¿Es malo ser hombre?

Masculinidad, machismo y heteropatriarcado

 

Introducción

Falsa masculinidad
El hombre hoy es considerado prepotente y agresivo. Imagen 1

El debate en torno a la identidad sexual y los problemas que de ello se derivan es de máxima actualidad: feminismo, grupos LGTBI, masculinidad, machismo, feminidad, micromachismos, violencia de género, etc. Es, por supuesto, un tema espinoso, pero quiero arriesgarme a plantear algunas reflexiones al respecto sobre una cuestión que me resulta particularmente cercana, la masculinidad, un rasgo humano que no vive sus mejores momentos entre otras razones por su solapamiento, consciente o inconsciente, querido o involuntario, con el machismo. ¿Es el hombre naturalmente machista? ¿Tiene incrustada naturalmente la prepotencia y la agresividad? ¿O, en realidad, ser hombre es algo distinto y diverso que puede derivar en algunos casos, pero no siempre ni necesariamente en el atropello del otro y, en particular, de la mujer?

El camino que puede iluminar estos interrogantes comienza con el patriarcado clásico, prosigue con el heteropatriarcado y finaliza con una propuesta alternativa. Veámoslo.

 

1. Patriarcado y heteropatriarcado

Machismo y patriarcado

La concepción tradicional de machismo puede describirse como la dominación de la mujer por parte del hombre, formalizada en la conocida figura del patriarcado. Según esta teoría, el padre habría logrado asumir el control de la familia, donde poseería el poder de decisión omnímodo y absoluto. Y, desde este enclave privilegiado, su dominación -es decir, la dominación masculina- se habría extendido al resto de las estructuras sociales, dejando para las mujeres, en la medida en que su inteligencia y capacidad se lo permitiera, y contando siempre con el beneplácito del varón, los intersticios sociales del poder.

Sin duda, este tipo de dominación ha existido, y hay muchos hechos que pueden probarlo: carencia de derecho a voto, de educación, de capacidad de disposición del patrimonio, imposibilidad de realizar numerosos trabajos, etc. Por eso, resultó liberador el movimiento feminista, que comenzó con la petición del derecho a voto por parte de las sufragistas, y continuó con las reivindicaciones cada vez más ambiciosas y sofisticadas del feminismo liberal y socialista de décadas posteriores.

Heteropatriarcado

Este discurso, perfectamente válido, se ha ido, sin embargo, radicalizando en las últimas décadas, dando lugar a una visión cada vez más oscurantista del varón que habría tenido sometida a la mujer de manera constante y ubicua en todas las épocas y en todas las culturas, lo que vendría a significar, y aquí es dónde el panorama comienza a nublarse, que el varón habría tenido sometida a la mujer no de forma arbitraria o casual sino porque, el hombre (el varón heterosexual), es agresivo y dominador por naturaleza, de manera intrínseca. No habría hecho otra cosa, por tanto, que actuar de acuerdo con sus impulsos interiores, una tendencia que apenas puede controlar o remediar.

Este es el fondo ideológico que conduce del patriarcado al heteropatriarcado y que surge de la radicalización del movimiento feminista que ahora padecemos. El proceso es conocido. El feminismo tradicional se convirtió en feminismo radical; este en feminismo lesbiano y, finalmente, en ideología de género[1]. Un proceso similar al que aconteció en el interior de los movimientos homosexuales que, partiendo de reivindicaciones razonables y justificados, evolucionaron hacia un enfrentamiento abierto con la heterosexualidad.

Ideas que han propiciado el cambio

¿Cuáles son las ideas centrales que conducen de la antigua teoría del patriarcado a la nueva propuesta teórica de interpretación de la masculinidad, denominada por los creativos lingüísticos de la ideología de género, heteropatriarcado?

Visión negativa de lo masculino

1) La discriminación que ha sufrido la mujer por parte del hombre no es un hecho casual; esconde y manifiesta el carácter intrínsecamente negativo de la masculinidad. La discriminación de la mujer ha acontecido porque lo masculino, en sí, es agresivo, dominante y opresor. Y el patriarcado no es más que una de las consecuencias.

2) Lo masculino está ligado estructuralmente a lo femenino, es decir, a la heterosexualidad. Pero si lo masculino es negativo, su contraparte, lo femenino, que lo hace posible y lo justifica, también tiene que serlo. Por lo tanto, hay que ser conscientes de que el problema no es ya la discriminación de la mujer (contra la que luchaba el feminismo tradicional), sino la heterosexualidad y la consiguiente heteronormatividad, es decir, la estructuración de la sociedad de acuerdo con la dualidad varón y mujer.

3) Por eso, el concepto de patriarcado debe dejar paso al de heteropatriarcado, que refleja mejor un problema más profundo que el de la dominación de la mujer por parte del hombre: la dominación de la sociedad por el sistema heterosexual. La estructura heterosexual de la sociedad, en efecto, impone tanto a las mujeres como a los grupos LGTBI un tipo de sexualidad binaria y hetero. Y lo que queda fuera de este abanico, por ser secundario, se discrimina.

4) El elemento clave de ese sistema es el varón heterosexual porque impone tanto la discriminación de la mujer como la heteronomatividad. Pero, así como la discriminación a la mujer ha sido, en cierta media, reconocida y evitada, es mucho más difícil que este proceso se repita con la heteronormatividad porque el hombre heterosexual, por el mero hecho de serlo, crea, ejecuta y perpetúa automáticamente el sistema de la heteronormatividad. Él es, por tanto, el enemigo.

Naipes del Rey y la Reina. Imagen 2
Rechazo de lo femenino

5) Ahora bien, como el hombre (heterosexual) no existe sin mujer (heterosexual) ésta se convierte también en un problema, porque refuerza la masculinidad. La mujer femenina, heterosexual, romántica, con deseos de ser madre, sensible y afectuosa, perpetúa la masculinidad y, por tanto, perpetúa la heteronormatividad. También es, por tanto, un enemigo a combatir, aunque, probablemente, menos peligroso que el varón heterosexual.

6) El ciclo se cierra, coherentemente, mediante el intento de desestructuración conjunta de ambos sexos[2]. Se intenta feminizar al hombre ridiculizando y criticando todo aquello que es específicamente masculino. Y, de modo paralelo y paradójico, se intenta masculinizar a la mujer, despojándola de sus rasgos femeninos y, promoviendo en ella las características que se critican en el hombre: dominancia, agresividad, sexualidad irresponsable, etc. (recordemos las imágenes de las últimas manifestaciones feministas).

 

2. La masculinidad es machista

El núcleo del inteligente y sofisticado discurso elaborado por la ideología de género consiste, en definitiva, en una crítica a la masculinidad en cuanto masculinidad por considerarla negativa. Ya no se combate el machismo tradicional entendido como dominación de la mujer por el hombre. Lo que se combate ahora es la masculinidad en cuanto tal porque, más allá de la buena o mala voluntad de sus portadores individuales, es estructuralmente machista, es decir, negativa, problemática, destructora y dominante.

Esta visión general negativa de la masculinidad se está arraigando progresivamente en nuestra sociedad. Por eso ya no sorprende que mientras que la caracterización de la mujer siempre va acompañada de calificativos positivos y elogiosos: cooperativas, compasivas, generosas, sensibles; la descripción del hombre, por el contrario, se realiza en términos negativos: agresivos, competitivos, violentos, dominantes, insensibles. Es rarísimo el texto, declaración, anuncio publicitario, programa o mensaje de cualquier tipo –que el lector haga memoria- que indique que el hombre es mejor que la mujer de modo general en algún aspecto.

En la misma dirección, el discurso en torno a la violencia de género -una realidad tan triste como compleja- se cierra en la infinita mayoría de los casos con una potenciación de la imagen negativa del hombre en general, no solo del maltratador. De nuevo, la misma idea de fondo. El hombre -más precisamente el varón heterosexual- es agresivo y prepotente por naturaleza por lo que nada más lógico que agreda a la mujer cuando esta no se somete a sus deseos. Por eso se debe promover la feminización del hombre, ya que así se le ayuda a que abandone o lime sus cualidades masculinas de chico malo y revoltoso y se acerque al ideal femenino de bondad y cooperación.

Rechazo a las diferencias entre el hombre y la mujer

En este punto, es muy importante recordar, que el ataque a la masculinidad se enmarca dentro del ataque global a la heterosexualidad, que implica el rechazo a cualquier diferenciación hombre-mujer. Y, por ello, la crítica a la masculinidad se amplía a ámbitos muchos más sutiles que la violencia grosera y evidente. Se amplía, en concreto, a cualquier actitud o comportamiento en que el hombre trate a la mujer de manera diferente por el hecho de ser mujer, porque, según la mentalidad que estamos analizando, ese comportamiento solo podría estar justificado por alguna de estas razones:

Mujer en un trabajo tradicionalmente masculino. Imagen 3

a) el hombre estaría considerándose de algún modo superior a la mujer: organizándola la vida, dando muestras directas o indirectas de superioridad, etc.

b) existen diferencias estructurales entre el hombre y la mujer, que probablemente el hombre traducirá en que puede hacer cosas mejor que la mujer, como conducir, organizar tareas, mandar, etc.;

c) la perpetuación de estereotipos machistas mostrando cometidos o tareas supuestamente obligatorios o convenientes para la mujer.

Y como todas estas actitudes no son más que costumbres derivadas del patriarcado o del heteropatriarcado, es decir, de la creación e imposición de roles femeninos por el hombre o, peor aún, por la heteronormatividad, los comportamientos o actitudes diferenciadores, de cualquier tipo, deben rechazarse.

 

 3. Los micromachismos

Los denominados micromachismos se sitúan justamente dentro de esta perspectiva. Cabría pensar que detrás de este nuevo concepto –uno más de los infinitos generados por los creativos de la factoría del género- existe un deseo bienintencionado de acabar con los residuos de machismo. Pero también es posible que lo que se busque, en realidad, es dar una vuelta de tuerca más al ataque a la masculinidad impidiendo que el hombre se manifieste como tal, incluso en aspectos mínimos y secundarios.

El blog denominado La feminista ilustrada, nos facilita notablemente la profundización en este punto, puesto que, no solo ofrece una detallada lista de micromachismos, sino una definición, lo cual siempre es muy de agradecer. Es esta:

micromachismo es una muestra de violencia en la vida cotidiana tan sutil que suele pasar desapercibida. Refleja y perpetúa actitudes machistas y la desigualdad de las mujeres respecto a los hombres.

Analicemos esta definición -evidentemente, no canónica, pero ilustrativa e ilustrada- así como otros elementos útiles presentes en este blog como una lista de micromachismos. Comencemos por la definición.

Definición de micromachismo

ejemplo de masculinidad
Hombre cediendo el paso a una mujer. Imagen 4
  1. Todo micromachismo, para empezar, sería violencia. Ahora bien, aceptando que un comportamiento que pueda merecer esta calificación con justicia sea negativo o desagradable, ¿es siempre violento? Porque si toda acción desagradable, ofensiva o molesta es violenta, todos -sin excepción- cometemos innumerables actos violentos a lo largo de la jornada, especialmente aquellos días en los que nos levantamos con el pie izquierdo o, simplemente, estamos cansados o de mala uva.

 

2. Pasemos al segundo rasgo identificado por la feminista ilustrada: se trata de una violencia sutil que pasa desapercibida. No me queda más remedio que reconocer que la afirmación me resulta sorprendente. ¿Una violencia que pasa desapercibida? ¿No se caracteriza la violencia por ser algo manifiesto por su intensidad y sus repercusiones? ¿Son las agresiones o las palizas realidades sutiles que pasan desapercibidas? ¿No es consciente la gente de la violencia psicológica, aunque no la denuncie o no esté en condiciones de reaccionar ante ella? ¿O, más bien, lo que ocurre es que, en realidad, los micromachismos no son actos violentos sino acciones maleducadas, groseras o insensibles?

 

3. Por último, el micromachismo refleja y perpetúa la desigualdad entre hombres y mujeres; es decir, justamente, la interpretación que estamos apuntando. Lo propio de la actitud machista ya no consiste en someter o infravalorar a las mujeres sino tan solo en pensar que son diferentes de los hombres y actuar en consecuencia. Por eso, cualquier acción que el hombre realice partiendo de esas premisas, aun inspirada en la mejor buena voluntad (como un bonito piropo), celaría una actitud machista y generaría inevitablemente un micromachismo.

Tipos de micromachismos

Pasemos ahora a analizar la lista de micromachismos que proporciona La feminista Ilustrada, que dividiremos en dos categorías.

a) Posibles micromachismos reales

Entiendo por micromachismo reales las acciones o actitudes en las que el hombre puede mostrar algún tipo de superioridad sobre la mujer y que, por tanto, constituiría un auténtico residuo de la actitud machista generalizada en el pasado. Consideremos dos de los ejemplos que ofrece La feminista ilustrada.

El camarero le lleva la cuenta a él

Es un caso interesante porque, en efecto, podría considerarse un auténtico micromachismo, resultado de que, tradicionalmente, la autonomía económica correspondía al hombre y él, por lo tanto, era el responsable de los pagos. Llevar la cuenta al hombre implicaría, de modo indirecto, que la mujer no tiene autonomía económica y que debe ser sustentada por el hombre. Siendo esto cierto o posible, también hay que tener en cuenta que los hombres podemos tender a pagar la cuenta por un rasgo de caballerosidad y, dependiendo del momento y circunstancias, el camarero puede concluir que eso es lo que va a acontecer en esa consumición y, por eso, le lleva la cuenta al hombre.

Este comportamiento, de todos modos, es cada vez más esporádico, dada la creciente autonomía financiera de las mujeres por lo que, hoy en día, lo habitual es que el camarero presente la cuenta sin acercarla a ningún comensal en concreto esperando que sean ellos los que den algún indicio de quién va a hacerse cargo de ella. Lo que no parece, en cualquier caso, es que si el camarero le pasa la cuenta al hombre haya realizado una acción violenta contra la mujer.

Los pañales son cosas de mujeres

Es otro ejemplo interesante porque apunta a un ámbito complejo y móvil: las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Las costumbres, en este terreno, han variado notablemente desde la estricta distribución de roles de la familia moderna: las instrumentales y externas para el hombre; las emotivas y domésticas para la mujer[3].

Esta distribución -que no implicaba necesariamente discriminación ni patriarcado- despareció junto con la familia moderna cuando la mujer comenzó a trabajar fuera de casa, pero trajo como consecuencia indeseable el doble trabajo de la mujer[4]. Esta ya trabajaba fuera de casa, pero continuó realizando -por inercia cultural- las tareas del hogar acumulando un trabajo agotador y estresante. Los hombres nos hemos resistido -probablemente con cierta actitud machista – a asumir las tareas del hogar, pero, afortunadamente, se ha avanzado bastante en este terreno, aunque todavía se puede recorrer mucho camino en esta dirección.

La construcción del hogar y el cuidado de los hijos

Sentados estos puntos, cabe, sin embargo, plantearse una cuestión difícil: ¿Es posible o deseable una igualdad total en la construcción interior del hogar? ¿Si los hombres y las mujeres somos diferentes no es razonable esperar una repercusión en las tareas domésticas y de crianza? ¿Es conveniente promover una igualdad simétrica o, al hacerlo, se puede acabar perjudicando tanto al hombre como la mujer?

Comencemos por la crianza. Personalmente, no albergo ninguna duda de que la va mujer va a dedicar -en términos generales- más tiempo que el hombre a estas tareas. Y no solo por obligación o por dejación del marido, sino porque resulta más congenial con su modo de ser, comenzando por el embarazo y la lactancia. Cuando el hombre apenas ha hecho nada, la mujer ya lleva 9 meses cuidando del hijo, generalmente con cansancio, esfuerzo y, a veces, sufrimiento. Y esa cercanía con los pequeños hombres y mujeres no se rompe con el nacimiento, sino que se fortalece.

De hecho, y no descubro nada, el vínculo madre-hijo es el vínculo interpersonal más fuerte que existe, en el que el padre, a veces, debe luchar por hacerse un hueco consistente. No parece, afortunadamente, que las mujeres estén dispuestas a renunciar a este vínculo por lo que su papel en la construcción existencial del hogar será, necesariamente, mayor que el de los hombres (siempre en términos generales, claro).

El cuidado de la casa

La cuestión del trabajo doméstico es más complicada. Anteriormente, en las sociedades rurales, las tareas estaban divididas de manera más equitativa, puesto que los hombres realizaban las que requerían fuerza y habilidad manual masculina (cortar leña, reparar la casa, arreglar las verjas, labores pesadas en el huerto si lo había, etc.), mientras que las mujeres realizaban tareas más propias de la mujer: atención a los hijos, colada, cocina, ropa y costura, etc. sin perjuicio de una posible o frecuente colaboración en tareas más pesadas de labranza o pastoreo. Todos debían trabajar, en definitiva.

La urbanización cambió este panorama eliminando la mayor parte de las tareas “masculinas” y manteniendo la mayor parte de las “femeninas”, con lo que la distribución de trabajo se desequilibró. Afortunadamente, las mentalidades están cambiando y el hombre está tomando conciencia de que debe asumir esas tareas o, por lo menos, una parte importante de ellas. Añado este último matiz, aunque sé que me muevo a contracorriente, porque considero que existe una cierta conexión intrínseca entre gestión emocional del hogar y trabajo doméstico y, por eso, veo difícil que, siempre en términos generales, se llega a una igualdad completa en la distribución de tareas dentro del hogar, aunque, por supuesto, podría equivocarme.

Hombre dando el biberón a su hijo. Imagen 5
b) Micromachismos ficticios e ideológicos

El segundo tipo de micromachismos que aparece en el elenco elaborado por La feminista ilustrada es muy diferente y totalmente cuestionable porque surge, simplemente, cuando se trata de modo diferente al hombre y a la mujer. Veamos algunos ejemplos.

  1. Saludar con dos besos a ella, pero darle la mano a él
  2. La bebida fuerte para él
  3. Comentar que una mujer no se ha depilado
  4. Regalar cosas diferentes a niños y niñas
  5. “Tan fuerte como Superman”
  6. Uniformes con falda para ellas y pantalones para ellos

Los ejemplos hablan por sí mismos. El único aspecto negativo que puede detectarse en estos comportamientos proviene de asumir que hombres y mujeres somos diversos y actuar en consecuencia. Porque lo lógico y normal es tener gestos de afecto más delicados con las mujeres que con los hombres (no vamos a darles una palmada en el hombro cuando las saludamos); es un hecho que a las mujeres les afecta generalmente el alcohol más que a los hombres y, por eso, lo toman -si es que lo hacen- en mucha menor cantidad que los varones; las mujeres cuidad más su aspecto corporal que los hombres; los niños y las niñas tienen intereses diferentes en sus juegos y, por eso, prefieren juguetes diferentes, etc.

 No encontramos en esta lista de eventos más que una sencilla constatación de un dato existencial: hombres y mujeres somos diferentes. Pero esta diferenciación, para La feminista ilustrada, no existe o no debería existir. Hombres y mujeres somos exactamente iguales; lo que solo puede ser posible, claro está, si, en realidad, no hay ni hombres ni mujeres. Lo que significa, a su vez, que La feminista ilustrada no es feminista porque no está interesada en las mujeres reales (y, quizás, tampoco en los hombres)[5].

 

 4. Hacia una descripción positiva de la masculinidad: un objetivo conjunto

El camino hacia el que conduce todo este discurso es la discriminación del hombre. Las ideas  y las palabras tienen su fuerza y su inercia. Y si el hombre es violento, machista y patriarcal, parece lógico actuar contra él para mantenerle a raya. No se trata de ninguna fanta-teoría sino una realidad, instaurada ya legalmente en España, por ejemplo, a través de la Ley de Violencia de Género, en la que encontramos lo siguiente:

Es posible que nos vengan a la mente otros ejemplos en esta dirección, pero no queremos quedarnos en la crítica y la denuncia. Es importante, si se puede, ser propositivos, señalar un camino alternativo. Y esto es lo que voy a intentar en estas líneas conclusivas.

Discriminación del hombre

Me parece importante advertir, en primer lugar, que la discriminación y penalización del hombre no solo perjudica al varón sino también a la mujer puesto que masculinidad y feminidad son interdependientes. Si, mediante los micromachismos ficticios, se impide al hombre desplegar su masculinidad ante la mujer, se impide al mismo tiempo que la mujer exhiba su feminidad ante el hombre. Las mujeres no se visten bien solo para que las vean los hombres, pero esa es, sin duda, una de las razones fundamentales. Y si el hombre no puede expresar su encanto ante la belleza femenina, todos salimos perjudicados.

Del mismo modo, la ley de Violencia de Género (tal y como ahora está formulada) no solo perjudica al hombre; también damnifica a la mujer porque distorsiona las relaciones intersexuales pudiendo, a la larga, generar el efecto contrario al deseado. Si se generaliza la falsa idea de que los hombres somos naturalmente violentos y se actúa y se legisla en consecuencia. ¿Cuál puede ser a largo plazo la reacción de alguien al que se le acusa falsamente de violencia, pero, que, ciertamente, es más fuerte físicamente que quien le acusa? ¿No se puede promover de este modo el machismo que presuntamente se busca erradicar?

Además, y pasando al terreno de las relaciones interpersonales: ¿puede el hombre confiar con espontaneidad en la mujer sabiendo que una denuncia de esta le lleva a la cárcel?, ¿Quieren las mujeres que sus relaciones con los hombres estén mediadas por esta semilla de desconfianza? ¿Resultará posible una sana discusión que permita arrojar las tensiones, liberarse y perdonarse? ¿No caerá la mujer en la tentación de usar indebidamente su poder legal en un momento de exaltación, aunque luego se arrepienta?

Descripción positiva de la masculinidad

Masculinidad actual
Hombre de hoy. Imagen 6

Para cambiar esta tendencia es urgente comenzar a trabajar seriamente en una descripción positiva de la masculinidad. No es admisible que lo masculino se describa habitualmente través de rasgos negativos como agresividad, violencia o competitividad (entendida en un sentido exclusivista y egocéntrico). Y no es admisible porque es falso. La masculinidad es una cualidad positiva que la sociedad necesita y que debe valorar no solo de modo implícito, sino reflexivo y consciente. Y, para ello, debemos estar en condiciones de describirla adecuadamente, tarea que, sin embargo, se encuentra todavía sus comienzos. Julián Marías, hace algunos años, realizó una descripción magistral de lo femenino y lo masculino en Antropología metafísica[6], que merece ser releída y repensada.

Pero este brillante cuadro tan solo supone un comienzo. Y no solo porque el misterio del hombre y de la mujer es, en realidad, imposible de aferrar, sino porque los patrones de los masculino y lo femenino, cambian y evolucionan con el tiempo, se solapan y superponen; incluso, quizás, se invierten en algunos aspectos. Que apostemos de manera decidida por una identificación fuerte de lo masculino y de lo femenino no significa que lo consideremos estático e inamovible. La persona siempre está mediada por la cultura, pero una consideración consistente de este punto requeriría otro escrito.

 

 

 

NOTAS DE ¿ES MALO SER HOMBRE? MASCULINIDAD, MACHISMO Y HETEROPATRIARCADO

[1] La obra seminal, muy conocida, es El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1949), pero el movimiento ideológico, en cuanto tal, se afianza y consolida en los años 70 en Estados Unidos. Tres obras emblemáticas son: S. Firestone, The dialectic of sex, Banthan, New York 1972, G. Greer, The female eunuch, McGibbon & Kee, Londres 1970 y K. Millet, Política sexual (1969), Cátedra, Madrid 1995. Hay, de todos modos, muchos otros nombres relevantes: Gayle Rubin, Juliet Michell, Donna Haraway, Wittig, Kristeva, etc. Un análisis de este complejo movimiento que incluye los pasos que conducen a la ideología de género lo ofrece Jesús Trillo-Figueroa, Una revolución silenciosa, LibrosLibres, Madrid 2007.

La teoría de género (gender theory) forma parte de este camino, pero no se identifica necesariamente con la ideología de género puesto que la primera solo remarca la dimensión cultural de la sexualidad mientras que la segunda reduce la identidad de género a una elección personal independiente de la biología.

[2] La referencia inevitable en esta tendencia ideológica es Judit Butler, la primera, si no me equivoco, en plantear una deconstrucción del feminismo al atacar la heterosexualidad. “Parece necesario replantearse de manera radical las construcciones ontológicas de la identidad para plantear una política representativa que pueda renovar el feminismo sobre otras bases” (Judit Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Paidós, Barcelona 2017, p. 52), cuya consecuencia es que “los géneros no pueden ser ni verdaderos ni falsos, sino que solo se crean como los efectos de verdad de un discurso de identidad primaria y estable” (Ibid., p. 267) Otra cosa es que las feministas, absortas en sus luchas, advirtieran esta consecuencia en sus inicios.

Desde una perspectiva contraria, puede consultarse Alicia V. Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender cómo nos afecta la ideología de género, Lexington USA 2017.

[3] Cfr. Juan Manuel Burgos, Diagnóstico sobre la familia, Palabra, Madrid 2007.

[4] Cfr. J. Marías, La mujer en el siglo XX, Alianza, Madrid 1997 y G. Lipovetsky, La tercera mujer, Anagrama, Barcelona 1999.

[5] El fondo de este problema es el que ha desatado recientemente en España la férrea oposición del feminismo tradicional a la denominada “ley trans” propuesta por la ministra Irene Montero que permitiría un cambio de sexo a la carta y sin ningún tipo de requisito médico o legal. Las feministas han señalado, con razón, que esa ley supone un “borrado de las mujeres”, su desaparición, como mujeres, de la vida pública.

[6] Cfr. Julián Marías, Antropología metafísica, Alianza Editorial, Madrid 1987, especialmente los cap. 17-21.

About the author

Juan Manuel Burgos y su propuesta de la “experiencia integral como orientación para el texto filosófico fílmico de Ruggles of Red Gap
Juan Manuel Burgos

Filósofo. Fundador y Presidente de la Asociación Española de Personalismo.

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