1.4. Reglamentación de la vida religiosa en el Antiguo Régimen
§ 15. Ortodoxia medieval y ortodoxia moderna. La reforma y Trento
El orden tridentino-westfaliano, además de expresarse en la familia, la sociedad civil, el Estado y la cultura en general, se expresa también en la Iglesia de la Cristiandad.
Durante la Antigüedad y el Medievo, la ortodoxia, como el arte, es simbólica, conceptual, icónica y trascedente. En el nuevo orden tridentino-westfaliano, se hace descriptiva, realista, organizativa, voluntarista y reflexiva, o, como también podría decirse, burocrática, racional y autorreferencial, según las descripciones de Max Weber[50].
Los nueve concilios ecuménicos griegos, desde Nicea I (325) hasta Constantinopla V (1341-1351), tienen como tema fundamental las personas y la naturaleza de la Trinidad, y la persona y las naturalezas de Cristo, y los once concilios ecuménicos latinos, que se numeran desde Letrán I (1122) a Trento (1545-1563), tienen como tema la iglesia, el poder, las investiduras, la disciplina sacramental y la organización de la sociedad.
Los concilios Vaticano I (1869-1870) y Vaticano II (1962-1965), no pertenecen a la modernidad, sino a la Edad Contemporánea[51]. El arte realista, especialmente el retrato que busca el parecido máximo con la persona representada, nace en el Renacimiento, en el orden tridentino-westfaliano. Los retratos y esculturas anteriores, los de Nefertiti, Homero, Cesar o Constantino, no reflejan ni pretenden reflejar el rostro de una persona concreta, ni su carácter, sino su posición en la jerarquía social y tal vez en la historia.

La representación de una persona singular real, su rostro, su carácter, y su personalidad, se empieza a dar en el renacimiento, y alcanza sus máximas cumbres en el barroco. Una de esas cumbres es el retrato que hace Velázquez al papa Inocencio X en 1650. En ese lienzo, la persona retratada se reconoce, e incluso se sorprende de haber sido tan hondamente descubierta, según el comentario del propio pontífice al contemplar su retrato: “troppo vero” (demasiado verdadero).
Esa descripción, análisis y profundización de las personas físicas sobre sí mismas, es la que también llevan a cabo las personas jurídicas, especialmente las grandes instituciones, la Iglesia y el Estado, sobre sí mismas.
El orden tridentino-westfaliano es el del ensimismamiento, auto-constitución y reflexión del sujeto sobre sí mismo, del saber sobre sí mismo, de la comunidad sobre sí misma y de las instituciones sobre sí mismas.
Descartes muere en 1650 e inaugura una nueva época en la que la filosofía se construye como reflexión de la razón y como sistema autónomo. Pero no sólo se construye así la filosofía. También la geometría analítica, la mecánica, y en general la matemática y la física, se elaboran mediante la construcción reflexiva de modelos completos del tiempo, del espacio y del universo, mediante la construcción de sistemas autónomos, que luego se confrontan con los hechos.
Así se reelaboran también el derecho y la moral, la gramática y la lógica, y de ese modo se reexamina a sí misma la subjetividad, la persona física, y las personas jurídicas: la banca y la universidad, el Estado con su diferenciación de funciones y competencias, y la Iglesia con las suyas.
La Iglesia de la Cristiandad sistematiza su ritual, su moral y su dogmática, su ortodoxia, proveniente de la Antigüedad y el medievo, en Trento. Se trata de una ortodoxia en la que tiene primacía la comprensión profética e histórica empírica del cristianismo, y que se difunde, como en el medievo, por vía de predicación evangélica y de conquistas militares y políticas.
En la modernidad, las conquistas no son las de los reinos medievales con Estados nacionales en ciernes, sino las de los Estados modernos con aparatos consistentes, que abarcan todo el planeta, y que lo ocupan en términos imperialistas y colonialistas. La difusión del cristianismo es el imperialismo y el colonialismo de la Cristiandad, de las Iglesias Cristianas de Europa. Las instituciones, aunque tienen enormes efectos históricos, como se ha dicho antes, no tienen la intencionalidad histórica de llevar la existencia humana a la plenitud de su esencia. Pretenden encontrar los modos más cómodos posible de funcionamiento y de desempeño de sus tareas, para realizarse a sí mismas como instituciones.
La Cristiandad moderna no revisa ni desarrolla la ortodoxia elaborada de tiempos anteriores. La sistematiza, la difunde y la establece en los territorios colonizados, según procedimientos que, después de proclamados los Derechos Humanos en los si- glos XVIII a XX, generan sentimientos de culpabilidad de diferentes proporciones en las diversas áreas de la autoconciencia europea, en la subjetualidad occidental.
.El Antiguo Régimen recoge de la Reforma la afirmación de la autonomía individual, que tiene su máxima expresión reflexiva en la doctrina sobre el valor infinito de la persona, su dignidad, formulada del modo más explícito y fundamentado por Kant.
Por otra parte, recoge de Trento y Westfalia el orden del Esta- do moderno y la unidad y homogeneidad del Estado y la nación. En esta herencia integra en las mismas subjetividades personales y las mismas subjetualidades nacionales, dos fuerzas interdependientes y que se potencian entre sí, y que dan lugar, a través de una serie de conflictos de enorme virulencia, a la caída del Antiguo Régimen, y a la síntesis entre individuo y comunidad que son los modernos Estados democráticos.
A lo largo de la modernidad, los habitantes de Europa viven conflictos como los de Antígona, Sócrates y Epicuro, en una se- rie de individuos ejemplares, que va desde Galileo a Péguy, de un modo más o menos reflexivo. Estos conflictos tienen como resultado, por una parte, una mayor autonomía de la conciencia personal, que se manifiesta en el protagonismo que asumen los individuos en el Estado y en la Iglesia en tanto que instituciones, y, por otra parte, una transformación profunda en el Estado y en la Iglesia en cuanto instituciones.
El orden político y el religioso en la Edad Contemporánea, en los siglos XIX, XX y XXI, sufre unas transformaciones de mayor intensidad que las que se registran en el siglo XVI en el nacimiento del orden moderno. La transformación de esas instituciones lleva consigo a su vez profundas transformaciones en las actividades gestionadas por ellas, a saber, la política y la religión.
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NOTAS
[50] Weber, M. , El político y el científico, Madrid: Alianza, 2000.
[51] Una tabla completa de los concilios ecuménicos de las diferentes confesiones cristianas puede encontrarse en https://es.wikipedia.org/wiki/Concilio_ecumenico. En la Edad Contemporánea, el concilio Vaticano I, (1869-1870), presidido por Pio IX, está dedicado a tomar medidas Refuerza la ortodoxia establecida en Trento, rechaza el Racionalismo, el Naturalismo y el Modernismo, y establece el dogma de la primacía y la infalibilidad papal en materia de fe y costumbres. Por su parte, el concilio Vaticano II (1962-1965), presidido por Juan XXIII y Paulo VI, lleva a cabo la “apertura al mundo moderno”, la reforma de la liturgia, la pastoral de la Iglesia, y proclama la libertad religiosa y señala las directrices del apostolado de los laicos.
About the author
Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran, entre otras: Filosofía de la basura: la responsabilidad global, tecnológica y jurídica (2020), y Secularización (2022).
