Educar en la belleza: una vocación irrenunciable

 

Introducción: el perenne valor de la belleza

Publicaciones actuales sobre la belleza
P. Alzola(2025). La aventura de la belleza.

Hoy, en círculos académicos y científicos, parece que vuelve a hablarse, a reflexionarse con pujanza acerca de la belleza[1]. En medio de la proliferación de estudios sobre este asunto, también quien esto escribe reconoce haber investigado sobre lo bello en diversas obras -por ejemplo, en Vivir en la belleza: ensayo para un reencuentro contemporáneo con lo bello[2].

En algunos de los textos aludidos, como sucede en los de otros expertos contemporáneos, se reivindica el lazo inextricable entre la belleza y la felicidad humana, o bien se ahonda en que no hay más profunda belleza que la del interior de la persona, incluso se explora el valor de la belleza y del Arte de cara al trabajo, las organizaciones y para la excelencia en general, como también se examina la presencia de la belleza en realizaciones artísticas concretas -literarias, pictóricas, etc.-, y hasta se reconoce la conexión entre lo transcendente o Dios y la belleza[3].

Sin embargo, la belleza no representa solo “un tema” sugerente, al que se atienda más o menos en determinados ámbitos y momentos de acuerdo con la oportunidad. Ella constituye un anhelo connatural y espontáneo del ser humano; de modo que todos tenemos sed y hambre de belleza. Lo bello puede estar en mayor o menor medida presente en el Arte o la cultura de nuestro tiempo, mas su simple vigencia científica, académica o incluso social no es la que hace que la belleza constituya una realidad perenne, siempre actual y de una enorme fertilidad.

Una aproximación filosófica a la belleza

Por otro lado cabe, al ocuparse de la belleza, el realizar una aproximación filosófica que se oriente fenomenológicamente y examine manifestaciones concretas de esta a partir de experiencias o vivencias estéticas personales; o bien, ahondar en la noción y teoría de lo bello hasta distinguirla de otras nociones cercanas y precisar su lugar entre las diversas categorías estéticas, como hicieron Platón, san Agustín, santo Tomás, san Buenaventura, Kant, Hegel, o más recientemente Tatarkiewiez[4]; también, existe la posibilidad de recorrer la senda de la metafísica respecto de la belleza y profundizar en ella como un transcendental que converge con el bien, el ser, la verdad y la unidad; incluso, se frecuenta con fruto la belleza como camino espiritual, de un sentido teológico y religioso, en cuanto encarna  la “via pulchritudinis” hacia Dios[5] (Balthasar la exploró a este tenor de un modo renovado[6]).

En el último sentido mencionado, no hace mucho asistí a una conferencia en la que se cuestionaba la célebre afirmación de Dostoievsky de que “la belleza salvará al mundo”, y se postulaba que hay entes bellos que más bien parecen apartarnos de esa posibilidad a causa de sus efectos en nosotros o de su propia condición ambivalente. Sin embargo, aquí, se subscribe esta esperanzadora afirmación como verdadera ya que, con Benedicto XVI y muchos otros pensadores de todos los tiempos, se estima que lo bueno es bello y lo bello bueno en un alcance profundo, tal como Juan Pablo II expresó en su carta en torno a la vocación artística[7]. De hecho, este autor encabezó su meditación con una elocuente dedicatoria:

A los artistas. A los que con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías» de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística.

 

Educar en la belleza no solo es posible sino necesario

La necesidad de la belleza

Tras esta introducción, conviene abordar la cuestión precisa que se plantea en esta ocasión -la de la educación en la belleza-, cuestión que sirve como un aglutinante de ciertos elementos vinculados a nuestro objeto. Así, ante la pregunta formulada acerca de si es o no posible educar en la belleza, la respuesta -a nuestra manera de entender- ha de ser contundente o rotunda, y aseverar que sí que es posible, desde luego, y que además esto no solo es plausible sino que incluso resulta necesario.

Ejemplo de bioestética o cómo la belleza puede afectar a la salud
Señora mayor feliz de ver que le están arreglando el pelo en un hospital

Ahora bien, la clave respecto a lo anterior se halla quizás en otra pregunta: en la del porqué es necesario educar -tanto a otros como a nosotros mismos- en la belleza. Y la contestación subsiguiente nos orienta hacia el núcleo o entraña de esta reflexión, que no son otros que captar un dato de nuestra humana experiencia. Ese dato crucial consiste en una evidencia: la de que la propia belleza representa una realidad absolutamente indispensable e irrenunciable de nuestra propia vida, dado que los hombres no vivimos adecuadamente sin belleza. En efecto: privados de belleza y en su ausencia nuestra existencia se marchita y agosta. Sin ella, no alcanzamos a disfrutar de una vida humana plena, una que merezca este nombre.

Testimonios de lo precedente pueden hallarse en los trabajos recientes acometidos en el terreno de la Bio-Estética[8]. De acuerdo con estos, la belleza alcanza un tenor sanador o curativo para la salud humana y hasta contribuye a combatir la violencia o el desarraigo sociales.

La noción de belleza y su etimología

Ahora bien, lo expuesto no debería extrañarnos si meditamos en torno a la misma noción de belleza y su etimología. Así, belleza conecta en su significado con “hermosura” y esta procede de “forma”, al igual que el verbo “formar” a su vez tan vinculado con la labor de educar. “Hermoso” viene de “morphé” y de “phermosus”, que indican lo dotado de forma, frente a lo informe y deforme. La belleza, asimismo, terminológicamente conecta con el bien, con un bien que se revela[9]. Por tanto, se relaciona intrínsecamente con la forma buena, con la disposición armoniosa y atrayente que se aprecia en un ser. Lo bello “manifiesta” lo bueno, en síntesis, muestra su valor. Bello es lo que visto -o percibido- place a la razón, según santo Tomás; de modo que lo bello opera una complacencia ligada a la par a la estima despertada por los sentidos y por la inteligencia humana. Este carácter “unificador” de la belleza -su enlazar lo material y lo espiritual- ha hecho que, en cuanto transcendental, se haya postulado que integra o sintetiza a todos los demás -a lo bueno, pero también a lo verdadero y a lo uno-.

La vocación al amor de la belleza

Todo esto supone una reivindicación del hondo valor de la belleza. Ello, por cuanto la belleza nos atrae, nos llama, realiza una permanente vocación a nuestro respecto y no meramente de una manera puntual o circunstancial. La vocación que nos dirige la belleza se da como un aspecto inseparable de nuestra existencia y, así, de nuestra vocación personal al amor. El sentido, en fin, de la belleza se halla en el amor. Desvincular o escindir lo bello del amor supone desnaturalizarlo, reducir su verdadero alcance.

La causa del hecho anteriormente denunciado obedece a que lo bello despierta siempre el deseo de unión. Cuando percibimos la belleza de un ser, este nos atrae, despierta en nosotros el deseo de tenerlo cerca, de relacionarnos con él. Por eso, debemos formar -y formarnos- en la belleza y por medio de la belleza necesariamente, desarrollar o afinar y educar nuestra sensibilidad hacia lo bello. Así, esta belleza al verse descubierta y apreciada contribuirá a orientar y a animar hacia lo valioso. Por ejemplo, educarnos en la belleza de realidades como la amistad, la unidad, la justicia, la verdad, contribuirá a hacernos mejores a nosotros mismos y a mejorar nuestras relaciones o encuentros con los demás. En definitiva, dotar de belleza a algo, o sensibilizar a su respecto, al tiempo que lo hace atractivo –algo clave en todo educar- colabora a que nazca el amor o deseo de participar en esa realidad.

 

Educar en la belleza reclama un enfoque integrador

Educar en la belleza no puede hacerse de cualquier modo. La fecundidad de este propósito demanda el hacerlo integradoramente; es decir, operar aquí sin escisiones. Esto se refiere, en primer lugar, a desarrollarlo sin fracturar el vínculo íntimo que existe entre la belleza con minúsculas de lo creado –la del esplendor del orden y de la forma (“splendor ordinis et formae”) y la del esplendor del ser y de la verdad- y la Belleza con mayúsculas de Dios mismo que crea y salva.

Aprender a contemplar la belleza
Niños en una museo

Ahora bien, lo enunciado exige hoy enfrentar el “feísmo”. Esto, ya que lo feo suele verse como la antítesis de lo bello, aunque hay muy diversas formas de fealdad y hasta cabe representar artísticamente algo feo, según estudió Umberto Eco en un célebre tratado sobre el tema: Historia de la fealdad[10]. Pero a lo que tenemos que oponernos es al fenómeno social de extender un cierto “culto a lo feo”, un recrearse en ello muy aplaudido actualmente. Esto ya fue denunciado por Scruton[11] y, en España, lo reclaman hoy diversas obras especializadas[12].

En suma, ha de advertirse, y más que nunca en este momento de la Historia, la decisiva importancia del reconocimiento del valor de la belleza. Este resulta de una fecundidad enorme, como se ha revelado. Y, además, a ello se suma otro fundamento, el de que la belleza trae al corazón de la persona “alegría” y “esperanza”, dos realidades esenciales sin las que no cabe vivir en plenitud. Con razón afirmó Stendhal:

La belleza no es otra cosa que una promesa de felicidad[13].

 

Pero, ¿cómo conseguir una educación en la belleza fructífera?

Un camino decisivo, a la hora de educar en la belleza de manera adecuada, se halla en el desarrollo de nuestras relaciones en clave de armonía profunda. No en vano “ar” representa la raíz indoeuropea para los conceptos de orden, razón, proporción. Mas, vivir esta armonía en el fondo comporta contemplar esa relación armónica en el amor personal y gratuito que se nos dona por quien es la Belleza misma y nos llama, o sea por nuestra vocación más honda. También, reclama por nuestra parte el que procuremos participar de esa armonía con respecto a nuestros encuentros con la naturaleza, los otros sujetos humanos, las obras de arte, el cultivo de la creatividad, etc. Un testimonio notorio de esta manera de vivir en la armonía de la belleza lo ofrece la hermosa vida de Karol Wojtyla -Juan Pablo II-: santo, amante de la naturaleza, actor, poeta, sacerdote, filósofo, etc.

 Otra pauta para educar en la belleza reside en hacerlo desde el asombro o la admiración. Ambas notas constituyen sendos principios elementales de lo educativo. Esto implica, en cierto sentido, el lograr mirar algo “como si fuera nuevo”, o tal como lo hicimos por vez primera, aunque este acto se repita; es decir, dejándonos sorprender por su realidad. La siguiente composición, de carácter poético, del citado Wojtyla, puede contribuir a aclarar, en este lugar, lo absolutamente esencial y primigenio de este asombro ante la belleza:

Asombro

La bahía del bosque baja

al ritmo de arroyos de montaña,

en este ritmo Te me revelas,

Verbo eterno.

Qué admirable es Tu silencio

en todo desde que se  manifiesta

el mundo creado…

Que junto con la bahía del bosque 

por cada cuesta va bajando…

todo lo que arrastra

la cascada argentina del torrente

que cae rítmicamente  desde las alturas

llevado por su propia  corriente…

-llevado, ¿adónde?

 

¿Qué me dices, arroyo de montaña?

¿En qué lugar  te encuentras conmigo?

Conmigo que  también voy de paso semejante a ti…

¿Semejante a ti?

 

(Déjame parar aquí-

déjame parar en el umbral,

he aquí uno de los asombros  más sencillos).

 

Al caer, el torrente no se asombra.

Y los bosques bajan silenciosamente al ritmo del torrente                      

-pero, ¡el hombre se  asombra!                    

El umbral en que el mundo lo traspasa         

es el umbral del asombro.

(Antaño a este asombro lo llamaron «Adán»).

           

Estaba solo en este asombro

entre los seres que no se asombraban

-les bastaba existir para ir pasando.

El hombre iba de paso junto a ellos

en la onda de los asombros.

 

Al asombrarse, seguía surgiendo

desde esta onda que lo llevaba,         

como si estuviera diciendo alrededor:          

«¡para! –en mí tienes el puerto»,

«en mí está el sitio del encuentro

con el Verbo Eterno-

«¡para, este pasar tiene sentido»

«tiene sentido…tiene sentido…tiene sentido! …»[14].

Acerca de la contemplación de lo bello

Juan Pablo II. Tríptico romano. BAC

 Este educar en la belleza y en el asombro ante ella no nos cabe sin formar en nosotros un determinado hábito. Se trata del relevante hábito de “lo contemplativo”. Educar en la belleza, por tanto, pide desarrollar en nosotros la fértil capacidad de contemplar. En este camino, pueden ayudarnos sin duda los artistas -por ejemplo, los pintores, poetas, cineastas- aquellos que enseñan a mirar contemplativamente lo real. Recordemos que contemplar viene de “cum-templum”, lo que señala hacia el lugar sagrado en el que se aprecia lo celeste.

 Asimismo, esta actitud contemplativa conecta con lo reflexivo, lo meditativo, lo profundo. Es decir, educar en la belleza con verdadero alcance -frente al tópico de creer que comporta limitarse a lo vano o banal, lo material o exterior- también aconseja el considerar las cosas “con hondura”, con una auténtica “atención”, no epidérmica o superficialmente. López Quintás ha hablado acerca de esta “mirada profunda” con lucidez[15]. De acuerdo con su pensamiento, esta clase de mirada lleva aparejada el que colabora a desarrollar a quien la adopta, le ayuda a crecer por dentro. Esto, al enriquecerlo mediante un encuentro fecundo en clave de “creatividad” con los otros[16].

También, según lo expresado, mirar contemplativamente significa adentrarse en lo profundo y, por lo tanto, en las raíces de algo. Esto es, explorar lo interior de lo real. Y, así, volver a su génesis, a su origen, a su causa. Hay una genuina belleza en la fuente de cada ser. De nuevo, acudimos a la poesía de Wojtyla, que ilumina con sus versos esta experiencia nuclear:

Fuente

La bahía del bosque baja

Al ritmo de arroyos de montaña…

Si quieres la fuente encontrar,

tienes que ir arriba, contra la  corriente.

Empéñate, busca, no cedas,

sabes que ella  tiene que estar aquí-,

¿Dónde estás, fuente? ¡¿Dónde estás, fuente?!

 

El silencio…

¡Arroyo, arroyo del bosque,

déjame ver el  misterio

de tu principio!

 

(El silencio -¿por qué callas?

Con qué esmero has escondido el misterio de tu principio.)

 

Déjame mojar los labios

en el agua de la fuente,

sentir la frescura,

la frescura vivificante[17].

 

Otras pautas fructíferas del educar en la belleza

Sobre la belleza de lo cotidiano
J. Montiel(2021). La última rosa

La belleza ha de ser advertida y descubierta en lo cercano. En suma, conviene que no nos olvidemos de apreciarla en lo cotidiano. El poeta español Montiel ha rescatado, en sus obras, este modo de vivir atento y receptivo el encuentro de lo bello en lo próximo, en lo ordinario. Por eso, nos contagia su vivencia de habitar en el seno de un estupor diario. Recordemos una de sus luminosas intuiciones y aseveraciones en este sentido:

… cada instante necesita un corazón agradecido para cumplirse[18].

 Sin embargo, esta apertura continua, por nuestra parte, a la visita de lo bello reclama el que no nos aislemos o limitemos en cuanto a su alcance. Una experiencia fructífera de lo bello nos invita, en efecto, a que captemos sus estrechos lazos con otros elementos decisivos para nuestra existencia. Así, debemos afinar la sensibilidad y atención hacia esa interpelación, mutua e íntima, que se da siempre entre belleza, bien, verdad, ser y unidad. Esto comporta el que vivamos lo bello sin incurrir en “esteticismos ni formalismos”. Y, en último extremo, solicita en nosotros el que sepamos conectar la experiencia estética con la belleza profunda y radical de la persona, del bien y del amor personal. En síntesis, resulta crucial el que aprendamos y enseñemos a otros el valor de la belleza interior o del fondo de lo real. El Principito contiene, a este propósito, una fecunda enseñanza:

Este es mi secreto: lo esencial es invisible a los ojos. Solo se ve bien con el corazón[19].

 

Consideraciones finales a modo de conclusión

Educar en la belleza: una vocación irrenunciable

Educar -y educarnos a nosotros mismos- en la belleza, hoy y siempre, constituye como se ha visto un reto fundamental e irrenunciable. Este responde al valor mismo de lo bello para nuestra humana existencia. La belleza representa una vocación y un aspecto esencial de nuestra llamada integral a la plenitud. Ahora bien, esto se vincula a esa apelación que recibimos a relacionarnos con fruto con todo lo real y, desde luego, con lo humano -las otras personas-, junto con lo natural y con lo que nos transciende.

La misión enunciada, por descontado, no excluye en este tiempo el recurso a medios que también pueden colaborar en ello, como los asociados con la tecnología. Pero esto ha de llevarse a cabo sin caer en idolatrías de lo icónico, ni en obsesiones hacia lo material.  Por otra parte, tampoco conviene incurrir en espiritualismos voluntaristas, pues lo bello conecta siempre con nuestra sensibilidad completa e integra tanto lo sensorial como lo espiritual de un misterioso mas fértil modo.

En línea con esto, cabe notar que se debe educar en la belleza sin solipsismos ni individualismos vacuos. La belleza comporta una llamada a la relación con lo real y, por lo tanto, también con los otros. De hecho, lo bello como el bien es comunicativo en cierto sentido, abre a la relación, al encuentro.

Aprender a saborear la belleza de lo espiritual, del alma, del amor 

La belleza del Crucificado
Talla románica de Cristo, de 1250, que se halla en Valencia, en la Real Iglesia de El Salvador

Por otra parte, encontrarse y educar en la belleza llama a que nos dejemos elevar por esta. En este sentido, desde lo bello, las cosas bellas, se nos llama a encontrarnos con la Belleza misma, con el Creador. En resumen, hay que transitar por el camino ascendente hacia lo que nos transciende gracias a la belleza, peregrinar sobre la “via pulchritudinis”[20]. Esto reclama el que aprendamos y enseñemos a saborear –a “saber”- la belleza propia de lo espiritual, del alma, del amor. Esta belleza espiritual transfigura la forma material y la convierte en transparencia hacia Dios.

 En su sentido pleno, la belleza del amor se ve encarnada en Cristo mismo, pues el propio Verbo manifiesta la Belleza divina que se hace presente en el mundo, tal como expresó Balthasar[21]. Esto último a pesar de que la forma material de Jesús en la cruz se vea maltratada, desfigurada. Pero, a la par, misteriosamente el cuerpo del Señor entregado en esa cruz expresa una belleza sin límites, por cuanto testimonia en su carne lo sublime de su amor oblativo y apasionado por cada uno de nosotros.

La contemplación y meditación del Crucificado, en conclusión, según lo apuntado antes, abre para nosotros un sendero mediante el cual educar y educarnos en la belleza. Ello, a causa de que el acontecimiento al que nos refiere ofrece una vía incomparable para apreciar la cima misma de lo bello, la belleza en su más alto y fecundo significado. He aquí una enseñanza que acreditó fehacientemente en su vida, obras y escritos, Wojtyla -san Juan Pablo II-. Sí, pues, como este nos mostró, no hay belleza más elocuente que la insondable belleza del amor del Señor, que la Belleza del Amor infinito que nos salva.

 

Bibliografía

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Barraca, Javier: La estética de las organizaciones y de sus dirigentes, Ed. Schedas, Madrid, 2018.

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Vivir en la belleza: ensayo para un reencuentro contemporáneo con lo bello, SP de la Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca, 2024.

-“Belleza y ser personal: reflexiones en torno a la belleza más honda del ser humano”, Revista Quién, nº11 (2020): 67-81.

-“La belleza del ser personal y del encuentro en Sorolla”, Proyecto Scio, Red de Investigaciones Filosóficas José Sanmartín Esplugues, Boletín 192, 20 diciembre, 2025.

Eco, Umberto: Historia de la fealdad, Lumen, 2007.

López Quintás, Alfonso: Estética de la creatividad, PPU, Barcelona, 1987.

-(1990) El encuentro y la plenitud de la vida espiritual, Publicaciones Claretianas, Madrid.

-(1993) El arte de pensar con rigor y vivir de forma creativa, APCH, Madrid.

-(2001) El encuentro y la alegría, Ed. San Pablo, Madrid.

-(2003) Descubrir la grandeza de la vida, Verbo Divino, Estella.

-(2019) La mirada profunda y el silencio de Dios: una antropología dialógica, Ed. Universidad Francisco de Vitoria, Colección Digital, Madrid.

Montiel, Jesús: La última rosa, Pre-Textos, Valencia, 2021.

Piñero, Ricardo: Vivir en belleza, Sindéresis, Madrid, 2021.

Saint-Exupéry, Antoine: El Principito, Alianza, Madrid, 1998.

Stendhal: “Roma, Nápoles, Florencia”, en Obras completas, Tomo I, Aguilar, México, 1955.

Tatarkiewiez, Wladyslaw: Historia de seis ideas: arte, belleza, forma, creatividad, mimesis, experiencia estética, Tecnos, Madrid, 1988.

Wojtyla, Karol (Juan Pabo II): Carta a los artistas, Vaticano, Roma, 4 de abril de 1999.

-(2024) Tríptico romano, BAC, Madrid.

 

NOTAS

[1] Un ejemplo de esto nos lo ofrecen los elocuentes títulos de las siguientes obras: Vivir en belleza, de Ricardo Piñeiro, Sindéresis, Madrid, 2021; y La aventura de la belleza, de Pablo Alzola, ediciones Asimétricas, Madrid, 2025.

[2] Barraca, Javier: Vivir en la belleza: ensayo para un reencuentro contemporáneo con lo bello, SP de la Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca, 2024.

[3] Barraca, Javier: La estética de las organizaciones y de sus dirigentes, Ed. Schedas, Madrid, 2018;

Dios y lo bello: estética y transcendencia, Ed. San Pablo, Madrid, 2018. “Belleza y ser personal: reflexiones en torno a la belleza más honda del ser humano”, Revista Quién, nº11 (2020): 67-81. “La belleza del ser personal y del encuentro en Sorolla”, Proyecto Scio, Red de Investigaciones Filosóficas José Sanmartín Esplugues, Boletín 192, 20 diciembre, 2025.

[4] Tatarkiewiez, W.: Historia de seis ideas: arte, belleza, forma, creatividad, mimesis, experiencia estética, Tecnos, Madrid, 1988.

[5] AA.VV.: La via pulchritudinis, Consejo pontificio para la cultura, Roma, 2006. 

[6] Cf. Hans Urs von Balthasar: Gloria: una estética teológica, vol. I. “La percepción de la forma”, Ed. Encuentro, Madrid, 1985.

[7] Juan Pabo II: Carta a los artistas, Vaticano, Roma, 4 de abril de 1999.

[8] AA.VV.: Bioestética y salud humana, coord. por Javier Barraca Mairal, José Carlos Abellán Salort, Universidad Francisco de Vitoria, Editorial UFV, 2020.

[9] Barraca, Javier: “Belleza y ser personal: reflexiones en torno a la belleza más honda del ser humano”, cit.

[10] Eco, Umberto: Historia de la fealdad, Lumen, 2007.

[11] Baltar, Ernesto: “Robert Scruton: elogio de la belleza“, en  Letras libres, 9 de marzo de 2020.

[12] Barraca Javier: Vivir en la belleza: ensayo para un reencuentro contemporáneo con lo bello, cit.

[13] Stendhal: “Roma, Nápoles, Florencia”, en Obras completas, Tomo I, Aguilar, México, 1955, p. 474.

[14] Cf. Tríptico romano, poema “Asombro”, K. Wojtyla, BAC, Madrid, 2024.

[15] López Quintás, Alfonso: La mirada profunda y el silencio de Dios: una antropología dialógica, Ed. Universidad Francisco de Vitoria, Colección Digital, Madrid, 2019.

[16] López Quintás, Alfonso: Estética de la creatividad, PPU, Barcelona, 1987.

-(1990) El encuentro y la plenitud de la vida espiritual, Publicaciones Claretianas, Madrid.

-(1993) El arte de pensar con rigor y vivir de forma creativa, APCH, Madrid.

-(2001) El encuentro y la alegría, Ed. San Pablo, Madrid.

-(2003) Descubrir la grandeza de la vida, Verbo Divino, Estella.

[17] Cf. Tríptico romano, poema “Fuente”, K. Wojtyla, BAC, Madrid, 2024.

[18] Montiel, Jesús: La última rosa, Pre-Textos, Valencia, 2021, p. 75.

[19] Cf. A. de Saint-Exupéry, El principito, Alianza, Madrid, 1998, p. 88.

[20] AA.VV.: La via pulchritudinis, cit.

[21] Cf. Hans Urs von Balthasar, Gloria: una estética teológica, cit.

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Javier Barraca Mairal
Profesor titular de Filosofía at  | Website |  + posts

Javier Barraca Mairal es profesor titular de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

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