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Conflicto y Poder en las Democracias Contemporáneas, M. López Cambronero

 

 

Autor de Conflicto y Poder en las democracias contemporáneas

Marcelo López Cambronero, Director del Instituto de Filosofía Edith Stein (Granada)

Conflicto y Poder en las

Democracias Contemporáneas

 

 

 

 

 

Introducción

Las estructuras políticas evolucionan en el tiempo, tal y como lo hacen las sociedades que las acogen, y hacen que los esquemas teóricos que nos servían para interpretarlas y comprenderlas puedan quedar desfasados. También sucede así con las democracias, y no pocas veces detrás de los juicios que subrayan la decadencia del modelo democrático contemporáneo descubrimos, en realidad, ciertas insuficiencias en los conceptos y análisis.

Es posible que hoy nos encontremos en una situación semejante, porque todavía tendemos a explicar los acontecimientos políticos aplicando criterios que nacieron y estuvieron vigentes después de la II Guerra Mundial. Las sociedades democráticas, además, se han transformado en las últimas décadas a una velocidad asombrosa, y han aparecido novedades de gran importancia, como organismos internacionales que asumen parte de la soberanía estatal, multinacionales globalizadas, el auge de la economía especulativa o la explosión de Internet.

1.- Conflicto y Democracia

¿Por qué tiene éxito la democracia en el siglo XIX?

Un régimen político es un modelo de gestión de los conflictos y de reparto del poder. Si queremos entender las diferencias entre unos regímenes y otros no bastará con saber cuántas personas llevan el timón del país o cuáles son los intereses que las han encumbrado, sino sobre todo cuáles son las estrategias que utilizan para afrontar estos dos problemas. Podríamos realizar una clasificación entre los sistemas políticos, al estilo de los tratados clásicos, atendiendo a tres criterios:

  1. la dirección en la que fluye el poder dentro de la sociedad;
  2. las barreras que se establecen, a modo de esclusas, para que el poder se acumule en ciertas áreas o grupos de personas evitando que se dirija hacia otras y;
  3. cuáles son las personas o instituciones que tienen como misión principal la resolución de los conflictos y qué criterios les sirven de base.

No es el momento de realizar ese trabajo, porque previamente tenemos que llegar a comprender cuáles son los elementos que destaca este análisis y cómo interactúan entre ellos, y para conseguirlo nos servirá como ejemplo la democracia. ¿Cómo entiende la democracia el conflicto y de qué manera reparte el poder en el interior de las sociedades?

El éxito de la democracia y su expansión incesante a partir del siglo XIX se debe sin duda a una pluralidad de factores, pero nos gustaría destacar uno en particular que es de la máxima importancia: la convicción de que el conflicto es inherente a las sociedades humanas y de que no es posible extirparlo, sino solo administrarlo. La democracia moderna nace para responder a la siguiente pregunta: ¿cómo podemos gestionar el conflicto social consiguiendo que el poder fluya desde y hacia el pueblo y sin que este, el pueblo, tengo que gobernar directamente?

La democracia florece donde es gestionable el conflicto

Socialist Paradise 10th year

En primer lugar tenemos que entender que no es posible que la democracia florezca allí donde no se reconoce este carácter inevitable del conflicto o, por decirlo de otra manera, donde se pretenden imponer proyectos que lo disuelvan o eliminen.

El socialismo utópico, el anarquismo o el marxismo teórico propusieron la creación de formas de vida social de gran alcance –naciones enteras e incluso el mundo en su totalidad- y que fuesen ajenas al conflicto. Desde el primer momento, y más cuando se llevaron estas ideas a la práctica, se pudo ver que eran incompatibles con la democracia, porque la pretensión de eliminar el conflicto pronto se concreta en callar al disidente, al conflictivo, y finalmente se recurre al uso de la violencia y a otros mecanismos propios de los regímenes autoritarios.

Conflicto y democracia

Así termina el plan

La vida humana como competición o carrera

No nos debe sorprender, por tanto, que los teóricos clásicos de la democracia iniciaran sus reflexiones imaginando “estados de naturaleza” previos a la formación de la sociedad, porque estas hipótesis les servían para explicar bien cómo surgió el conflicto (si es que no lo había ya antes de que se formalizara la vida en comunidad) o bien cómo los modelos políticos intentan gestionarlo.

Tal vez fue Hobbes quien presentó este problema de una manera más directa, y lo hizo en sus trabajos antropológicos y políticos. Nos referimos a un texto con un título tan significativo como Human Nature, or the Fundamental Elements of Policie, publicado en 1650 (antes de que entregara a la imprenta su Leviathan) y sin su consentimiento.

Para Hobbes, considerado uno de los padres del liberalismo, el hombre es ante todo un nudo de pasiones que se dirigen hacia la obtención de ciertos bienes. Entre ellas también se encuentra una muy poderosa y con una función particular, que es el miedo a que nos arrebaten lo que ya poseemos, incluida la vida.

El Estado se servirá del miedo para moderar nuestra ansiedad por conseguir todo aquello que deseemos, pero antes de que el Estado aparezca Hobbes fantasea con la existencia de un espacio social en el que no existan ni el miedo ni ninguna otra traba para el despliegue de nuestra naturaleza apasionada. En ese espacio abstracto, matemático, en el que existe una total libertad de movimientos, todos los seres humanos participan en una competición, concretamente en una carrera cuyo objetivo es alcanzar todo lo que se anhela y, también, hacerse con los recursos que permiten asegurar la tranquila posesión y goce de lo que ya se ha conseguido. La vida no tendrá, para Hobbes, ninguna otra finalidad que esta: correr, alcanzar lo que se desea, apropiárselo.

La competición por el poder

En esta carrera, como hemos dicho, no hay obstáculos más allá de los propios de la competición, y que derivan de que los bienes a concurso son limitados. Esto significa, claro está, que todos no pueden alcanzar todos los bienes, o no en el mismo grado, de manera que la victoria de unos conlleva necesariamente la derrota de otros.

En esta competición el poder consistirá por un lado en la capacidad para lograr lo que se desea y asegurar lo que ya se posee y, por otro, en la adquisición de ventajas que nos permitan superar a los demás cada vez con más facilidad. Y superar a los demás es muy importante para el ser humano, piensa Hobbes, que definirá la felicidad como “sobrepasar continuamente a quienes te preceden”. Tener poder es, dicho de manera sencilla, conseguir más que los demás y alcanzar una posición de privilegio que haga más fácil seguir siempre por delante.

Si rastreamos en las revueltas de los colonos americanos en contra de la metrópoli británica o en las actitudes del Tercer Estado durante la Revolución Francesa nos vamos a encontrar con esta noción de poder. La democracia moderna nació para transformar un reparto inadecuado del poder que había llegado a aportar tantas ventajas a los grupos dominantes que la competición ya no se podía considerar justa, sino plagada de un sinnúmero de abusos inaceptables.

2.- La teoría de la “suma 0”

La democracia basada en el equilibrio de poder

Una vez que los conflictos revolucionarios y sus guerras sucesivas dieron paso a un período de calma, se elaboró en la teoría y en la práctica una concepción de la democracia basada en el equilibrio de poder. Las experiencias del dominio colonial y del Terror revolucionario habían hecho evidente que el poder es, lo tenga quien lo tenga, implacable, y debe ser controlado.

El único contrapeso efectivo de un poder es otro poder similar, así que había que construir una serie de estructuras en las que unos poderes fueran vigilados por otros y que, al mismo tiempo, sirvieran para conseguir que los intereses sociales en disputa encontraran caminos adecuados para su satisfacción. Se tomó conciencia de la importancia de la oposición política, del control al gobierno, del sistema judicial independiente y jerarquizado, de los medios de comunicación y del Estado como fuerza económica, además de militar.

El cambio de las democracias occidentales del siglo XX

Conflicto y poder en las democracias contemporáneas

Charles W. Mills

Conflicto y poder en las democracias contemporáneas

Ch. W. Mills, The Power Elite

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin embargo, en 1956 el sociólogo americano Charles Wright Mills publicó The Power Elite para explicar que esta noción de “equilibrio de poder” se había revelado insuficiente para comprender las democracias que salían de la guerra, y en especial los Estados Unidos. Sus reflexiones nos recuerdan en muchos momentos a las que desarrolló Klaus von Beyme en su descripción de las sociedades europeas de finales del siglo XX como «Estados de partidos» dirigidos por una élite dominante.

Según ambos autores, las élites de los distintos grupos de poder, que debían valer como contrapesos las unas de las otras, habían terminado por fusionarse. El ejecutivo había tomado el control del legislativo y este del poder judicial, y todos ellos estaban cada vez más y mejor relacionados con los sectores económicos influyentes. Como resultado, se había creado una élite menos numerosa y con mucho poder, llegando a diluirse los otros contrapesos y las capas intermedias de la sociedad. Durante décadas hubo cierto acuerdo generalizado en que esta descripción se acercaba mucho a la realidad, y se señaló a esta élite como el mayor peligro que tendrían que afrontar las democracias en el futuro.

Talcott Parsons fue el primero en darse cuenta de que la posición que adoptaron los revolucionarios frente al Antiguo Régimen (devolver la soberanía al pueblo), la concepción del “equilibrio de poder” y la nueva percepción que subrayaba el problema de las élites eran tres miradas que coincidían en una misma concepción de los flujos de poder, y que dicha concepción ya no servía como base para comprender las democracias occidentales.

La crisis de la democracia y la teoría de la suma O

Klaus von Beyme

Mills, Hobbes y, diríamos, todos los pensadores democráticos, tanto liberales como socialdemócratas, han concebido siempre el poder como un bien escaso cuya “cantidad” dentro de una sociedad se mantiene estable. Si es así no resulta difícil imaginar lo que sucede cuando un individuo o un colectivo se hace con más y más poder: que lo pierden los demás. Si, como dicen Mills y Klaus von Beyme, las élites políticas, militares y económicas se han fundido en un solo grupo capaz de acumular una gran cantidad de poder, es evidente que alguien a la misma vez lo está perdiendo, y ese alguien es el pueblo. La conclusión es que la soberanía popular está siendo usurpada y la democracia ha entrado en una crisis de tal calibre que se podría afirmar que ha sido ya sustituida por un nuevo modelo político, el «Estado de partidos».

A esta manera de pensar el poder Parsons lo denominó “teoría de suma 0”, porque afirma que sea cual sea el reparto de poder que se dé en un sistema social en un momento dado la cantidad total se mantendrá siempre estable.

La “teoría de suma 0” tiene la ventaja de poner en evidencia el peligro que subyace a toda acumulación excesiva del poder, pero no es capaz de explicar la realidad de nuestras sociedades en un entorno de crecimiento tecnológico y de globalización.

3.- El poder se expande

La revisión de la teoría de la suma O

Talcott Parsons

Parsons presentó una extensa recensión sobre The Power Elite solo unos meses después de que el libro viese la luz, y en ella propuso romper con el análisis de “suma 0” para pasar a entender el poder como un fenómeno que tiene la capacidad de expandirse y de contraerse en el interior de un sistema social, sobre todo si este no está cerrado en sí mismo sino abierto a la relación con otras sociedades.

Para explicar qué es lo que quería decir utilizó el ejemplo de la riqueza. Si entendemos la riqueza como un conjunto de bienes repartidos entre los ciudadanos de un país –para simplificar podríamos pensar en la cantidad de monedas acuñadas y en circulación- nos puede parecer que hablamos de una cantidad limitada que cumple las características de la “teoría de la suma 0”: si alguien consigue más monedas es porque se hace de alguna manera con las de otro, que tendrá ahora menos, pero el sistema en su conjunto mantiene la misma cantidad. Sin embargo, nos resulta obvio que esta es una explicación demasiado simplista, porque la riqueza tiene la propiedad de expandirse o contraerse como sucedió, por ejemplo, con el paso de las sociedades agrícolas a las industriales.

Pues bien: el poder en una sociedad puede expandirse o contraerse de manera similar.

La expansión del poder social

¿Qué queremos decir al afirmar que el poder social “se expande”? Sobre todo nos referimos a que la sociedad logra un estado tal que le parece posible alcanzar metas que eran imposibles en una situación anterior y que los individuos por sí solos o en sus agrupaciones espontáneas no llegarían ni siquiera a soñar. Podemos pensar en numerosos ejemplos: llevar a un hombre hasta Marte, dominar la carrera tecnológica, conseguir influencia cultural en todo el mundo, crear un sistema educativo universal, gratuito y competente, etc.

Pero la expansión del poder también llega, o puede llegar, a los individuos cuando reciben parte de los beneficios que la sociedad ha alcanzado a través de algún sistema de reparto. ¿Cómo diríamos que los ciudadanos tienen más poder? Porque tienen más capacidad para alcanzar la satisfacción de sus deseos, sean los que sean, y pueden aspirar a objetivos que antes estaban claramente fuera de su alcance. Sencillamente pueden adquirir lo que antes no podían, viajar más y disfrutar de un mayor rango de experiencias. También gozan de más oportunidades y capacidades para el ascenso social e incluso podrían tener influencia cultural y política.

Un ejemplo: la mejora del sistema sanitario

Un país puede plantearse como propósito colectivo, por ejemplo, elevar la esperanza de vida de los ciudadanos. Para conseguirlo tiene que llevar a cabo una serie de acciones y de inversiones que requieren mucho capital, como construir una red de hospitales equipados con los últimos avances, dotarlos de material e instrumental suficiente, de personal sanitario, de gestión y de investigación bien formado, etc.

Algo así exige que ciertas instituciones, como podría ser el Ministerio de Sanidad, tengan a su disposición no solo una gran cantidad de dinero, sino también de poder, es decir, de las capacidades necesarias para alcanzar una meta tan ambiciosa. Hacen falta conocimientos y capacidades relacionadas con la arquitectura, con el urbanismo, con los sistemas de gestión interna de organizaciones complejas, hace falta tecnología, conocimientos, todo tipo de servicios… Solo para empezar es preciso contar con un sistema educativo capaz de desarrollar profesionales competentes, pero también con centros de salud bien distribuidos por todo el territorio, estrategias de formación y concienciación de los ciudadanos, y muchas otras cosas.

Un sistema nacional de salud eficiente exige una enorme acumulación de poder y, sin embargo, los ciudadanos de las democracias occidentales están perfectamente dispuestos a permitirlo porque solo así podrán tener éxito al abordar un reto tan gigantesco.

¿Tendría esto sentido si el poder obedeciese a la teoría de la suma 0? Sin embargo, las democracias contemporáneas no solo favorecen que el poder se concentre en determinados ámbitos, sino que desarrollan complejos mecanismos que ayudan a que fluya en esa dirección de manera constante y suficiente.

Otros ejemplos

Y las instituciones hacia las que se dirigen esos flujos no son solo las que forman parte del Estado.  A las sociedades también les puede convenir que ciertos individuos o grupos acumulen poder porque eso les permitirá asumir retos mayores que después redundarán en ciertos beneficios para la colectividad. Así sucede, por ejemplo, con la creación de industrias de gran tamaño que alcancen economías de escala, o con el desarrollo de empresas de éxito o multinacionales, e incluso para llegar a intangibles que las sociedades también desean, como aumentar su influencia cultural o disfrutar del orgullo de pertenecer a un país por los éxitos que logran sus nacionales. Estos éxitos pueden ser desde conseguir grandes contratos internacionales (como el tren de alta velocidad desde Medina a La Meca) a las “glorias” deportivas. No olvidemos que tras los éxitos en el deporte también existen inversiones, programas de acción, instalaciones, etc., es decir, poder.

La democracia moderna no busca la igualdad estricta

Estos ejemplos bastan para que nos demos cuenta de que la democracia moderna no gestiona el poder buscando la igualdad estricta. Por un lado porque buena parte de la ideología política que pretende esta igualdad mantiene esta aspiración bajo el supuesto de que así eliminará el conflicto social (ya hablamos sobre esto) y, por otro, porque solo acumulando poder, es decir, generando desigualdad intencionadamente, se alcanzan objetivos como los que hemos señalado. Los sistemas igualitarios intentan superar este problema eliminando cualquier concurrencia en la acumulación del poder que impida el monopolio estatal. De esta manera crean grandes estructuras estatales asumiendo, como contrapartida, que la mayor parte del poder no fluya hacia el pueblo, lo que significa no solo una menor participación política sino en general menos poder, que en este caso se concreta en el déficit de libertades y en la pobreza.

Las democracias occidentales, conscientes de que el conflicto es inextirpable, tienen que establecer sistemas de control que orienten y supervisen los flujos de poder y su acumulación para que se mantengan al servicio de la comunidad y, mientras, deben asegurarse de que los beneficios que se obtienen llegan a todos los ciudadanos atendiendo a dos criterios: la necesidad y la contribución que se haya realizado para la consecución de las metas sociales.

4.- El poder en las democracias

Democracia y éxito económico

Durante muchos años los indicadores internacionales han señalado que entre los factores que explicaban el éxito económico de un país se encontraba un sistema democrático. Al menos hasta los años 90 parecía indiscutible que los países más prósperos y poderosos estaban regidos por gobiernos democráticos.

Es cierto que otras naciones, con otras tradiciones políticas, competían con las democracias utilizando medios diferentes para manifestar su poder (como la fuerza militar, o casi mejor la nuclear), pero parecía claro que era cuestión de tiempo que esos mismos países entraran en una fase de contracción económica y en una crisis interna. Se esperaba que sucediera así por la ineficacia tanto de su modelo económico como de sus mecanismos de reparto de los beneficios. El poder se hacinaba en organigramas gigantescos y poco competentes, mientras que los ciudadanos apenas disfrutaban de él en su vida cotidiana. La caída del bloque comunista pareció confirmar estas expectativas.

El caso de China

Sin embargo, los sucesos históricos no se apoyan en leyes tan sólidas como las de la naturaleza, sino que dependen en buena medida de la libertad y de la creatividad de los hombres, y son sobremanera contingentes.

Conflicto y poder en las democracias contemporáneas

Chinese Contemporary Propaganda

Hoy vemos cómo hay países con regímenes autoritarios, como es el caso de China, que mantienen tasas de crecimiento sostenido que están por encima de las que consiguen las democracias consolidadas y, a la vez, mantienen una influencia cultural y política en aumento, contribuyen a la mejora de la tecnología, a la investigación en muy distintas áreas e incluso a la exploración espacial. China está consiguiendo que el poder de su sociedad se expanda, pero también que haya un reparto de los beneficios entre sus habitantes: aumenta su calidad de vida, sus posibilidades de consumo, de disfrute del ocio y, en definitiva y por decirlo así, la satisfacción de sus pasiones. Muchos chinos se sienten orgullosos y “empoderados” y, sin embargo, apenas tienen una ínfima influencia en la dirección del país y son represaliados con firmeza si muestran actitudes disidentes.

El caso de China

GDP 2018

¿Por qué la democracia es el mejor sistema político?

¿Qué es, entonces, lo que nos hace pensar que la democracia es el mejor sistema político entre los muchos posibles? Ya no podemos decir que los países democráticos tengan la exclusiva de la expansión del poder social, e incluso hay que admitir que han perdido buena parte de la flexibilidad y de la capacidad de respuesta a la hora de orientar los flujos de poder para reaccionar con eficacia ante los nuevos retos.

Es un lugar común responder a esta pregunta diciendo que la democracia es el “gobierno del pueblo” y que es el único modelo político que respeta la soberanía popular. Se podrían presentar muchas matizaciones ante esta afirmación, todas basados en hechos.

Si atendemos a la realidad nos daremos cuenta de que una de las características más importantes de nuestras democracias es precisamente que el pueblo no gobierna pero, sobre todo, que es un sistema diseñado cuidadosamente para que pueda permitirse no hacerlo sin que por ello vea amenazados sus derechos y libertades fundamentales y sin dejar de exigir que el reparto de los beneficios del poder social se haga de manera adecuada. Dicho reparto, además, se ha de realizar atendiendo al principio de respeto, es decir, no perjudicando a nadie por su raza, religión, orientación sexual, etc., ni por su posición respecto a la búsqueda de la felicidad o del bien.

La democracia también se sigue esforzando para que ningún grupo social acumule poder de manera injustificada, o en tal magnitud que ponga en peligro a la propia comunidad. El poder sigue siendo un fenómeno peligroso que amenaza con provocar desequilibrios y corruptelas que impidan o dificulten el desarrollo de las sociedades. Para evitarlo se precisan, como vimos, instrumentos de control y procedimientos tasados y preestablecidos para su ejercicio, a la vez que estrategias de redistribución del poder.

En conclusión

En conclusión, para comprender y administrar las democracias modernas, y también para entender las dinámicas de los partidos y de otros grupos influyentes, es preciso analizar los flujos de poder y su difusión social, así como potenciar aquellas acumulaciones del mismo que cumplan la doble función de contribuir al logro de los objetivos comunes y de favorecer el reparto adecuado de los beneficios “de retorno”, teniendo siempre presente la necesidad de gestionar el conflicto, equilibrar los poderes y respetar a las personas y a sus derechos y libertades fundamentales.

 

 BIBLIOGRAFIA

Anthony Giddens, Politics, sociology and social theory. Encounters with classical and contemporary social thought. Polity Press, Cambridge, 1995. (Edición española: Política, sociología y teoría social. Reflexiones sobre el pensamiento social clásico y contemporáneo. Paidós, Barcelona, 1997).

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David Riesman y otros, The Lonely Crowd. Yale University Press, 1950. (Edición española: La muchedumbre solitaria. Paidós, Barcelona, 1981).

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François-Xavier Bellamy, Demeure. Grasset, Paris, 2018. (Edición española: Permanecer. Encuentro, Madrid, 2020).

Klaus von Beyme, Die politische Klasse im Parteienstaat. Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1993. (Edición española: La clase política en el Estado de Partidos. Alianza, Madrid, 1995).

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Thomas Hobbes, Elements of Law, Natural and Politic, 1650. (Edición española: Elementos de Derecho Natural y Político. Alianza, Madrid, 2005).

Uta Gerhardt, The social thought of Talcott Parsons: Methodology and American ethos. Ashgate, Farnahm, 2011.

 

NOTA DEL EDITOR: se agradece al autor, Marcelo López Cambronero, que haya facilitado con el texto las imágenes para ilustrar su artículo.

About the author

Marcelo López Cambronero

Director del Instituto de Filosofía Edith Stein

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