Empatía, sufrimiento y compasión:

perspectivas filosóficas y psicológicas

 

Compasión, empatía, sufrimiento
Niña confinada por la pandemia. Imagen 1

 

Introducción y consideraciones generales

Entre nosotros y el infierno o el cielo no existe más que la vida, que es la cosa más frágil del mundo (Pascal, Pensamientos, L. 152)

Aún sin reponernos de los efectos de los años de pandemia, en los últimos meses otros sucesos han irrumpido de un modo terrible y extraordinario. A la vivencia de una pandemia mundial se ha sumado la realidad de una guerra que puede extenderse y cuyas consecuencias serían irreparables en el caso de convertirse en la tercera guerra mundial. La situación parece propia de un escenario distópico. ¿Qué más puede ocurrir?, nos preguntamos. Vivimos en la incertidumbre.

La pandemia silenciosa

Más allá de los terribles y evidentes efectos en la salud que la pandemia ha generado en una parte importante y vulnerable de nuestra población, en especial los ancianos en las residencias, también ha producido otros efectos menos explícitos pero causantes de gran sufrimiento. Así, tanto los psicólogos clínicos y psiquiatras como la misma OMS, han venido alertando estos últimos meses sobre otro tipo de pandemia, la silenciosa, que parece estar asociada al crecimiento alarmante de los casos de ansiedad y depresión en adolescentes.

Los jóvenes se preguntan por su futuro incierto y se lamentan de los años de aislamiento que exigió la pandemia y que pasaron factura. Sienten que han perdido sus quince, dieciséis, o veinte años, pongamos por caso. No estaban preparados para ello, ¿lo estamos para este nuevo escenario de mundo en crisis? ¿El dolor fortalece o hay adversidades que debilitan el alma, como confesaba Rousseau? Efectivamente el sufrimiento puede resultar demoledor, habida cuenta de las circunstancias específicas en las que se encuentra el individuo y su entorno, su familia.

El efecto de la pandemia en las familias

La situación pandémica ha afectado de manera muy distinta a nuestros niños y adolescentes. Para algunos, ha sido un momento de reencontrarse en familia, de parar el ritmo frenético y de unirse ante la adversidad, permitiendo tolerar la angustia e incertidumbre que nos envolvía. En las consultas de salud mental, algunas familias comentaban que al fin tenían tiempo para estar con sus hijos, para pasar buenos momentos en familia a pesar de la situación de emergencia social que nos rodeaba. Este pararse a pensar, ha permitido también tomar conciencia, hacer crítica sobre el propio funcionamiento en el que nos encontrábamos inmersos: las prisas, la angustia por no llegar a todo, la exigencia que ponemos en nuestros seres queridos y la auto-exigencia hacia nosotros mismos…

Para otras familias, en situación de especial vulnerabilidad social y personal, esta situación pandémica vino a desencadenar la tormenta perfecta que rompió el frágil equilibrio emocional sobre el que funcionaban. Se dispararon los síntomas y patologías previas latentes en un momento en el que la capacidad de contención familiar y sanitaria se encontraba mermada.

Las consecuencias de efecto algo retardado que aún seguimos viendo se manifestaron en forma de síntomas de profundo malestar anímico y ansioso en niños y adolescentes, que cristalizaron de manera evidente en un aumento nunca visto de urgencias psiquiátricas por experimentar deseos de muerte con planificación estructurada. Esta situación sin precedentes ha llevado a la necesidad de abrir unidades de hospitalización psiquiátrica infanto-juveniles y dispositivos de intervención ambulatoria intensiva (hospitales de día) para poder contener lo que se ha llamado “la ola de casos de salud mental”, desencadenada por el duro confinamiento al que se sometió a los niños en nuestro país.

En jóvenes y niños

Covid y salud mental. Imagen 2

Merece una mención especial el subrayar que fueron ellos quienes estuvieron sometidos al confinamiento más duro, pasando las necesidades de los adultos e incluso la de las mascotas, por encima de las suyas. Quizá esta decisión política y sanitaria de emplear otra barra de medir hacia este sector poblacional se vio influida por la falsa creencia popular de que los niños se adaptan a todo, de que tienen una especial capacidad de adaptación ante las adversidades, de que sus heridas cicatrizan sin dejar secuela ni marca…

Sería interesante reflexionar si los niños realmente son estos superhéroes que los adultos pensamos que son o si esta expectativa de especial fortaleza tiene que ver con no querer ver aquello que más nos cuesta: el sufrimiento de los niños y nuestro lugar y responsabilidad como adultos ante el mismo. Así, no parece que de hecho hayamos avanzado desde que Rousseau advirtiera que los niños no son adultos en miniatura.

El descubrimiento de que somos seres relacionales

¿Hemos aprendido algo? Redescubrimos lo que ya sabíamos, no sólo las dificultades para sobrellevar el aislamiento y el cambio de rutinas, sino también que el ser humano es esencialmente frágil y relacional. Pascal advertía que todos nuestros males proceden de que no sabemos estar solos en una habitación, pues entonces, a solas con los propios pensamientos, se acentúa la conciencia de nuestra condición mortal y se evidencia el propio vacío. No somos meros seres racionales, sujetos pensantes que tienen un cuerpo como concluye Descartes en su sexta Meditación Metafísica. La relación con los otros nos modela y constituye; y así el aislamiento, sobre todo en los más vulnerables, pesa, apesadumbra.

En los más jóvenes, las relaciones “virtuales”, las redes sociales, entretienen y en esa medida consuelan, pero no pueden suplir la vida que alienta los encuentros personales, la relación “cara a cara”, la realidad humana en definitiva. Al tiempo, nuestra dimensión social también nos hace vulnerables a los sufrimientos padecidos por los otros. Nos conmueven y extienden la tristeza por el mundo: no somos impasibles ante las noticias de los efectos de la pandemia, los desastres o del horror de la guerra.

Instalados en la aparente seguridad y sentimiento de control que se puede experimentar en el estado de bienestar del primer mundo, olvidamos la incertidumbre radical y diaria que viven los que están en la precariedad, en la enfermedad, en los márgenes y en la indigencia, otros mundos a los que a duras penas nos asomamos en tiempos de bonanza. Así, durante la pandemia experimentamos en parte la incertidumbre y fragilidad que condena día a día y en grado sumo a los excluidos. Somos vulnerables y nuestra naturaleza es la propia de un ser relacional.

Seres necesitados y responsables de los demás

Con la pandemia vimos lo que nunca imaginamos más que en los relatos de ficción: calles desiertas, casas cerradas, sanitarios luchando sin material de protección suficiente. Experimentamos lo que nunca antes habíamos vivido: el otro, sin mascarilla, se convierte en una amenaza por el riesgo de contagio, nosotros mismos, sin la distancia adecuada, podemos serlo en contra de nuestra voluntad. Resulta la fórmula perfecta para acentuar el recelo mutuo, el temor y la sensación de peligro, pero también la importancia de la responsabilidad que se traduce en lo que aparentemente pueden ser pequeños gestos de cuidado mutuo y de autocuidado. Es la ambivalencia de la condición humana que, como el revés y el derecho de las cosas de la que hablaba Albert Camus, se manifiesta con todos sus contrastes en las situaciones ordinarias y más aún en las extraordinarias.

Si bien la modernidad subrayó la importancia de la autonomía y la libertad, la fortaleza y la autosuficiencia del ser humano, su capacidad de ser escultor de sí mismo, las crisis muestran que nos necesitamos. Nos resulta esencial compartir comunidad, mantener vínculos, tener confianza y humanidad en definitiva. Es lo que nos hace crecer individual y colectivamente, lo que nos lleva a pensar que no está todo perdido si somos capaces de reconstruir lo destruido, si aún hay lugar para la esperanza y para superar las crisis en medio de la desolación. Así parecía advertirlo Rousseau cuando señalaba que

son nuestras miserias comunes los que llevan nuestros corazones a la humanidad.

Otra amenaza: una guerra cercana

Sin haber podido cerrar por completo las heridas de la pandemia, mientras las vacunas no lleguen hasta los últimos rincones del planeta, puedan aparecer nuevas variantes, y la covid aún cueste la vida a los más vulnerables, ahora se ha sumado una nueva incertidumbre, una crisis que nos afecta a varios niveles: la guerra en nuestro continente, una invasión de Rusia contra Ucrania que no había sido prevista en nuestro pequeño mundo, aparentemente lejana a nuestras fronteras pero no lo suficiente como para no amenazar con una nueva guerra mundial que pensábamos pertenecía al pasado. De nuevo constatamos que no estamos preparados.

¿Acaso es inimaginable que un mero error táctico afecte a la integridad de un territorio de un Estado de la OTAN y que por ello se inicie la tercera guerra mundial? ¿Hasta qué punto afectará a la economía? ¿Estamos asistiendo a un momento que recuerda a lo que el escritor Stefan Zweig llamaba “momentos estelares de la humanidad”, momentos en los que el mundo cambia por completo el rumbo? ¿Es posible mantener hoy en día que los sistemas políticos-económicos y las democracias liberales no volverán atrás, lo que Fukuyama llamaba el “fin de la historia”?

Las imágenes del sufrimiento

Compasión
Un militar ucraniano abraza a su madre después ser evacuada de la ciudad de Irpin, en las afueras de Kiev. Imagen 3

Mientras tanto, a diario los medios de comunicación nos permiten asistir a las historias que ponen rostro a las tragedias, narraciones que nos enfrentan con las experiencias de barbarie, de destrucción, de pérdida, desamparo y dolor. ¿Qué sentimos ante las imágenes de destrucción y las voces y los rostros que la televisión acerca a nuestras casas, relatos múltiples que conforman un coro trágico? ¿Acaso es posible sentirse impasible? Como advertía Pascal Bruckner, en su libro sobre La tentación de la inocencia, la sobrexposición de imágenes cruentas y la visión continua de la barbarie, ¿puede llegar a anestesiarnos? El exceso de información, ¿puede llevar a la indiferencia y a la apatía y no a una mayor conciencia del sufrimiento ajeno? ¿Qué nos hace sentir y descubrir la compasión? ¿Aviva nuestra conciencia y responsabilidad?  

 En la pandemia nos conmovió el horror de la muerte en solitario, los hospitalizados aislados de familiares y amigos, al tiempo que nos admiró el valor y resistencia de los sanitarios y todos aquellos que hacían posible que los servicios mínimos funcionaran. Por este motivo, en los momentos más duros, salíamos a los balcones para dar ánimos a los equipos sanitarios que hacían lo posible por intervenir en un escenario que a nivel interno se vivía como una situación “de guerra”. Comprendíamos que la situación era dura también para aquellos que se encontraban en primera línea y empatizábamos con ellos.

Las reacciones ante el sufrimiento ajeno

Desde los equipos de salud mental, se trató de ofrecer contención especializada y ayuda a los equipos médicos y sanitarios que estaban tratando de salvar vidas con los medios y recursos que había. La realidad es que, en la primera ola, aunque en ocasiones se pidió ayuda a los equipos de salud mental, los sanitarios en general prefirieron mantenerse como podían en el “frente”, sin pararse a pensar, a hablar, y mucho menos, a sentir, ¿por qué motivo?, por la imposibilidad de detenerse: “si me paro, me derrumbo”, decían algunos.

En un escenario de guerra no hay tregua posible, no es posible parar, ni mucho menos “lamentarse”, hay que funcionar. Por supuesto, una vez que la situación de pura emergencia pasó, comenzaron a manifestarse los síntomas: el insomnio, las taquicardias, el cansancio, las rumiaciones, la labilidad emocional, los flash-backs, y otros tantos desórdenes emocionales y somáticos que se manifestaron como un modo de dar salida a la enorme presión interna vivida. Y es que a veces, esa aparente impasibilidad y falta de reactividad emocional que uno experimenta ante circunstancias adversas, es un modo de anestesiarse ante el horror y poder así seguir funcionando, ejercer las propias responsabilidades con eficacia. Los psicólogos clínicos y psiquiatras están familiarizados con ese mecanismo de funcionamiento al que llaman disociación, habitual en personas que experimentan vivencias de corte traumático.

La compasión

Son algunos de los efectos de la compasión ante las víctimas, empatía ante el sufrimiento ajeno:  la visión de una realidad dolorosa impulsa las acciones de ayuda como respuesta adecuada. Los sentimientos humanitarios impulsan la necesidad de contribuir o aliviar de algún modo el sufrimiento ajeno que nos impacta.

 ¿Qué experimentamos al compadecer? ¿Es un sentimiento simple como a primera vista pudiera parecer? Algunas definiciones y análisis de los filósofos clásicos y modernos nos ayudan a comprender las causas y efectos de la compasión.

 

Perspectiva filosófica de la compasión

Llama la atención que el sentimiento de compasión sea más complejo de lo que a primera vista pudiéramos pensar. Por supuesto, sería imposible explicarlo a quien nunca lo hubiera sentido, sería como explicar los sonidos a un sordo de nacimiento, observaba Simone Weil. La compasión está compuesta al menos de otros dos sentimientos, tristeza y temor. ¿Acaso no hemos experimentado tristeza y temor con respecto a los efectos de la pandemia y que ahora se reavivan ante las consecuencias de la invasión y guerra de Ucrania, un suceso extraordinario de un orden muy distinto? ¿Por qué nos conmueven más las tragedias que nos son contemporáneas que las que sucedieron en un pasado remoto, las que nos resultan próximas más que las lejanas en el espacio o en el tiempo? ¿Cómo entendieron los filósofos la compasión? ¿Cuáles son sus límites y sus excesos?

La compasión, que nos hace descubrir al otro y a nosotros mismos con él, alberga en un seno varios sentimientos de matriz diversa. Ya los antiguos reflexionaron sobre la compasión o piedad y la definición de Aristóteles se puede considerar canónica, pues se repite en autores posteriores con algunas variaciones. El filósofo griego se preguntaba qué es lo que sentimos cuando, espectadores de las Tragedias, contemplamos el sufrimiento ajeno.  Detengámonos un momento en su definición.

Aristóteles

Según la Retórica y la Poética, la piedad (eleos) o lo que hoy llamamos compasión es el sentimiento de tristeza y temor que experimentamos cuando contemplamos algún sufrimiento grave e inmerecido y pensamos que también nos podría ocurrir a nosotros o alguno de nuestros allegados[1].

Cosas dignas de compasión y personas inclinadas a la compasión

Aristóteles también precisa las cosas dignas de compasión, quienes están inclinados a la compasión, a quien se compadece, y las que suscitan una mayor compasión.

Personas a las que se compadece y situaciones que más provocan este sentimiento

Los autores modernos

Siglos después, encontramos definiciones similares de la compasión en aquellos autores modernos, que tratan de iluminar la lógica de las pasiones y abordan la compasión desde un contexto de secularización. Es el caso de Hobbes, Descartes, Spinoza, y Rousseau entre otros[2]. Así, para Hobbes la lástima se produce por la idea de que una calamidad similar nos puede ocurrir a nosotros mismos, razón por la que también se llama compasión (Leviatán, capítulo VI).

Descartes

Por su parte, Descartes define la compasión como

una especie de tristeza, mezclada con amor o con buena voluntad hacia aquellos a quienes vemos sufrir algún mal que no creemos que merezcan. Es contraria a la envidia por razón de su objeto, y a la burla, porque lo considera de otra manera[3].

Obsérvese que esta definición, que recoge la caracterización aristotélica tanto en la referencia al sentimiento de tristeza como a la percepción del sufrimiento ajeno, no incluye la referencia al temor. La razón es que para Descartes las almas débiles que temen en exceso que les pueda ocurrir el mal que el otro padece, son afectados por la compasión por amarse a sí mismos más que a los demás[4]. Por el contrario, la compasión o piedad en un alma fuerte y generosa, que siente amor o buena voluntad hacia los que sufren, es virtuosa y constituye “una forma de la generosidad”, la llave de todas las virtudes.  Para Descartes el objetivo es lograr un gobierno racional de las pasiones, incluida por tanto la compasión.

Spinoza

Una perspectiva racionalista similar se destaca también en Spinoza que define la conmiseración como 

la tristeza que acompaña la idea de un mal acontecido a otro que imaginamos como nuestro semejante[5].

Por un lado, observa que si alguien nos provoca conmiseración, nos esforzaremos en cuanto sea posible en librarlo de su miseria[6]. Por otra parte, cuestiona la función positiva de la compasión, en la medida en la que se asocia con el sentimiento de tristeza que disminuye nuestra capacidad de pensar y obrar. Por ello es preferible hacer el bien mediante la guía de la razón, y explica que para Spinoza 

la conmiseración, en el hombre que vive bajo la guía de la razón, es de por sí mala e inútil (Ética, IV, proposición L).

En síntesis, para los racionalistas la compasión, limitada a un mero contagio afectivo de tristeza, nos debilita y restringe la capacidad de obrar, de ahí que prefieran impulsar los afectos positivos, generosidad, fortaleza y firmeza, e iluminarlos con la guía de la razón.

Kant y Nietzsche
S. Zweig, La impaciencia del corazón. Imagen 4

Un siglo después, Kant advertirá que la compasión es un sentimiento que puede nublar nuestro juicio y que lleva a que “dos sufran por el precio de uno”, y en el XIX Nietzsche, maestro de la sospecha, para quien nuestros sentimientos pueden ocultar bajo la piel muchas cosas, advertirá de los efectos de un exceso de compasión. Compadecerse a diario de todos los males y sufrimientos del mundo nos debilita y deprime. El malestar experimentado al compadecer puede llevar ayudar a quien vemos sufrir, pero lejos de altruismo puede encubrir un modo de huir del sentimiento desagradable.

Es lo que Stefan Zweig advertía en su novela La impaciencia del corazón, también conocida como La piedad peligrosa, y en la que distinguía dos clases de piedad o compasión: La una, débil, propia del sentimentalismo, no es la más que la impaciencia del corazón por librarse cuanto antes posible de la molesta conmoción que se padece ante la desgracia ajena; eso no es auténtica compasión, sino un modo de apartar el dolor del propio espíritu. La otra, toma conciencia de lo acontecido y de la propia responsabilidad, sabe lo que quiere y está decidida a resistir, paciente y sufriente, hasta sus últimas fuerzas.

Aún con todo, tanto los críticos como los defensores de la compasión como fundamento de la moral coinciden en pensar que aquél que ocasiona gratuitamente el sufrimiento humano, es despiadado, cruel, en definitiva inhumano. También la impasibilidad o indiferencia ante el sufrimiento del otro es considerado como un nuevo agravio o forma de desprecio. Ahora bien, para los racionalistas una cosa es reconocer la compasión como una forma de lo que hoy llamaríamos empatía y otro su función para fundamentar la moral.

Los moralistas británicos

Un planteamiento distinto es el de los moralistas británicos (Hutcheson, Shaftesbury, Adam Smith), y también de Rousseau y de Schopenhauer, entre otros. Para ellos los sentimientos y la compasión pueden fundamentar la moral en la medida en la que resulta un contrapeso eficaz contra el egoísmo natural. Los moralistas británicos (Shaftesbury, Hutcheson, Adam Smith) se alejaron de la visión de Hobbes del ser humano como esencialmente egoísta por naturaleza.

Para Shaftesbury (1664-1746) el ser humano cuenta con unas afecciones naturales que nos inducen a buscar el bien particular, pero coexiste con otras que impulsan a lograr el bien público. La propia naturaleza dota de unas afecciones que velan por el bien particular y también bien de la especie. Shaftesbury es optimista y considera que un individuo, aparentemente depravado, no está desnaturalizado por completo en la medida en cuanto muestre una leve inclinación por la amabilidad, la gratitud, la generosidad o la compasión. La corrupción del sentido moral proviene y se explica por el peso de la costumbre y la educación.  

En la misma línea, Adam Smith consideraba que por muy egoísta que se suponga que es el ser humano, siempre hay algo que le hace interesarse por la suerte de los demás. La simpatía, lo que hoy denominamos empatía, permite ponerse en la situación del otro, imaginar lo que uno mismo sentiría en tales circunstancias. Ello no significa que pueda sentir lo que le sucede al otro con la misma viveza.  Restringir los impulsos egoístas e impulsar los benevolentes es lo que constituye la perfección de la naturaleza humana; sin embargo así como la justicia es de obligado cumplimiento, la práctica de la beneficencia es fruto de una libre elección.

Rousseau

Por su parte, Rousseau distingue dos tendencias naturales en el ser humano: lo que llama “amor de sí”, que nos impulsa a buscar aquello que favorece nuestra conservación, y el sentimiento de piedad que nos hace sensibles al sufrimiento ajeno, y atempera el amor de sí. El egoísmo surge cuando este equilibrio se rompe, y el amor de sí se convierte en “amor propio” y acalla la máxima de moral natural: “hay tu bien, con el menor mal posible a otro”. Además, observa Rousseau, cuando observamos que alguien provoca injustamente dolor a otro, sentimos una indignación que nos impulsa a ponernos del lado de la víctima, y nos activa y nos lleva a auxiliarla. 

Schopenhauer

En resumen, para Rousseau y Schopenhauer la compasión “descentra”, en el sentido de que el individuo deja de considerarse el centro de todo, se siente concernido por la suerte del otro y reacciona ante el sufrimiento ajeno.  Al empatizar con el otro, en un cierto grado se suprime la distancia que se establece entre uno mismo y el otro, que deja de sentirse como lejano y se convierte en próximo, prójimo. De este modo, contrapesa el egoísmo natural y orienta la conducta en un doble nivel: frenando el mal que se puede infligir a otro (función en ese sentido negativa, indicará Schopenhauer), y en un paso más, impulsando la ayuda o el modo de contribuir al bien del otro (función positiva que convierte la benevolencia en beneficencia, en el sentido literal de los términos).

Schopenhauer llamó al primer nivel “justicia” y caridad al segundo. Una vez que me sitúo al lado de la víctima, salvada la distancia que me hace ver al otro un extraño y no alguien próximo, la compasión llama a la responsabilidad y al compromiso, de ahí que sea considerada como el origen de los sentimientos humanitarios. Bien es verdad que en ocasiones, hay desgracias que no podemos combatir tan solo acompañar, condolerse en el sentido literal del término. Tampoco podemos imaginar por completo el sufrimiento del otro, una vivencia de interioridad que le pertenece en su singularidad.

Conclusión: la compasión impulsa del plano afectivo al ético

En definitiva, la compasión impulsa a transitar del plano afectivo al ético. Y en ese momento se advierte la complementariedad del sentimiento y la razón, pues para auxiliar se necesita discernir y actuar sobre las condiciones materiales y estructurales que han podido incidir en la desgracia, también deliberar y diseñar estrategias. El ideal humano no es un ser escindido entre su dimensión racional y la emocional. El discernimiento y el análisis racional es preciso no sólo para evaluar la gravedad de los daños y adecuar los medios a los fines propuestos, sino también los males que sólo podemos acompañar de los que requieren una intervención por nuestra parte.

Compasión
Compasión. Imagen 5

 

Perspectivas psicológicas: empatía y compasión

Empatía, simpatía y compasión

Desde una perspectiva psicológica, pensar en la compasión conlleva inevitablemente pensar en la empatía. La empatía es aquella emoción que nos permite comprender y conectar con la situación y emoción del otro, tanto a nivel cognitivo como emocional. Sin ella, no es posible vincularse de manera auténtica con los otros ni establecer un marco de auténtica ayuda.

Algunos autores han subrayado la necesidad de diferenciar la empatía y la simpatía. La simpatía es una emoción que implicaría una fusión afectiva con el estado emocional del otro sin que necesariamente, exista un entendimiento real de su situación. Así, la simpatía suele conllevar la experimentación de sentimientos de ansiedad y malestar emocional, a lo que algunos autores han llamado angustia empática. La compasión, sin embargo, implicaría, además de la comprensión y sintonización afectiva con el sufrimiento ajeno, una movilización activa de ayuda hacia el otro (Stevens & Taber, 2021; Strauss et al., 2016). Tanto la empatía como la compasión son cualidades esenciales en el trabajo psicológico, pero con un matiz y un grado diferentes.

Empatía y compasión en las profesiones sanitarias

En el tratamiento psicológico, se considera un aspecto nuclear en el psicoterapeuta que tenga una sensibilidad y capacidad empática hacia los pacientes (Rogers, 1961); sin embargo, es conveniente regular una actitud excesivamente compasiva. Un exceso de compasión podría llevar a resolver de manera precipitada aspectos y dificultades que le corresponden resolver al paciente, más por tratar de minimizar el propio sentimiento de malestar y angustia que genera un exceso de compasión hacia el otro, que porque sea lo recomendable a nivel terapéutico (Bellosta-Batalla et al., 2019; Klimecki & Singer, 2012). Es aquello de lo que alertaba desde otro contexto la cita de Stefan Zweig sobre la compasión que actúa para aliviar el sentimiento de malestar que uno mismo padece. Nietzsche también criticaba a la compasión como expresión de la propia debilidad.

Ya en el siglo XIX, el psicoanálisis subrayaba la importancia de permanecer vigilante ante las propias emociones que guían al psicoterapeuta durante la terapia con la finalidad de poder identificarlas, regularlas, y no dejar que guíen de manera irreflexiva la práctica terapéutica (Sánchez, 2013).

Para poder ayudar de manera sana es sumamente importante que se establezca una separación entre nuestras emociones y las del paciente y no dejarse invadir ni por sus emociones, ni por sus proyecciones, ni por lo terrible de sus circunstancias. Si un cirujano se viera invadido por la angustia y el dolor de su paciente, posiblemente le sería difícil mantener un pensamiento claro para la toma de decisiones respecto a su tratamiento e incluso para poder realizar la cirugía. Por este motivo, a fin de poder realizar un auténtico acompañamiento terapéutico al paciente que contribuya a disminuir su sufrimiento, se hace necesario mantener una cierta distancia emocional con él y evitar el contagio afectivo.

 

Reflexiones finales

Martha Nussbaum. Imagen 5

Martha Nussbaum señala que la compasión se sitúa a medio camino entre una virtud espontánea e individual y una actitud canalizada por las instituciones. La compasión, solidaridad en el mal, puede incitar una ayuda reparadora que despierte lo mejor de cada uno y sea creadora de un sentido, experiencia que se comprueba cuando se producen las grandes tragedias o las catástrofes, por más que algunos también traten de sacar provecho de ello.  Esa es la compasión paciente, decidida a resistir, y centrada en lo que puede resultar mejor para el que sufre.

Más allá de su valor instrumental, contrapeso del egoísmo, la compasión tiene un valor en sí misma considerada, como advierte Aurelio Arteta. Implica ponerse en la situación del otro, hábito saludable y esencial en las relaciones humanas. Es una emoción empática que promueve el acercamiento más que el enfrentamiento, la unión más que la división, pues si el bien común es cosa de todos, la desgracia extrema también lo es. En nuestros días, despojada de connotaciones religiosas, la compasión expresa la sensibilidad por el sufrimiento ajeno, amplía nuestra visión de la realidad y arraiga nuestros compromisos éticos, respondiendo con acciones solidarias al dolor de las víctimas.  Frente al consabido enfrentamiento del sentimiento y la razón, del emotivismo ciego y el racionalismo extremo, nos orienta hacia una inteligencia cordial y un corazón inteligente.

Jeremy Rifkin nos habla de la “civilización empática” y considera que la conciencia empática es esencial para crear un futuro en el que el mundo merezca la pena. Un mundo despiadado, deshumanizado, sería lo más próximo a un infierno en el que, como Dante advertía, se deja atrás toda esperanza.

 

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BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles, (1990) Retórica, traducción de A. Tovar, Madrid, Instituto de Estudios Políticos

Aristóteles, (1987) Poética, Traducción de J. Alsina, Barcelona, Icaria

Arteta, A., (1996), Apología de una virtud bajo sospecha, Barcelona, Paidós

Bellosta-Batalla, M., Garrote Caparrós, E., Pérez-Blasco, J., Moya-Albiol, L., & Cebolla, A. (2019). Mindfulness, empatía y compasión: Evolución de la empatía a la compasión en el ámbito sanitario.

Bruckner, P., (1996), La tentación de la inocencia, Barcelona, Anagrama

Descartes, R. (2006), Las pasiones del alma, edición de J. A. Martínez, Madrid, Tecnos

Díaz del Rey, M., Esteve Martín, A., Peris Cancio, J.A., Sanchis Matoses, P. (eds.), 2016, Reflexiones filosóficas sobre compasión y Misericordia, Universidad Católica de Valencia

Klimecki O, Singer T. “Empathic distress fatigue rather than compassion fatigue? Integrating findings from empathy research in psychology and social neuroscience”. En: Oakley B, Knafo A, Madhavan G, Wilson DS, editores. Pathological altruism. New York (NY): Oxford University Press; 2012. p. 368-383.

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NOTAS

[1] Aristóteles,  Retórica, 1385b11-16, Poética, 1453

[2] A lo largo de la modernidad, la compasión va a pasar de referirse exclusivamente a aquel que sufre inmerecidamente o injustamente (definición de Aristóteles y Descartes), a considerar empáticamente su desdicha sin entrar en valorar si es justificada o no, planteamiento que se aprecia en los moralistas británicos, en Rousseau y en Schopenhauer.

[3] Descartes, Las pasiones del alma, art. 186

[4] Observaciones en este punto similares serán recogidas por Spinoza y siglos después por Nietzsche, el crítico más feroz de la compasión.

[5] Ética, III, Definición de las afecciones, XVIII

[6] Ética, III, Corolario III, proposición XXVII. Dicho de otro modo, la benevolencia, voluntad de hacer bien, nace de nuestra conmiseración

About the author

Alicia Villar Ezcurra
Catedrática de Filosofía at | Website

Alicia Villar Ezcurra es doctora en filosofía por la universidad Complutense de Madrid y catedrática de filosofía moderna en la universidad Pontificia de Comillas (Madrid).

María Serrano Villar
Psicóloga clínica infanto juvenil at | Website

Doctora en Psicología clínica. Trabaja como Psicóloga clínica infanto juvenil, en el Hospital de Getafe de Madrid

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