3.- La administración eclesiástica. Orden litúrgico y sistema sacerdotal

 

§ 49.- Cohesión social. Pueblo, iglesia y élites

Se ha dicho antes que la cristiandad asume las subjetualidades de “el pueblo de Dios” hebreo, el “Senatus populusque romanus” y la “ciudad de Dios”. Pues bien, el modo particular en que “la ciudad de Dios” integra en sí al “pueblo de Dios” y al “Senatus populusque romanus” es el proceso de transformación de la condición de ciudadano romano, judío o no, en la de ciudadano de la ciudad de Dios.

Ese proceso lleva consigo, en primer lugar, un metabolismo vital, unos momentos de asimilación de la vida histórica en la vida urbana cotidiana, mediante el orden de los calendarios y las festividades. Como sostiene Vico, en los procesos de formación y consolidación de los fenómenos culturales, lo primero es la vida.

Cicerón. Imagen 1

En segundo lugar, lleva consigo unas decisiones y unos actos políticos y jurídicos determinantes, como la Constitutio antoniniana de Caracalla y el Edicto de Tesalónica de Teodosio. Como insiste Vico, lo segundo es el derecho.

En tercer lugar, lleva consigo reflexiones teóricas, sobre la constitución política y jurídica de la comunidad, y sobre el contenido intelectual de lo que la comunidad cree, que es la ortodoxia.

La constitución jurídica y política de la comunidad en términos formales es la ciudadanía, que tiene su origen en Esparta y alcanza su madurez reflexiva en Roma[1].

Para Cicerón, pueblo es

el conjunto de una multitud asociada por un mismo derecho[2].

En la reflexión de los filósofos y retóricos romanos, la legitimidad del pueblo en cuanto tal, viene dada por el derecho, por el valor ético que tiene el factor aglutinante de los individuos en la comunidad.

Agustín, con un maximalismo que luego emula Carlos Marx, le discute a Cicerón la legitimidad del Estado, de la república romana o del “populus romanus”, debido a que Roma “no fue nunca un Estado auténtico, porque en él nunca hubo auténtica justicia”[3].

Por ese motivo Agustín, en cambio, reserva el título de República para la “Ciudad de Dios”:

La verdadera justicia no existe más que en aquella república cuyo fundador y gobernador es Cristo, si es que a tal Patria nos parece bien llamarla así, república, puesto que nadie podrá decir que no es una ‘empresa del pueblo’. Y si este término, divulgado en otros lugares con una acepción distinta, resulta quizá inadecuada a nuestra forma usual de expresarnos, sí es cierto que hay una auténtica justicia en aquella ciudad de quien dicen los Sagrados Libros: Gloriosa dicta sunt de te, Civitas Dei (Ps 86,3)[4].

Con todo, para evitar el maximalismo, Agustín acepta que se le puede llamar pueblo a Roma si se cambia la definición de Cicerón por esta otra:

Pueblo es el conjunto multitudinario de seres racionales asociados en virtud de una participación concorde en unos intereses comunes[5].

Concepto de pueblo en S. Agustín
La ciudad de Dios de San Agustín. Imagen 2

Después del Edicto de Tesalónica, esos intereses comunes también son los de la Iglesia cristiana, y no quedan simplemente en el nivel programático de las aspiraciones deseables. Son los intereses de una amplia parte del pueblo, de unos personajes institucionales, como los obispos, de un grupo social como los sacerdotes, que luego llega a ser el estamento social del clero, y de élites de muy diverso tipo, que, a partir de Constantino (272​- 337, emperador desde 306), desarrollan una amplia gama de políticas sociales[6].

El pueblo romano que recibe el Edicto de Tesalónica es una población con un porcentaje de cristianos ya relevante, de entre 5 y 7,5 millones[7]. Esta masa no está compuesta básicamente de esclavos, marginados y prostitutas, como pensaba la historiografía romántica. Hay muchos desarraigados entre los conversos, pero la mayoría de ellos proviene del ejército, compuesto por hombres extraídos de todas las regiones del mundo, y llevados a luchar por todo el imperio. Alejados de sus costumbres y cultos locales, se acogen a los cultos celestiales y universales, como son los cultos mistéricos, entre los cuales figura el cristianismo.

Pero además, las élites que en concreto asumen como suyos propios los intereses de la Iglesia son, por una parte, las familias patricias, y por otra, los grupos que promueven primero el monacato y los que, después, con el desarrollo urbano del siglo XI, promueven las diversas órdenes mendicantes. Esos grupos cristianos forman parte de la aristocracia romana, y forman la clase política que, en la época histórica, constituyen la aristocracia medieval y moderna, y la burguesía industrial, en conexión con la jerarquía eclesiástica.

Estos grupos constituyen en los medios urbanos genuinas élites, quizá ya con funciones y efectos como los que describen las curvas y diagramas de Pareto. Es decir, son grupos formados por un 20% de los individuos de una la población, que controla y gestiona el 80% el poder y la riqueza de la comunidad.

 

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NOTAS

[1] Heater, Derek, Ciudadanía. Una breve historia, Madrid: Alianza, 1998.

[2] Cicerón, Sobre la Republica, Madrid: Gredos, 1984, pag. 63.

[3] Agustín, La ciudad de Dios, Madrid: BAC, 1977, vol. I, p. 124, libro XIX, caps. 22-24.

[4] Agustín, La ciudad de Dios, cit., pag. 125.

[5] Agustín, La ciudad de Dios, vol I,. pag. 263. Cfr. Choza, J., Historia cultural del humanismo, Sevilla-Madrid: Thémata-Plaza y Valdéz, 2009, 6.3.

[6] Viciano, A., Cristianización del Imperio Romano. Orígenes de Europa, Murcia: Universidad Católica San Antonio, 2003, caps. III a VII. Casi la mitad del libro está dedicada a las transformaciones de la vida y la legislación familiar y social en Roma desde los siglos I al VI. Cfr., Fernández Ubiña, José, “Los orígenes del cristianismo hispano. algunas claves sociológicas”, Hispania Sacra, LIX, 120, julio-diciembre 2007, 427-458, ISSN: 0018-215-X ,  

[7] Stark, Rodney, The Rise of Christianity: A Sociologist Reconsiders History, Princeton University Press, 1996.

About the author

Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran Antropología y ética ante los retos de la biotecnología. Actas del V Congreso Internacional de Antropología filosófica, 2004 (ed.). Locura y realidad. Lectura psico-antropológica del Quijote, 2005. Danza de oriente y danza de occidente, 2006 (ed).

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