

 

1. Una ética tenue

La ética, que en su día fue una gran ciencia, un saber riguroso y con gran predicamento en el mundo occidental, especialmente en la Europa clásica, cristiana y moderna, atraviesa un período de crisis y penuria. Hoy en día, la ética es un conocimiento atenuado e indigente. La ética de hoy es tenue.

Nuestra situación es de extrema pobreza, de precariedad del pensamiento en un tiempo indigente[1], de dificultad para el saber práctico y en el conjunto de la filosofía[2]. Una indigencia moral consecuencia de un árido proceso de finalización de la modernidad.

Podríamos pensar que la madre de la justicia no es la perfección, sino la indigencia humana, la opacidad de lo real, la naturaleza de las cosas que queda oculta bajo todo utopismo, ya que las construcciones ideológicas de nuestros días parten de una concepción hueca de los hombres, de humanos abstractamente buenos, justos e iguales, que encajan en una agenda geométrica del mundo, sin concreción histórica, sin intención y sin pasiones. Una multitud de clones, una masa que puede ser dirigida.

Después de Hegel

Este periodo de modernidad tardía se sitúa en la historia de la filosofía a partir de lo ocurrido después de Hegel en el mundo de las ideas. Hegel caracterizó este momento de autoconciencia y su idealismo absoluto se situó como punto álgido de la parábola del racionalismo e idealismo filosófico continental, para decaer después en un punto de quiebra y declive. A partir de aquí, se introducen la sospecha (Comte, Marx, Nietzsche y Freud) y el irracionalismo (Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche) como principales corrientes de pensamiento.

Como señaló Karl Löwith en su estudio sobre la historia del espíritu alemán en el siglo XIX:

El espíritu, concebido como sujeto y sustancia de la historia, dejó de ser fundamento para convertirse, en el mejor de los casos, en problema[3].

 

2. El final de la modernidad

La des- divinización o pérdida de los dioses

El siglo XX supuso la muerte de la modernidad, sobre todo a partir de la Gran Guerra, que fue su acta de defunción y nos introdujo en un tiempo de crisis y penuria que no hemos logrado superar[4].

Como sucedió en el siglo XX ahora tenemos una ética tenue
Ciudad destruida en la I Guerra Mundial

Es cierto que la Gran Guerra supuso, de hecho, el derrumbamiento de todas las expectativas civilizatorias heredadas del periodo anterior y evidenció el fracaso rotundo y definitivo de los ideales ilustrados.

Heidegger expresó la muerte de la modernidad con estas palabras:

Un quinto fenómeno de la era moderna es la “des- divinización” o pérdida de los dioses. Esta expresión no se refiere solo a dejar a los dioses de lado, es decir, al ateísmo burdo. La pérdida de los dioses se entiende en el doble proceso en virtud del cual, por un lado, desde el momento en que se pone el fundamento del mundo en lo infinito, lo incondicionado, lo absoluto, la imagen del mundo se cristianiza, y, por otro, el cristianismo transforma su cristiandad o su visión del mundo, adaptándose así a los tiempos modernos. Cuando esto ocurre, los dioses han huido[5].

Esta imagen propuesta por Heidegger[6] expresa la pérdida o muerte de Dios proclamada por Nietzsche. Este es el giro de la «des- divinización» («los dioses han huido»)[7] y el vacío generado se llenó con investigación histórica y psicológica, tras el completo desencantamiento del mundo.

Tras esta caída, la filosofía buscó conquistar su imagen «dentro del mundo», dentro de los parámetros físicos y temporales, de la ciencia, la técnica, la producción y la representación. Pero ¿en qué acaba este intento? Finalmente, en nihilismo.

Una etapa post-metafísica

Por eso, para Heidegger, y antes para Nietzsche, su tiempo supuso el fin de la metafísica occidental, y lo que surge tras esto se denomina post-metafísica[8]. Para Heidegger, la frase «Dios ha muerto» significa que «el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva». El platonismo ha llegado a su fin. Nietzsche se concibió a sí mismo como una reacción contra la metafísica (el platonismo) y, en este sentido, como un nuevo comienzo. Heidegger se lo tomó muy en serio y esta conjunción determinó el pensamiento desde la posguerra europea hasta nuestros días. Entre el último periodo del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, todo conocimiento se había vuelto frágil, ya que la relación fundamental de las ciencias particulares con los objetos de su investigación se había vuelto problemática e incierta.

En el siglo XX, en las matemáticas, el teorema de Gödel[9] reclama un marco más amplio para tener sentido y consistencia. En la física, tras la teoría de la relatividad de Einstein[10], o mejor, de las relatividades, se propone una teoría de las condiciones de acceso a la naturaleza con tipos de medición determinados que garanticen la invariabilidad de las leyes del movimiento. La biología abandona los prejuicios mecanicistas para introducir una visión más vital y «orgánica». La historia padece las miserias del historicismo[11]. La teología, en su búsqueda de renovación de la fe, fracasa al intentar explicarse desde la relación del ser humano con un Dios tenue, donde la crítica histórica y la desmitologización llevan al predominio de una teología negativa.

Nuevos caminos filosóficos

En medio de toda esta compleja situación, muchos filósofos buscaron un nuevo camino. Husserl[12], consciente de esta situación de crisis, pretendió volver a las cosas mismas, al fenómeno desnudo y exento de prejuicios: la fenomenología. Wittgenstein buscó depurar el lenguaje mediante un análisis que permitiese una catarsis de la terminología filosófica, lo que inauguró el positivismo lógico. Tiempo antes, autores como Comte, Marx, Nietzsche y Freud habían ensayado una filosofía «sin Dios», y tras la Gran Guerra, el auge de las ideologías y la Segunda Guerra Mundial se presentaron como advertencias legítimas de un presente incierto.

Los acontecimientos que desencadenaron la Gran Guerra generaron la expansión de las ideologías totalitarias, la alteración del lenguaje, el nihilismo ideológico y el estallido de una Segunda Guerra Mundial, seguida de la conmoción causada por los exterminios y masacres que la acompañaron. Más tarde, la prolongación de la lucha ideológica en la Guerra Fría, con su perversa y neocolonial geopolítica, el dominio tecnológico y el hundimiento metafísico de este último siglo, acaban en nuestra modernidad crepuscular y tardía.

Hoy, nuevamente, vivimos en la incertidumbre.

 

3. Tardomodernos

La caracterización de las actuales sociedades globales altamente desarrolladas como una extensión de la modernidad, en lugar de un «pasaje» a una nueva era denominada «posmodernidad», nos sitúa en una larga decadencia. Esta es la postura de algunos sociólogos contemporáneos, como Scott Lash, Anthony Giddens[13] y Ulrich Beck[14], Zygmunt Bauman[15], Andreas Reckwitz y Hartmut Rosa[16], quienes, en contra de los posmodernos, defienden que la modernidad continúa, pero en un otoño muy tardío.

Edición española de la obra de Andreas Reckwitz

Andreas Reckwitz

Andreas Reckwitz desarrolla su teoría de la sociedad (tardo)moderna en su obra de 2019 Das Ende der Illusionen[17], donde analiza la gran incertidumbre sobre el futuro como característica de nuestro tiempo. Aquellos días embriagadores de finales del siglo XX, cuando el final de la Guerra Fría parecía señalar el comienzo de una nueva era más optimista en Occidente, ahora nos parecen un espejismo. Hemos sufrido una crisis tras otra y la idea de que «un camino progresivo hacia un futuro mejor» nos parece ya una ilusión. La sociedad industrial clásica se ha transformado en una modernidad tardía moldeada por una creciente polarización y numerosas paradojas. Hoy en día, el progreso y el malestar van de la mano.

Hartmut Rosa

Por otro lado, Hartmut Rosa profundiza en una «sociología de las relaciones con el mundo» y propone la resonancia como tema[18], tratando de ofrecer «terapias» para superar las patologías sociales de la (tardo)modernidad. Su obra está muy influida por la Teoría Crítica de la Sociedad de los sociólogos de Fráncfort, hasta Habermas, y por la obra de Charles Taylor. La movilidad, el ir y venir de una ciudad a otra, es una característica tardomoderna asociada a lo que Hartmut Rosa denomina la «aceleración»[19]. Se trata de una suerte de elementos supuestamente facilitadores para saciar «la sed y el hambre de tiempo» o la indigencia temporal que padecemos los humanos del presente tardomoderno, donde la tecnología, la comunicación y el transporte juegan un papel crucial.

¿Cómo superar la penuria moral?

Pero todo este hundimiento se ha llevado de por medio las capacidades de la filosofía práctica y vivimos una ética indigente que hace preciso buscar «lo bueno» en tiempos de incertidumbre.

Necesitamos discernir sobre «el bien» en medio de las controversias morales de un tiempo de inseguridad. La penuria moral que sufrimos es enorme, así como la falta de medios y recursos para dar razón de «lo bueno».

La penumbra se ha extendido tanto que apenas entra un destello de luz sobre los órdenes intangibles, y las ciencias de «lo visible e invisible», como la teología, la metafísica o la ética se han atenuado tanto que solo se les otorga legitimidad si se muestran complacientes y se limitan a adornar las imposiciones culturales e ideológicas de nuestro tiempo.

 

4. El bien: ¿Una luz que sí puedes ver?

Nuestra apuesta consiste en volver a la filosofía práctica y preguntarnos:

«¿Qué es un hombre bueno?». «¿Cómo podemos ser moralmente mejores?». «¿Podemos hacernos moralmente mejores?» [20].

Estas son preguntas que un filósofo debería intentar responder hoy como ayer.

La propuesta de Iris Murdoch

Iris Murdoch propuso una teoría de la acción que puede superar la actual ética indigente
Iris Murdoch (1919-1999)

Hace aproximadamente un siglo Iris Murdoch se rebeló a una época de igual escasez moral, cuando tras la Segunda Guerra Mundial todo se había oscurecido, y afrontó el reto de recuperar filosóficamente las preguntas fundamentales acerca de «lo bueno».

Decía Murdoch que el Bien es lo que permite que el hombre pueda ver verdaderamente las cosas tal y como son y lo expresó de la siguiente manera:

La mente que ha ascendido a la visión del Bien puede posteriormente ver los conceptos a través de los que ha ascendido (el arte, la naturaleza, el trabajo, la gente…) en su verdadera dimensión y en la adecuada relación que hay entre ellos[21].

Una adecuada atención, más allá de uno mismo, descubre poco a poco la realidad, un comenzar a percibir esa luz que a simple vista no podemos ver, porque el hombre sabio, en griego clásico, no es el hombre que “sabe “sino el hombre que “ve” y en términos bíblicos el sabio es aquel que discierne.

Crítica a su comprensión de la acción voluntaria

Iris Murdoch se sitúa en el ámbito de los principios intrínsecos de la acción voluntaria: la inclinación al Bien en general y la elección de los medios para alcanzarlo nos devuelve al terreno de la decisión acerca de los medios para alcanzar el bien. La atención y la obediencia, en el sentido platónico que Murdoch defiende, no parecen ser suficientes para llegar a describir el verdadero proceso del acto voluntario humano. Parece dar más importancia a las motivaciones que provienen del gozo o reposo de la voluntad en el bien conseguido, capaz de provocar una transformación en el que el yo ha quedado disuelto en aquello que contempla. En este punto le falta el aristotelismo.

Pero su valor reside en que todo su esfuerzo se centra en demostrar que la vida moral no es sólo una cuestión de voluntad y acto, de decisión y consecuencia externa, sino que también hay un espacio invisible donde se operan cambios que determinan la conducta y en general la existencia del ser humano.

Una filosofía anclada en el Bien

Murdoch describe el problema del acceso al Bien en estos términos:

La dificultad estriba en mantener la atención fija en la situación real e impedir que vuelva subrepticiamente al yo mediante consuelos autocompasivos, resentimiento, fantasía y desesperación[22].

La realidad, la atención, el Bien y el amor son conceptos clave en la ética y Murdoch los propone como un contrapeso a las ideas filosóficas que impregnan el momento histórico que ella vivió y que se dilata en nuestro tiempo: una visión subjetivista del Bien y una comprensión voluntarista del obrar humano.

Murdoch propone una filosofía anclada en el Bien en la que es posible superar la autoafirmación del yo y mirar al entorno con realismo.

Propone como posibles caminos la contemplación de la belleza y la dedicación a las disciplinas intelectuales. La apuesta por el Bien de Murdoch parte de una comprensión realista de los problemas del sujeto contemporáneo y a la vez toma en consideración las propuestas que se han desarrollado en la historia de la filosofía pasada y presente.

La belleza en las acciones humanas

Más allá de la aproximación de Murdoch, pero siguiendo sus huellas la luz que sí podemos ver es que la prudencia, el valor, la templanza, la afabilidad, la justicia, la continencia, la generosidad, la grandeza de espíritu y la amistad son disposiciones y actitudes que, cuando las ponemos en práctica, resultan bellas y dignas de alabanza, y nos conforman y realizan como personas prudentes, valientes, templadas, afables, justas, moderadas, generosas, de espíritu noble y buenos amigos.

Por el contrario, la imprudencia, la irascibilidad, la cobardía, la mezquindad, la incontinencia, la intemperancia, la injusticia, la pusilanimidad, la bajeza de alma y la deslealtad son disposiciones desagradables e indignas, y cuando las ponemos en práctica hacen de nosotros personas imprudentes, coléricas, cobardes, mezquinas, incontinentes, intemperantes, injustas, pusilánimes, groseras o desleales.

 

Conclusión

Poco importan la niebla que envuelve esta cultura o la ceguera espiritual y la desorientación dominante. Lo cierto es que las virtudes y los vicios, en tanto que comportamientos objetivos, nos afectan en nuestras vidas cotidianas.

Los actos buenos y virtuosos embellecen y enriquecen nuestras existencias, mientras que los vicios afean y malogran nuestras existencias. No solo porque lo diga una larga tradición, que se pierde en el tiempo y cobró conciencia con los textos de Platón, y que ha configurado todo un nutrido canon cultural y literario, sino también porque, en ese canon las grandes religiones y tradiciones piadosas (y muy meritoriamente el cristianismo) alcanzaron y configuraron las formas de vivencia y convivencia predominantes a lo largo de los siglos de forma exitosa.

Pero, sobre todo, no podemos olvidar que, aun viviendo una cultura postrera y tardomoderna, envuelta en niebla y con una tenue luz, las virtudes siguen siendo perceptibles y deseables gracias a la luz de la razón. Sin estas nociones de bien y de mal, ni las legislaciones, ni las aspiraciones sociales y políticas tendrían fuste ni sentido. Pero es precisamente esta tenue luz la que permite el florecimiento de cada uno de nosotros en nuestra vida corriente y en nuestra vida social.

El alma no es ciega y la distinción entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, y todas sus derivaciones, son una luz que, aun en un mundo contaminado, sí podemos ver.

Las virtudes son la solución para la ética indigente actual
La belleza de las buenas acciones atrae hacia el bien

 

 

Bibliografía:

Baumann, Z., Modernidad Líquida, Buenos Aires: FCE, 2002.

Beck, U., La sociedad del riesgo global, Madrid: Siglo XXI, 2002.

Beck, U.; Giddens, A.; Lash, S., Modernización reflexiva: política, tradición y estética en el orden social moderno, Madrid: Alianza, 1997.

Cayuela, A.; Vara, J, El curso de la Historia, Barcelona: Erasmus, 2011.

Habermas, J., Pensamiento posmetafísico, Madrid: Taurus, 1990.

Heidegger, M., Caminos de bosque (Traducción cast.: de Helena Cortés y Arturo Leyte), Madrid: Alianza, 1996. Sendas perdidas (trad. J. Rovira Armengol), Losada, Buenos Aires, 1979.

Husserl, E., La Crisis de las Ciencias Europeas y la Fenomenología Trascendental: Introducción a la Filosofía Fenomenológica, Buenos Aires: Prometeo, 2008

Löwith, K., De Hegel a Nietzsche. La quiebra revolucionaria en el pensamiento del siglo XIX, Buenos Aires: Katz, 2008. Heidegger, pensador de un tiempo indigente, Buenos Aires: FCE, 2006.

Murdoch, I., La soberanía del bien (Edición y traducción de Andreu Jaume), Barcelona: Taurus, 2019.

Popper, K., La miseria del historicismo, Madrid: Alianza, 1973. La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona: Paidós, 1957.

Reckwitz, A., El fin de las ilusiones. Política, economía y cultura en la Modernidad tardía, Madrid: Nola, 2022.

Rosa, H., Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo, Buenos Aires: Katz, 2019. Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Buenos Aires: Katz, 2016.

Vattimo, G., Introducción a Heidegger, Barcelona: Gedisa, 1998.

 

NOTAS

[1] La expresión la tomó Heidegger de Hölderlin (Brot und Wein, VII), quien llama “dürftige Zeit” (tiempo de indigencia) a la edad en que vivimos, en la cual ya no están más los antiguos dioses y los nuevos dioses no han llegado todavía”. Cf. Vattimo, G., Introducción a Heidegger, Barcelona: Gedisa, 1998, p. 89, nota 52.

[2] Cf. Löwith, K., Heidegger, pensador de un tiempo indigente, Buenos Aires: FCE, 2006, 155-288.

[3] Löwith, K., De Hegel a Nietzsche. La quiebra revolucionaria en el pensamiento del siglo XIX, Buenos Aires: Katz, 2008, 16.

[4] Cf. Cayuela, A., ¿El final de la Modernidad? Claves de Pensamiento político contemporáneo, en Cayuela, A.; Vara, J, El curso de la Historia, Barcelona: Erasmus, 2011, 115-206.

[5] Cf. Heidegger, M., La época de la imagen del mundo, en Sendas perdidas, Losada, Buenos Aires, 1979, (trad. J. Rovira Armengol), 69 ss.

[6] Heidegger contextualiza este aforismo de Nietzsche de esta forma: Nietzsche enunció por vez primera la fórmula «Dios ha muerto» en el tercer libro del escrito aparecido en 1882 titulado «La gaya ciencia». Con este escrito comienza el camino de Nietzsche en dirección a la construcción de su postura metafísica fundamental.

[7] Cf. Heidegger, M., La frase de Nietzsche «dios ha muerto», en Caminos de bosque, Madrid, 1996, pp. 190-240, (Traducción cast.: de Helena Cortés y Arturo Leyte).

[8] Habermas, J., Pensamiento posmetafísico, Madrid: Taurus, 1990, 38-45:

También la situación de la filosofía actual parece haberse vuelto inextricable. No me refiero a la disputa de escuelas filosóficas; pues esa disputa fue siempre el medio en que se movió la filosofía. Me refiero a la disputa en torno a las premisas en que tras Hegel se habían apoyado todos los partidos. Lo que hoy se ha vuelto oscuro es la posición respecto de la metafísica.

[9] El teorema de la incompletud de Gödel es el principio matemático más importante del siglo XX y enuncia: “Todas las formulaciones axiomáticas consistentes de la teoría de los números incluyen proposiciones inefables”.

[10] Einstein observa que nuestras percepciones en relación con el espacio y el tiempo tienen únicamente un valor relativo, porque para poder medir el movimiento de un cuerpo con exactitud es preciso tener un punto de referencia fijo, ahora bien, en el universo nada esta inmóvil, todo se mueve.

[11] Cf. Popper, K., La miseria del historicismo, Madrid: Alianza, 1973; La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona: Paidós, 1957.

[12] Husserl, E., Die Krisis der Europäischen Wissenschaften und die Transzentale Phänomenologie: Eine Einleitung in die Phänomenologische Philosophie, 1936 (La Crisis de las Ciencias Europeas y la Fenomenología Trascendental: Introducción a la Filosofía Fenomenológica, Buenos Aires: Prometeo, 2008).

[13] Beck, U.; Giddens, A.; Lash, S., Modernización reflexiva: política, tradición y estética en el orden social moderno, Madrid: Alianza, 1997.

[14] Beck, U., La sociedad del riesgo global, Madrid: Siglo XXI, 2002.

[15] Baumann, Z., Modernidad Líquida, Buenos Aires: FCE, 2002.

[16] Reckwitz, A.; Rosa, H., Spätmoderne in der Krise, Berlin: Suhrkamp Verlag, 2021.

[17] Cf. Reckwitz, A., El fin de las ilusiones. Política, economía y cultura en la Modernidad tardía, Madrid: Nola, 2022.

[18] Cf. Rosa, H., Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo, Buenos Aires: Katz, 2019.

[19] Cf. Rosa, H., Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Buenos Aires: Katz, 2016.

[20] Murdoch, I., La soberanía del bien (Edición y traducción de Andreu Jaume), Barcelona: Taurus, 2019, 148.

[21] Murdoch, I., Ibidem., 209.

[22] Murdoch, I., Ibidem., 204.

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Aquilino Cayuela Cayuela
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Catedrático de Filosofía Moral y Política

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