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Teresa de Jesús: La Unión con Cristo en la Oración.

Catequesis sobre Santa Teresa de Jesús

Monseñor D. Esteban Escudero Torres, Vicecanciller, UCV “San Vicente Mártir”.

1.  LAS APARICIONES DE CRISTO A SANTA TERESA

La experiencia que la santa tuvo de Jesucristo resucitado marcará para siempre su vida personal y la espiritualidad que luego nos propuso. Si se convirtió meditando sobre la pasión del Señor ante una imagen de Cristo atado a la columna escupido y azotado, ahora, cuando se le muestra glorificado tras la resurrección, la visión le llena de profunda alegría. Pero Jesús, según cuenta ella misma a su confesor en el Libro de su Vida, se le va mostrando poco a poco, porque “tanta gloria junta…no la pudiera sufrir”. De ello deduce que, si es tanta la belleza y majestad que se le muestra ahora, en las condiciones de una vida terrena, qué no será la experiencia del Jesús glorificado cuando lo vea en la visión  beatífica, tras la muerte: “Parecíame andar siempre a mi lado Jesucristo, y como no era visión imaginaria, no veía en qué forma; mas estar siempre al lado derecho, sentíalo muy claro, y que era testigo de todo lo que yo hacía, y que ninguna vez que me recogiese un poco o no estuviese muy divertida podía ignorar que estaba cabe mí (27,1)”. “Parecerá a vuestra merced que no era menester mucho esfuerzo para ver unas manos y rostro tan hermoso. Sonlo tanto los cuerpos glorificados, que la gloria que traen consigo ver cosa tan sobrenatural hermosura desatina; y así me hacía tanto temor, que toda me turbaba y alborotaba, aunque después quedaba con certidumbre y seguridad y con tales efectos, que presto se perdía el temor…

Aparicion de CristoUn día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra merced cuando mucho me lo mandó…Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (Vida 28, 3)

Esta visión, y otras que la siguieron, trasformará por completo la vida de Teresa. Viendo la humanidad de Jesús resucitado, comprenderá la gloria inefable de la divinidad. La alegría que le produjeron los encuentros con Cristo, la continuará después en sus largos ratos de oración y nos la dejará como modelo del trato del alma con él.

2. EL TRATO DE AMISTAD CON CRISTO

Para Santa Teresa de Jesús, la oración es un encuentro personal con Cristo, “trato de amistad con él”, que transforma la vida. Nos lo dice en el Libro de su Vida: “Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo… dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración” (Vida 4,8)[1].

Buscaba a Cristo dentro de sí, presente en su interior por la fe y la gracia del bautismo. Pero, sobre todo, presente en ella por la eucaristía. Nos dice en el mismo libro de su vida: “Y así siempre tornaba a mi costumbre de holgarme con el Señor, en especial cuando comulgaba” (Vida 22,4). Holgarse con el Señor es el gozo y la emoción que produce el encuentro con un amigo entrañable. Cristo entra en Teresa y ella entra con él en el interior de su alma.

3. LA CONDICIÓN HUMANA DE DIOS

Cristo-Hombre, o la condición humana de Dios, fue un auténtico hallazgo para Santa Teresa. Jesucristo, en su condición humana, era para Santa Teresa una presencia más real que las cosas de este mundo. Con una cierta ironía, respondía a las personas que “querían haber vivido en tiempos de Jesús” que “qué más les daba”, siendo así que ahora lo tenían verdaderamente presente en la eucaristía[2].

Teresa de Jesús puede tratar a Jesús como a un amigo, “aunque es Señor”. Solía decir: “Veía que, aunque era Dios, era hombre”. Por eso puede tratar con esa intimidad con él, ya que, con la encarnación del Hijo de Dios, las distancias se han superado. El Señor se ha hecho hombre, en consecuencia podrá afirmar: “En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos” (V 37, 6). El nos escucha y nos comprende.

4. AMAR ES CRUCIFICARSE CON CRISTO

Con este amigo al lado, Teresa es capaz de todo. “Qué más queremos –decía- que un buen amigo al lado”. Sabiéndose acompañada por tan buen amigo, es capaz de entregarse a los demás y de sufrir junto a él. “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta, es amigo verdadero” (V 22, 6).

La cruz de cada uno, en el ejercicio de la oración o en el compromiso de la caridad es la cruz de él. Sufriéndola, se le “ayuda” en su Pasión. Esto es la amistad: compartir, hacer nuestro el sufrimiento del amigo. Por eso decía a sus monjas: “abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que ésta ha de ser vuestra empresa…lo demás es cosa accesoria” (2 M 1,7).

Para Santa Teresa, amar es servir, es crucificarse, haciéndose esclavo de los otros, como enseña en su libro Camino de Perfección. La cruz es el costo del amor. Cristo crucificado es el hombre del amor, de un amor hasta el extremo  que se pierde a sí mismo en servicio a los hermanos. La existencia de Cristo, como la existencia de quienes quieran vivir en comunión con él, es una existencia para amar y servir, es una existencia crucificada.

La comunión con Cristo es, pues, comunión en la cruz. Hay que crucificarse, entrar en el misterio de la muerte a sí mismo para poder gozarle en la resurrección al final de la vida. Vivir aquí según la existencia terrena de Jesús desemboca en la participación de su gloria. Ahí está el final de una vida de oración.

 

[1] De aquí en adelante hago un resumen de la exposición de Maximiliano Herráiz, en el capítulo 3º del libro La oración, historia de amistad. Editorial de Espiritualidad. Madrid 2003.

[2] o.c. La oración, historia de amistad.  p.110, en nota.

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