¿Por qué leemos

Cartas a un amigo alemán

de Albert Camus?

 

 

La vida de inocencia de Camus

No creemos equivocarnos si afirmamos que los años aciagos del totalitarismo marcaron la vida de un joven que quiso vivir al amparo de la luz del Mediterráneo y de los libros que le cobijaban. Una vida de inocencia, de esplendorosa laxitud, se observa en sus primeros escritos, en los que se recoge el amor por el sol y el mar de Argel y de Orán, que con tanto lirismo recoge en Bodas; pero también en ese pasaje, de un obra de madurez, como es La peste, en el que el joven Tarrou –el mismo Camus de Bodas– le reconoce a Rieux:

Albert Camus
Albert Camus en 1947 [Imagen 1]

 

 

Cuando yo era joven vivía con la idea de mi inocencia, es decir, sin ninguna idea. No soy del género de los atormentados, yo empecé bien. Todo me salía como es debido, estaba a mi gusto en el terreno de la inteligencia y mucho más en el de las mujeres. Si tenía alguna inquietud se iba como había venido. Un día empecé a reflexionar.

 

Ese día, que parecía lejano e incierto, llegó, y Camus empezó a reflexionar, a madurar, a crecer, y a no dejarse llevar por la aquiescencia. Ese día comprendió que no solo existía el asesinato institucionalmente organizado, sino, también, el que carcome el espíritu de un hombre, hasta hacer que “las alas de nuestras almas” (Fedro) se atrofien por completo.

El compromiso irrenunciable de escribir

Esta dialéctica del amo-esclavo deja huella en buena parte de su obra. Con carácter ejemplificador, el 15 de diciembre de 1942, el joven escritor apunta en sus Carnets II:

¿Cuál es el ideal del hombre expuesto a la peste? Seguramente os reiréis: es la honradez,

la de un escritor que ni puede ni desea separarse del mundo que le rodea –y menos aún de sus víctimas–, de ese tiempo que le lleva a comprometerse decididamente con los valores de la tradición cultural en la que había nacido, y a empuñar la pluma contra los regímenes totalitarios que intentaron cercenarlos. Por esta razón, en autores como Camus la escritura constituye una vocación, pero también un compromiso irrenunciable.

Cartas a un amigo alemán

Portada de la obra de Camus
A. Camus. Cartas a un amigo alemán [Imagen 2]

A desvelar lo que fue este ominoso período de la Historia dedica sus Cartas a un amigo alemán. Estamos ante un texto que posee un escaso número de páginas. La ingenuidad de un lector que estuviera poco avezado en la obra de Camus podría llegar a pensar que su lectura requiere de ese tiempo que postergamos para los relatos que consideramos menores. Como suele ocurrir, la realidad es muy otra. Si ponemos una mínima atención, pronto comprobaremos que su fuerza narrativa se deja sentir en cada uno de sus entretejidos hilos discursivos, de los que se sirve el autor para desarrollar su prolija argumentación.

No somos filólogos, ni nuestra materia objeto de estudio es la Literatura, esta solo constituye una pasión; pero después de muchas lecturas, tenemos la convicción de que estamos ante una obra que se nos antoja clásica, o canónica, en el sentido expresado por Bloom, porque cuando la leemos “por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro”, el que obliga a que sus relecturas se realicen con cierta lentitud y dosificada atención, porque Albert Camus, como indicara Ortega,

nos trae un diálogo latente, en el que sentimos que el autor sabe imaginar concretamente a su lector,

al que le interroga en cada línea, en cada párrafo que escribe. En ese permanente diálogo, vivo y no fosilizado, radica una de las grandezas de estas cuatro cartas, tan breves como imperecederas.

¿Por qué el género epistolar?

Entre las numerosas temáticas que el texto nos suscita, y de las que daremos buena cuenta al analizarlo, para esta introducción –esperemos no excesivamente extensa– quisiéramos plantear dos cuestiones. La primera surge de un interrogante ¿por qué abandona la novela o el teatro, géneros más proclives al diálogo y a la confrontación de ideas, para inclinarse por una relación epistolar unidireccional, en la que únicamente tiene cabida la postura del joven y ficticio narrador?

Solo después de un estudio detenido del conjunto de su obra nos atrevemos a dar una posible respuesta: su conocimiento de la Antigüedad clásica es lo que le pudo llevar a elegir esta forma tan particular de relatar un momento tan crucial de la Historia de la civilización occidental, en el que lo único que era posible pronunciar, ante un rostro de doble perfil, el frío rostro de Jano, era “un ‘anatema sit’ sin reservas” (Hildebrand), máxime cuando la enemistad se había vuelto “absoluta e irreconciliable”, lo que hacía imposible cualquier atisbo de aquiescencia o tolerancia, esto es, de cualquier debate epistolar abierto, porque quien ha sido fiel testigo de los hechos sabe que

hacer concesiones en el trato con personas como él [Hitler] solo sirve para despertar su apetito, sin cambiar en absoluto su actitud hacia quien cede.

En ese ambiente, no cabe la paz ni pueden tenderse puentes, solo alzar un muro de hormigón forjado, con el que intentar parar

una recaída en la barbarie, que se había considerado imposible en el siglo XX (Bracher).

El diálogo como comienzo de libertad y de razón

Como sabemos, en nuestra tradición occidental, la Filosofía se inició dialogando, de forma que el diálogo, como el pensamiento filosófico griego, está en el comienzo de la libertad y de la razón. Así, en los Diálogos de Platón aparece un sin fin de personajes, en los que la pulcritud del lógos, la palabra, fluye para adquirir sentido, comunicación, ciudad: la pólis.

Por esta razón, dirá Lledó, el lógos ha de ser, necesariamente, dia-lógos, es decir, una palabra que vive, late y transita, no solo en la pólis, sino en el interior del ser humano, para alcanzar

Emilio Lledó [Imagen 3]

 

el oculto paradigma de lo que, en nuestra cultura, se ha llamado alétheia, veritas, verdad, Wahrheit. Un concepto arrancado a la arbitrariedad del poder que tantas veces sometió el lenguaje donde pudiera expresarse esa verdad al filo de la espada –una espada de múltiples aceros– del señor que la empuñaba, y que encarnaba en su propia corrupción la insolidaria, desgarrada, voluntad de dominio. Una palabra llevada más allá de cualquier dogma donde, al perder el aplastado círculo de su yerta rotundidad, ganaba en las ‘opiniones de los mortales’.

 

¿Puede haber diálogo con quien no permite pensar?

Sin esa luz que proporciona la palabra, que es diálogo con el hombre y la naturaleza, sin ese lógos-principio, el universo entero se convierte, siguiendo a Lledó, en “un espacio de infinita soledad” (24). En esta afirmación hallamos una posible respuesta, que nosotros exponemos a través de una pregunta: ¿qué sentido tiene entablar un denso diálogo con quienes han hecho de la palabra silencio, y de la fuerza una verdad inalcanzable?, o, si se prefiere, ¿qué sentido tiene que la víctima se justifique ante el verdugo cuando está siendo conducida al patíbulo? Ninguno.

No puede tenerlo, porque, como leemos en el Hiperión de Hölderlin, “el que no duda no puede ser convencido” . Y si el diálogo contra el fanatismo carece de toda lógica, la verdad habrá que buscarla en el interior del hombre, de ese hombre que mantiene una comunicación monológica, o aparentemente monológica, con un antiguo amigo alemán, del que le separa ese mundo ciego y sordo que les ha tocado vivir, como consecuencia de la intolerancia de un régimen, el del Tercer Reich, que, al coagular el conocimiento, cercena la mayor de las libertades: la libertad de pensamiento.

Como en el mito de la caverna

Si leemos el texto con pausado silencio, si lo interiorizamos, comprendemos que Cartas a un amigo alemán no se aleja de la simbología inagotable de aquella inmensa metáfora que conforma el famoso mito de la caverna, recogida en el libro VII de la Republica de Platón. Como es sabido, en ella se describe a unos prisioneros mirando permanentemente al fondo de una gruta. A sus espaldas, las sombras de la caverna y una hoguera, siempre encendida, que les proyecta imágenes de una misteriosa procesión de objetos, arrastrados por ignorantes porteadores. Creen que lo que ven es la realidad, y que las sombras son el fiel reflejo de las cosas. Sin embargo, sus miradas están vacías. No interpretan, no entienden. Mirar sin ver, observar sin saber, acatar sin pensar.

Esta, y no otra, es la realidad que se vive y se sufre en el interior de una caverna en la que las sombras han creado y modelado el pensamiento y el mundo que les circunda. Pero la diosa fortuna permite que uno de los prisioneros se libere, y ascienda hacia la luz del sol que brilla a la salida. Pronto descubre el engaño. Ve la verdadera realidad, la que ilumina la luz del día. Él es el símbolo certero de la existencia. Regresa, pero nadie le escucha. Los cautivos no quieren dejar que las sombras se desvanezcan, y con ellas el mundo que les da cobijo, razón por la que repudian al hombre que pone en duda lo que oye y lo que ve en esa infinita y oscura caverna.

¿Se puede dialogar con el mal?

Paris durante la II Guerra Mundial [Imagen 4]

Su lectura impone el interrogante: en un mundo de sombras, en el que

el humanismo está en suspenso y el gobierno es Terror,

¿se puede dialogar con el mal que te circunda?, ¿se puede dialogar con quien te impide hablar para saber quién eres o cómo piensas?, ¿es posible buscar esa armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira, de la que habla Heráclito en su fragmento 51, cuando sabemos que los dioses no dialogan? En este espacio recubierto por la duda, la voz de los clásicos recuerda:

La guerra es el padre de todas las cosas, el rey de todo; a unos les hace dioses y a otros hombres, a unos les hace esclavos y a otros libres (Frag. 53).

Ahora comprendemos que la escritura que mejor expresa el dolor de esa esclavitud no es la que se teje en el diálogo, sino la que se representa en el monólogo interior, al que acude el escritor porque sabe bien que en la intolerancia no tiene cabida el lógos, la palabra dialogada, solo la agresividad más primaria.

Entonces, ¿para qué dialogar?

Si nuestra apreciación es cierta, aun con ropajes diferentes, el mismo interrogante se presenta para recordarnos la duda que nos asalta, una y otra vez: ¿qué sentido tendría intentar dialogar cuando “somos vistos como marionetas en manos de los dioses”? Ninguno, porque ante la barbarie, la igualdad de las leyes y la libertad de palabra, hablada o escrita, quedan reducidas al espacio interior del hombre, a su conciencia y a su memoria, la que le lleva a recordar, no sin añoranza, las palabras vertidas por el guerrero de La Ilíada, quien, en medio de la espesa nube que ha cubierto de oscuridad el campo de batalla, proclama:

¡Zeus padre! Saca tú de la bruma a tus hijos aqueos, haz luminoso el aire, y permite a nuestros ojos ver/ Que al menos permanezcamos en la luz, si eso te place.

Permanecer en la luz que alumbra la palabra, y en la palabra, el pensamiento. Este es el destino de la Cultura, de la Paideia, y el destino de hombres como Camus, quien fue capaz de aliviar el sufrimiento que acarrea el drama humano a través de la luminosidad de sus escritos.

El compromiso de quien ha vivido de cerca la injusticia y el sufrimiento

La segunda cuestión viene de la mano de esta última argumentación. Durante buena parte de mi vida, la lectura continuada de la obra de Albert Camus me ha ayudado a comprender lo que supuso la plaga del totalitarismo en el siglo XX, y de la que nadie está indemne de volverla a sufrir.

Sin duda, su compromiso ético tiene sus raíces en la Europa que le tocó vivir. Un escenario convulso, en el que el legado cultural y espiritual de Occidente empezaba a desquebrajarse irremediablemente, hasta el punto que llegó a añorar ese tiempo en que se podía “disfrutar del extranjero como de algo familiar”. Pero, por desgracia, muy pronto esa maravillosa utopía se convirtió en un sueño roto, quebrado por la intolerancia de unos regímenes políticos que buscaban enaltecer a esa masa silente y homogeneizada de “superhombres” por encima del individuo, una falacia que vació al ser humano, en cuanto ser heterogéneo, de toda esencia, de toda dignidad; una amarga realidad que le hizo sufrir la soledad del apátrida, del ser errante que deambula por un mundo sin justicia posible.

Intelectuales inconformistas como Zweig, Hesse o Camus

Stefan Sweig [Imagen 5 ]
Hermann Hesse [Imagen 6]

Pero escritores como Zweig o Camus no se resignaron. Ellos son de esa raza de intelectuales que creen, con Hesse, que la libertad no puede ser cercenada por la opresión de un Estado-Poder, por muy omnímodo que este sea, de ahí que entiendan que

 

 

es inútil que los gobernantes crean que han vencido al espíritu libre por haberle sellado los labios, pues con cada hombre nace una nueva conciencia y siempre habrá alguien que recordará la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los alienables derechos del humanismo y la tolerancia.

Solo “quien en su propia alma agitada haya vivido una época donde, por la guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, haya visto amenazada su vida y, dentro de esa vida, la sustancia más preciosa que es su libertad individual, […] sabe todo el coraje, toda la honradez y decisión que se requiere para permanecer fiel a su ‘yo’ más íntimo en tales tiempos de estolidez de rebaño”.

Solo quien ha conocido la inhumanidad, la intolerancia y el fanatismo de una ideología que adormece y asesina puede llegar a escribir una verdad que “es anterior a la escritura”, pero que “un artista encuentra […] mediante la escritura” (Vargas Llosa). 

La crueldad que obliga a defender la verdad y la libertad

La crueldad de su mundo obliga a Camus a dejar atrás el “helenismo orgulloso” de su primera época (Bodas) para dar testimonio de su compromiso con el problema del sufrimiento humano:

El artista es como el dios de Delfos: No muestra ni esconde: significa.

En la “Europa de la tortura y de las prisiones”, significar es un término exigente, en el que no caben recovecos, ni subterfugios, ni menos aún acabar moralmente adormecidos por aquellas fantasmagóricas ideologías que mitifican la sinrazón, el nacionalismo, el militarismo, el colectivismo y el antisemitismo, pilares fundamentales de una concepción del mundo que trasciende de la mera ideología. Esto, y no otra cosa, fue el nacionalsocialismo.

Por esta razón, significar obliga al intelectual “a no aislarse”, a ver para poder comprender, “a estar al servicio de los que sufren”, pero, sobre todo, “al servicio de la verdad y de la libertad”, por lo que el artista “no puede acomodarse en la mentira y en la servidumbre”, máxime en un período de la Historia en el que los Estados totalitarios, como hiciera su Calígula, pretenden suprimir los derechos y las libertades para imponer un régimen de terror en el que todos, sin excepción, son culpables, incluso de los delitos que desconocen.

Todo artista está hoy embarcado en la galera de su tiempo (Camus)

Esta misma idea resuena, con mayor fuerza si cabe, en El artista y su tiempo, texto en el que se recoge la conferencia que pronunció en el gran anfiteatro de la Universidad de Upsala, con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura de 1957. En ella, el autor reconoce que

En medio de este estrépito, el escritor no puede esperar ya mantenerse apartado para continuar persiguiendo las reflexiones y las imágenes más queridas porque

Todo artista está hoy embarcado en la galera de su tiempo,

razón por la que no duda en afirmar: “Crear hoy es crear peligrosamente”, y lo es porque

Toda publicación es un acto, y este acto se expone a las pasiones de un siglo que no perdona nada,

y al no perdonar, el artista se ve obligado a luchar o a capitular, pero, en ningún caso a “prostituir impunemente las palabras”, porque

El objetivo del arte, por el contrario, no es legislar o reinar; es en primer lugar comprender,

comprender y retratar una época que, por su crueldad, no puede ser olvidada, sino fotografiada en múltiples planos, tanto como para que la memoria colectiva de la Humanidad no la olvide.

Lo vivido, permanecerá

Por fortuna, los hechos demostraron la veracidad de la confiada frase de Ihering:

ninguna cosa verdaderamente grande perece en este mundo.

Época vivida por Albert Camus
En el puerte de Dieppe (Francia), el 19 de agosto de 1942, 4.384 hombres del ejército aliado fueron muertos, heridos o capturados por los alemanes [Imagen 7]

Todo parecía derrumbarse tras el dolor y el terror sembrados por unas ideologías que les marcaron para siempre. Camus no fue la excepción. A finales de agosto de 1942, cuando el desenlace de la guerra aún era incierto, escribe en su cuaderno de notas:

Cualquier ensayo que sobre Francia se escriba dentro de muchos años, no podrá prescindir de una referencia a la época actual.

En la misma tesitura se mueven autores como Hannah Arendt, para quien los hechos acaecidos se guardan no solo para recordar un tiempo que envenenaba las vidas, los sueños y hasta el aire que se respiraba, sino como premonitoria advertencia para que las sociedades incautas, o ensoberbecidas, no incurran, de nuevo, en el mismo trágico error.

Permaneciendo escrito, se podrá rechazar cuando vuelva

El autor de Cartas a un amigo alemán no puede renegar de su tiempo. Ha escrito lo que ha vivido: la tragedia de una época, de un mundo, de una civilización y del ser humano. Ha escrito sobre unos hombres, los mejores, que sacrificaron sus vidas por un país, por un ideal, por un concepto de sociedad y de Estado. Ha escrito sobre ese tiempo

que pone fin a las guerras y hace de la paz misma un sufrimiento sin curación.

Ha escrito porque tiene la certeza, como Rieux en La peste, de que “la peste” volverá algún día, con su negra capa y su afilada guadaña, para jugar esa partida de ajedrez que, como sucede en el Séptimo sello de Bergman, si no sabemos adelantarnos a la jugada, la tendremos perdida de antemano.

Si el “hombre rebelde” no dudó de su grito, ni dejó de creer en su protesta, no seremos nosotros quienes desconfiemos de una obra que, para su autor,

“después de veinte años de trabajo y producción, sigo viviendo con la idea de que ni tan siquiera he comenzado mi obra”.

Ella nos acerca a comprender el misterio de una época, de una barbarie que por fortuna no vivimos, un período de la Historia que pretendió implantar la supeditación del individuo a una teonomía absoluta, con la única finalidad de controlar toda su vida, desde la conciencia a la fe, desde el foro interno al foro externo. Nada que no reconociera el Calígula de Camus –“querer igualarse a los dioses. No conozco locura mayor”–, o Maquiavelo en sus Discursos sobra la primera década de Tito Livio, cuando advierte de la falsa creación de dioses –de líderes– para obtener la sumisión de las conciencias.

Pensar con Camus el sentido de la barbarie

Nuestra tarea se dirigirá a desentrañar los recovecos de ese enigma al que nos encaminamos, y lo haremos tomando como punto de partida la pregunta que se formula el personaje principal de Emperador y Galileo (Ibsen):

“¿si el fundamento de la vida es la muerte, cuál es el fundamento de ésta? ¡Ese es el enigma!”.

La comprensión de esta pregunta requiere de un largo recorrido.

Nosotros lo realizaremos de la mano de un escritor que nunca se consideró un héroe, ni siquiera merecedor de particulares elogios, pero al que le rendimos un merecido tributo, porque su legado cultural, como su voz, siguen siendo, hoy en día, todo un referente moral para quienes defendemos la integridad del individuo frente a los ataques inmisericordes de cualquier régimen totalitario que busque cercenar la dignidad de las personas y los derechos fundamentales que todo hombre posee; una verdad que nos lleva a pronunciar un non possumus incondicional a la barbarie y al totalitarismo.

Tras las ruinas, renacimiento

Frente a este, nuestra respuesta nunca puede ser: ¡Tua res agitur! –¡Es asunto tuyo! –. Esta es una lucha que se habrá de librar importune opportune, a tiempo y a destiempo, porque, como escribe Albert Camus en El hombre rebelde:

En toda palabra y en todo acto, aun criminal, yace la promesa de un valor que hemos de buscar y sacar a la luz del día. No puede preverse el provenir y puede que el renacimiento sea imposible. Aunque la dialéctica histórica es falsa y criminal, el mundo, al fin y al cabo, puede realizarse en el crimen, siguiendo una idea falsa. Simplemente, esta especie de resignación es rechazada aquí: hay que apostar por el renacimiento.

Época vivida por Albert Camus
Oficiales alemanes se rinden en Paris (agosto 1944). [Imagen 8]

Al final de esta oscuridad, una luz es inevitable que ya adivinamos y de la que solo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo, todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento.

En conclusión

El espacio siempre es breve, por lo que cabe concluir, pero no sin antes reconocer que este breve estudio no tiene otro objetivo que reivindicar ese renacimiento de las ideas y del diálogo permanente entre la duda y la razón. Sobre ese diálogo sereno, pero inquebrantable, se han escrito las páginas más elevadas de la Historia de la Humanidad, las que se escribieron en la lejana Grecia de Esquilo, Sófocles y Eurípides, ante las que nos sentimos siempre irremediablemente frágiles y, a la vez, agradecidos por ese tiempo en que el pensamiento de filósofos como Sócrates, Platón o Aristóteles situaron al hombre libre en el frontispicio más elevado que se recuerde: el de la inteligencia, un espacio abierto en el que ni la sinrazón ni la violencia tienen cabida.

 

BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA

Albert Camus:

La peste, Obras completas, I, México, 1973.

Calígula, Obras completas, I, México, 1973.

Bodas, Obras completas, II, México, 1973.

El hombre rebelde, Obras completas, II, México, 1973.

Carnets, Obras completas, II, México, 1973.

Cartas a un amigo alemán, Barcelona, 2014.

Dietrich von Hildebrand, Mi lucha contra Hitler, Madrid, 2016.

Emilio Lledó Íñigo, Las palabras en su espejo, Madrid, 1994.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, III, Madrid, 1982.

Harold Bloom, El canon occidental, Barcelona, 2009.

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Barcelona, 1983.

Karl Dietrich Bracher, Controversias de historia contemporánea sobre fascismo, totalitarismo y democracia, Barcelona, 1983.

Maurice Merleau-Ponty, Humanismo y terror, Buenos Aires, 1968.

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, 2004.

Vargas Llosa, Contra viento y marea (1962-1982), Barcelona, 1983.

 

REPOSITORIO DE IMÁGENES DE ¿POR QUÉ LEEMOS CARTAS A UN AMIGO ALEMÁN DE A. CAMUS?

Imagen 1: Foto de Henri Cartier-Bresson publicada en https://elpais.com/cultura/2013/11/06/actualidad/1383734422_805585.html

Imagen 2: https://www.casadellibro.com/libro-cartas-a-un-amigo-aleman/9788483104637/1139312

Imagen 3: http://mercurio.fundacionjmlara.es/ediciones/2018/mercurio-199/entrevista-con-emilio-lledo/

Imagen 4: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/06/150611_finde_francia_soldados_olvidados_segunda_guerra_mundial_aw

Imagen 5: https://www.xlsemanal.com/conocer/20170421/stefan-zweig-exhibicionista-escritor.html

Imagen 6: https://www.zendalibros.com/5-poemas-hermann-hesse/

Imagen 7: https://www.eulixe.com/articulo/foto-del-dia/19-agosto-1942-francia-batalla-puerto-dieppe/20190819005550016209.html

Imagen 8: https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/gallery/paris-photographs

 

 

About the author

Juan Alfredo Obarrio

Licenciado en Geografía e Historia (1986) y en Derecho (1992). Catedrático  de Universidad (Derecho Romano). Entre sus libros cabe destacar: El mundo jurídico de Franz Kafka (2018) o Un estudio sobre la Antigüedad: La Apología de Sócrates (2017).

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