» Desarmar» la ia,
la propuesta de León XIV para humanizar el universo digital
1. Introducción: la magnífica humanidad debe hacerse cargo de la IA

No me parece exagerado decir que Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, publicada en mayo de 2026, es uno de los documentos más trascendentales de lo que llevamos de siglo XXI. Quizá llegue a tener un alcance histórico parangonable al que tuvo la encíclica de León XIII Rerum novarum (1891), que ofreció una respuesta integral a los desafíos para la justicia social causados por la revolución industrial, y dio inicio a lo que desde entonces conocemos como Doctrina Social de la Iglesia (DSI)[1].
El papa actual, consciente de que vivimos un auténtico cambio de época[2] (como tantas veces repitió su predecesor el papa Francisco[3]) generado en buena medida por la revolución digital, ha querido dedicar su primera encíclica al impacto que el nuevo universo digital, y en particular la inteligencia artificial (IA), están teniendo y van a tener sobre el ser humano y la humanidad.
Nos encontramos en esta encrucijada histórica porque la IA no es una innovación técnica más dentro del catálogo de herramientas creadas por el ingenio humano a lo largo de los tiempos. Se trata de la tecnología más revolucionaria de la historia humana por la profundidad sin precedentes con la que está alterando la totalidad de las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales; porque nos hace dudar de cuál sea nuestra propia identidad como humanos; y porque todo ello lo está llevando a cabo a una velocidad vertiginosa, de modo que cambios que en el pasado requirieron del paso de muchas generaciones hoy son protagonizados y soportados por las mismas personas en una reducida franja de sus vidas.
La tecnología más revolucionaria de la historia humana
Mencionaré algunos de esos cambios. La identidad humana, tradicionalmente vinculada a la condición racional, se ve retada en el presente por la eclosión de entidades algorítmicas que simulan y superan de manera exponencial la capacidad humana para generar texto o imágenes, calcular, comunicarse mediante el habla o la escritura, aprender, memorizar, elegir modos de proceder, etc. De la noche a la mañana, hemos optado por que nuestros interlocutores cotidianos dejen de ser personas concretas, presentes o pasadas (a través de la lectura o la contemplación de sus obras), y pasen a ser aplicaciones de IA generativa que interactúan de forma sumamente servil y eficiente con nosotros, convirtiéndose en nuestros confidentes, profesores particulares, amigos, médicos, psicólogos, asesores fiscales y legales, etc.
Cualquiera puede ya disponer de agentes virtuales capaces de actuar de forma autónoma para alcanzar los objetivos complejos que les hayamos encomendado. En un futuro probablemente próximo muchos contaremos con robots humanoides que desempeñen tareas que hasta entonces siempre habían sido realizadas exclusivamente por humanos: hacer una cama, dar conversación y ocuparse de una persona anciana y dependiente, entretener a niños, realizar tareas mecánicas y de supervisión en la industria o la logística, ser nuestros acompañantes, etc. Las promesas de hibridación entre tecnología y humanidad (que nos parecían ciencia ficción hace unas pocas décadas) parece que empiecen a materializarse, seduciendo a la cultura contemporánea con la ilusión de vidas tecnológicamente «aumentadas» o incluso con la expectativa de superación de la humanidad (trans y posthumanismo).
2. Más allá de la zozobra existencial ante la IA
Ante este panorama inédito, en el que la IA altera radicalmente nuestras formas de vida, suscita riesgos para la supervivencia de toda la humanidad, nos hace dudar de nuestra identidad y nos hace sentir vergüenza de nuestra deficiencia frente al poderío que ella despliega[4], resulta imposible no experimentar una honda zozobra existencial. Cuando parece que hemos creado entidades que son exponencialmente más inteligentes que nosotros, que son capaces de aprender de manera autónoma, crear, hablar y entender, nos urge encontrar una respuesta convincente a la pregunta ¿quién es el ser humano? Solo así tendremos la posibilidad de relacionarnos con ese poder que parece que se nos haya escapado de las manos.
Para todos los hombres y en el contexto de las enseñanzas sociales de la Iglesia
Durante los últimos años de su pontificado, tanto el papa Francisco como distintos órganos de la Santa Sede fueron prestando una atención creciente a la IA. León XIV ha hecho de la IA un tema principal en sus escritos e intervenciones públicas. La encíclica no la dirige únicamente a los creyentes, sino a toda la humanidad, ofreciendo una reflexión argumentada sobre la dignidad inalienable de la persona y sobre los principios que deberían inspirar el desarrollo de la IA para que sirva a la construcción de una sociedad justa, pacífica y verdaderamente humana.
La encíclica no nace en el vacío. El papa ha querido subrayar la continuidad de este documento con el conjunto de la DSI. Y para ello dedica una parte importante de la encíclica a presentar los principios fundamentales de la DSI, exponiendo cómo se han ido enriqueciendo y perfilando desde la publicación de Rerum novarum (1891) hasta el presente, y cómo pueden orientar los desarrollos de la IA. Presta una atención especial a los pronunciamientos del papa Francisco puesto que es el primer romano pontífice que se ha podido ocupar in extenso de la IA.
Un desafío colosal
La encíclica comienza con estas palabras:

La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto[5].
A mi parecer, en estas líneas se contienen in nuce las grandes líneas maestras del documento: primero, la humanidad es magnífica[6]; segundo, vivimos una encrucijada histórica de enorme gravedad, en la que tenemos que optar entre sembrar la discordia, como en Babel, o construir una nueva Jerusalén en la que vivamos todos en paz; y tercero, en cada época, a lo largo de todos los tiempos, la humanidad ha tenido que lidiar con desafíos mayúsculos.
León XIV deja claro que no hay nada tan grande en el mundo como la humanidad pero que el desafío que afrontamos es colosal porque nos enfrentamos a una elección dramática entre la fraternidad y la discordia. El papa recurre a Romano Guardini, como ya hiciera Francisco en su primera encíclica Laudato Si’[7], para subrayar no solo la gravedad del desafío sino la dificultad del ser humano para acometerlo con éxito:
El hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto.
Desarmar la ia
Se podría decir, para finalizar esta introducción, que Magnifica humanitas se articula sobre dos imágenes. Por un lado, a elección entre la discordia de Babel y la concordia de Jerusalén. Optamos por reconstruir la nueva Jerusalén, tendremos que desarmar la IA para convertirla en una herramienta poderosa al servicio de la paz y prosperidad de las personas y los pueblos. Por recurrir a la famosa cita de Isaias, se trataría de configurar Ia IA de modo tal que “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is, 2, 4).
A continuación, presento sucintamente la visión acerca del ser humano que, según León XIV, debe informar el desarrollo y uso de la IA. Para ello, es imprescindible mencionar también la crítica que él mismo hace de la ideología del neognosticismo digital, que pone en riesgo de volver la IA contra su propio creador.
3. La crítica al paradigma tecnocrático y la exigencia de un antropocentrismo situado
El Magisterio de los últimos papas identifica, como causa del desarrollo desordenado, la hegemonía del paradigma tecnocrático[8]. Esta ideología asume que la realidad, el bien y la verdad son efecto automático del incremento del poder tecnológico y económico. Bajo este esquema, la razón instrumental se absolutiza, al presumir que cualquier amenaza para la existencia humana, desde la desigualdad social o las guerras hasta la crisis ambiental, puede ser resuelta mediante la tecnología. La IA no sería sino el recurso tecnológico definitivo para alcanzar ese propósito. La dignidad de la persona, el bien común y la justicia distributiva quedan así reducidos a la eficiencia y la maximización de beneficios[9].
A esta idolatría de la técnica[10], Francisco[11] y León XIV contraponen el antropocentrismo situado, una visión acerca del ser humano tan alejada del antropocentrismo desviado de la Modernidad como del biocentrismo[12], ambos criticados por Francisco en su encíclica Laudato si’[13]. Esta postura sostiene que la persona humana ocupa una posición singular en el cosmos por haber sido creada a imagen y semejanza de Dios.
Pero precisamente por ser criatura esta primacía no le otorga un dominio despótico sobre la naturaleza ni sobre sus semejantes, sino una responsabilidad de custodia y servicio. Los dos relatos del Génesis (Gén 1, 26-28 y Gén 2,15) sobre la creación se complementan a la hora de discernir el papel del ser humano. El ser humano está llamado a ser fecundo y a ejercer su señorío sobre el resto de las criaturas. Pero, puesto que es imagen y semejanza de Dios, tiene que hacerlo no como un dueño despótico sino como su Señor que, contemplando la bondad de lo creado, se cuida de «cultivar y guardar» el jardín del mundo[14].
4 . La diferencia ontológica entre la persona y la máquina

Magnifica Humanitas, en continuidad con la antropología teológica que el magisterio de la Iglesia ha hecho suya a lo largo de los tiempos, rechaza por completo la engañosa equivalencia entre la inteligencia humana y los sistemas sintéticos de procesamiento de datos que incorporan mecanismos de autoaprendizaje y tienen la capacidad de actuar autónomamente. En la Nota Antiqua et nova se incluye una explicación más minuciosa de la diferencia radical que existe entre la inteligencia humana y la IA. Para ello recurre a la teología tomista, que a su vez se sostiene en este punto sobre la concepción del alma humana de Aristóteles, y pone de manifiesto cómo sin cuerpo no puede haber persona humana, ni inteligencia humana[15]. El papa lo sintetiza así en la encíclica:
hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior (n. 99).
La condición corporal del ser humano, su relación constitutiva con los demás y con el resto del mundo físico, y conciencia moral son aspectos que definen la inteligencia humana y que nunca podrá replicar un artefacto.
5. La crítica al neognosticismo digital
En la cultura contemporánea se ha extendido la ideología del posthumanismo y del transhumanismo, que sostienen que la hibridación con la tecnología y la IA nos permitirá superar las limitaciones biológicas inherentes a nuestra condición que no solo nos dará paso a una nueva etapa evolutiva, sino que protegerá a la humanidad frente a eventuales riesgos existenciales. Esta propuesta, si bien tiene raíces más profundas, se formaliza y extiende en la última década del pasado siglo. En la Declaración Transhumanista (1998-2009), elaborada por la World Transhumanism Association (que, desde 2009, responde al nombre Humanity+) y entre cuyos redactores más conocidos encontramos a Natasha Vita-More, Anders Sandberg, Nick Bostrom o David Pearce, se afirma que
En el futuro, la humanidad cambiará de forma radical por causa de la tecnología. Prevemos la viabilidad de rediseñar la condición humana, incluyendo parámetros tales como lo inevitable del envejecimiento, las limitaciones de los intelectos humanos y artificiales, la psicología indeseable, el sufrimiento, y nuestro confinamiento al planeta Tierra[16].
Destruir los límites humanos es erradicar la humanidad
Frente a este propósito prometeico, León XIV hace una afirmación que desafía esas ideologías desde su misma base:
el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite.
Las limitaciones inherentes a nuestra naturaleza (como la fragilidad física, la enfermedad, la ancianidad, el sufrimiento, la finitud temporal y la muerte) no constituyen defectos de diseño que deban ser erradicados mediante la técnica. Son, precisamente, las hendiduras constitutivas que nos salvan del aislamiento autosuficiente y nos abren a la relación interpersonal, al amor compasivo, al cuidado recíproco y al auténtico desarrollo comunitario; en definitiva, a lo que constituye el pleno desarrollo humano. Tratar de eliminar esas situaciones límite (las Grenzsituationen de las que hablaba Karl Jaspers) mediante prótesis tecnológicas no conduce tanto a un futuro mejor que el humano sino a la erradicación de nuestra propia humanidad.
El fondo gnóstico de este planteamiento
Detrás de esas posiciones se encontraría una antigua corriente de pensamiento, el gnosticismo, que busca la salvación del ser humano liberándolo
de toda dependencia y límite, separándolo del cuerpo, del cosmos, de la comunidad y de la historia. Este «presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo, […] Se pretende, de esta forma, liberar a la persona del cuerpo y del cosmos material, en los cuales ya no se descubren las huellas de la mano providente del Creador, sino que ve sólo una realidad sin sentido, ajena de la identidad última de la persona, y manipulable de acuerdo con los intereses del hombre[17].
El gnosticismo parte de la idea de que el ser humano vive prisionero en el mundo material y lo primero que tiene que hacer es tomar conciencia de lo opresivo que es. En los tiempos actuales, sería el complejo tecno-científico el faro que sacaría al ser humano de esa oscuridad y, auxiliado con las más avanzados innovaciones tecnológicas, le liberaría de la prisión en que consiste su deficiente condición carnal y el mundo que le rodea. Resumidamente, podríamos decir que el transhumanismo y el posthumanismo son metas a las que la humanidad debe aspirar, la tecnocracia es el instrumento para alcanzarlas y el (neo)gnosticismo) la filosofía acerca del ser humano y del mundo sobre la que sostendría ese proyecto.
6. La propuesta de León XIV: desarmar la IA
La IA por sí misma no conduce a un futuro necesariamente mejor, e incluso expone a la humanidad a riesgos existenciales, siendo quizá el mayor de ellos abocarnos a la ideología neognóstica, sostenida por la vergüenza que sentimos al sabernos engendrados de modo tan frágil y no construidos con la perfección de la IA, fruto de nuestras manos.
Pero el papa tampoco ignora que el ser humano es tecnológico y que
el progreso tecnológico forma parte del plan de Dios para la creación[18].
Por eso, es concebible una IA, y así lo hace él, que contribuya no solo a resolver con éxito tantos retos que tiene ante sí la humanidad actual y futura, y sino también al logro del pleno desarrollo de las personas y las sociedades. León XIV llega a decir en la encíclica que, igual que Nehemias movió al pueblo para que, entre todos reconstruyeran los muros de Jerusalem y hacerla de nuevo una ciudad habitable, todos tenemos ahora la responsabilidad de participar en una transformación digital a la altura de nuestra dignidad. Todos estamos llamados a ser

en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia ―laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales― para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto. Como Nehemías, también nosotros estamos llamados a unir escucha y valentía, oración y responsabilidad, para que la ciudad de los hombres se vuelva más habitable, incluso cuando las lógicas tecnocráticas y los intereses partidistas parecen prevalecer[19].
El riesgo de incurrir en una tecnocracia neognóstica, o en una espiral de competencia sin reglas entre quienes detentan ahora el poder sobre la IA que pudiera llegar a ser suicida, no justifican el rechazo de la tecnología sino que apela a su ejercicio responsable. La primera condición para que la IA sirva a ese propósito es “desarmarla”[20], es decir, despojarla de su potencial de violencia y deshumanización. Eso
no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano[21].
Y para desarmarla, la primera exigencia es “sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva”[22]. A la vista de esta expresión, creo que se pueden reconocer tres ámbitos especialmente relevantes en los que se ha de alcanzar ese desarme de la IA: el bélico, geopolítico y el cognitivo.
6.1.- Frenar la lógica armamentística
La mayor urgencia es frenar la lógica armamentística. Después de décadas, en las que parecía arraigar la convicción de que la guerra debía ser definitivamente superada, en estos tiempos el mundo parece volver a la locura de hace siglo y medio, cuando se decía que la “paz armada” evitaría la guerra y acabamos provocando dos guerras mundiales. Por eso, es prioritario huir de la
preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional[23].
En este nuevo contexto, definido en su momento por el papa Francisco como una «tercera guerra mundial a trozos»[24], León XIV recuerda
el principio de que recurrir a la fuerza armada debe ser un último recurso en caso de legítima defensa[25].
Es decir, la guerra solo puede ser justa si es la “ultima ratio” y para situaciones de legítima defensa. Y, al centrarse en aspectos concretos del impacto de la IA sobre la guerra, manifiesta un completo rechazo hacia los Sistemas de Armas Letales Autónomas (SALA/LAWS) operados mediante la IA:
el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable[26].
Meses antes, ya el ejército de China se había manifestado partidario del control humano sobre las armas, y de evitar que su uso fuera decidido por la IA[27]. León XIV sostiene en la encíclica que
es necesario establecer reglas compartidas, incluso a nivel internacional, que frenen la carrera armamentística tecnológica y aseguren una protección especial a los civiles y a las infraestructuras esenciales para su supervivencia[28].
Quizá el temor de las grandes potencias tecnológicas a que la IA se vuelva contra la humanidad en el ámbito bélico, como ponen de manifiesto la declaración de las autoridades militares de China, sea una palanca idónea para avanzar hacia un tratado internacional que defina los límites del recurso a la IA en la guerra.
6.2.- Desarmar la competencia sin límites
Un segundo ámbito sobre el que León XIV pone el foco a la hora de “desarmar la IA” es el geopolítico. Su desarrollo no puede convertirse en una

carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida. La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora[29].
En unas pocas líneas el papa esboza unas orientaciones muy sugerentes para evitar que la IA dé lugar a un poder hegemónico y homogeneizador. Reconoce que la IA es un nuevo entorno en el que se desenvuelve nuestra vida y un nuevo poder que debemos administrar. Para que ese entorno sea acogedor y ese poder quede desarmado (es decir, no sea instrumento de dominio sino de empoderamiento ciudadano[30]) el papa dice que no basta con regular. Más aún, dice que no es una tarea únicamente ética o técnica. Si el Derecho, la ética y la técnica no bastan, ¿qué más necesitamos? León XIV propone una aproximación “ecológica en su sentido más radical”[31].
Puesto que es inevitable que quien controle la IA acabe teniendo el dominio total, esa aproximación ecológica exigir acabar con los monopolios en este campo, y que la diversidad cultural de la humanidad nutriera la configuración de la IA. El principio de subsidiariedad, aludido en la encíclica en su repaso de la Doctrina Social de la Iglesia, debe ser especialmente tenido en cuenta para lograrlo. Por cierto, el papa señala que la principal amenaza para la vigencia de ese principio en el entorno digital no está tanto en los estados, como en las Big-Tech que operan en régimen monopolístico[32].
6.3.- Desarmar el lenguaje
Para León XIV el desarme de la IA está íntimamente relacionado con lo cognitivo y, concretamente, con la manipulación de las palabras. Advertir sobre la necesidad de desarmar el lenguaje es, desde el inicio de su pontificado, una constante de sus enseñanzas[33].
La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra». El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. «La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra». Todos debemos, por tanto, hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva. Tenemos una posibilidad real de contribuir al bien cada vez que decimos la verdad, que damos un consejo sabio, que apoyamos a quien necesita consuelo, que denunciamos una injusticia o damos voz a quien no la tiene[34].
Pero el papa no apela a desarmar las palabras solo por el daño que ocasionan a las personas. Si las palabras no distinguen entre los hechos y las ficciones, si no buscan la verdad y se conforman con negociar sobre lo útil, el acuerdo sobre el bien común a partir de la deliberación queda suplantado por la manipulación o el cálculo de utilidad. En esas condiciones es imposible que florezca la democracia política[35].
7. Conclusión

La propuesta de León XIV de desarmar la IA es lo contrario al rechazo de la tecnología. Es la afirmación valiente de que el ser humano necesita de la técnica, producto de sus manos, para alcanzar su pleno desarrollo personal y social. Por eso, la técnica no se puede concebir como fin en sí misma sino siempre como medio. Los fines que debe perseguir, y desde los que ha de ser concebida y proyectada, no pueden proceder de ella misma. Menos aún si se trata, como sucede con la IA, de una tecnología que afecta a toda la humanidad en todas sus esferas de actividad. Esos fines deben proceder del conocimiento de la verdad sobre la persona humana y de su lugar en el mundo, y deben ser acordados entre todos.
Reconociendo la grandeza de la técnica, y la condición tecnológica del ser humano, León XIV entiende que la gran verdad de la que debemos partir es la condición magnífica de la humanidad y de cada ser humano en concreto. Por eso, carece por completo de sentido la vergüenza prometeica que el ser humano siente ante sus propios desarrollos tecnológicos, que le parecen muy superiores a él mismo, y le llevan al desprecio neognóstico de su condición vulnerable y a entregarse a la ilusión deshumanizadora del transhumanismo.
Para sortear esa deriva suicida y lograr que la IA sea un don precioso de la inteligencia humana al servicio de la creación, es imprescindible sustraerla a las lógicas de la carrera armamentística, la competencia geopolítica, la codicia corporativa, y la manipulación del lenguaje. En definitiva, desarmar la IA no significa renunciar al desarrollo tecnológico, sino impedir que domine sobre la persona. Supone sustituir la hybris autodestructiva de Babel por la corresponsabilidad de Jerusalén.
[1] León XIII, Encíclica Rerum novarum, n. 1,
[2] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, 2026, n. 6,
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
[3] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 2013, n. 52,
[4] Es la vergüenza prometeica, de la que habla Günther Anders, La obsolescencia del hombre (I). Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial, Pretextos, Valencia, 2011, pp. 39 ss.
[5] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 1.
[6] La encíclica no se ocupa de dar razón, desde una perspectiva estrictamente filosófica, acerca de la excelencia del ser humano. Un trabajo que recoge el debate filosófico contemporáneo al respecto y propone una robusta fundamentación de la excelencia del ser humano puede verse en: José Sanmartín, “Vida humana y técnica: ¿tienen alguna propiedad característica los seres vivos? Reflexiones en torno a la técnica y la evolución cultural”, en: José Sanmartín Esplugues y Raúl Gutiérrez Lombardo (eds.), Técnica y ser humano, CEFPSVLT, Ciudad de México, 2017, pp. 27-69.
[7] Francisco, Encíclica Laudato si’, 2015, n. 105,
[8] Vicente Bellver Capella, “Contra el paradigma tecnocrático: la posición del papa Francisco”, Argumentos de Razón Técnica, n. 20, 2017, pp. 149-169.
[9] Benedicto XIII, Encíclica Caritas in Veritate, nn. 70-71, https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html
[10] Jesús Ballesteros, “El futuro del derecho como lucha contra la idolatría tecnológica”, Persona y Derecho, vol. 79, 2018, pp. 37-50.
[11] Francisco, Exhortación Apostólica Laudate Deum, 2023, n. 67,
https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/20231004-laudate-deum.html
[12] Jesús Ballesteros ya propuso un concepto convergente con el antropocentrismo situado a principios de los noventa del pasado siglo: el ecologismo personalista; Jesús Ballesteros, Ecologismo personalista, Madrid, Tecnos, 1995.
[13] Francisco, Encíclica Laudato si’, cit., n. 118.
[14] Catecismo de la Iglesia Católica, 1997, n. 2415,
https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a7_sp.html
[15] Rafael Fayos, La figura humana, EUNSA, Pamplona, 2026, pp. 45-66.
[16] Humanity+, The Transhumanist Declaration, 2009, https://www.humanityplus.org/the-transhumanist-declaration
[17] Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad, 2026, n. 61,
[18] Dicasterio para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para la Cultura y la Educación, Antiqua et nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, 2024, n. 117,
[19] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 241,
[20] De ahí que el propio León XIV diga en la encíclica que se trata de una palabra especialmente importante para él: “Quisiera, por último, usar una palabra muy importante para mí: desarmar”; Ibidem, n. 110.
[21] Ibidem, n. 110.
[22] Ibidem, n. 110.
[23] Ibidem, n. 190.
[24] Francisco, Discurso en la Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 10 de septiembre de 2022, https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2022/september/documents/20220910-plenaria-pas.html
[25] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 197.
[26] Ibidem, n. 198.
[27] China’s Ministry of National Defense, Human primacy must be upheld in military applications of AI: Defense Spokesperson, 11 de marzo de 2026, http://eng.mod.gov.cn/2025xb/P/16448040.html
[28] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 200.
[29] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 110.
[30] Hannah Arendt, Sobre la violencia, Alianza, Madrid, 2006, pp. 61-63.
[31] A mi parecer, esta mención debe interpretarse desde el concepto de “ecología humana” acuñado por San Juan Pablo II, Encíclica Centisimus Annus, 1991, nn. 37-39, https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html
[32] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 71.
[33] León XIV, Discurso a los representantes de los medios de comunicación, 12 de mayo de 2025,
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/may/documents/20250512-media.html
[34] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 214.
[35] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas, cit., n. 134.
About the author
Vicente Bellver Capella es Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universitat de València y miembro del Comité de Bioética de España.