2.1. Revolución industrial, urbanización y caída del Antiguo Régimen.
§ 17. La triple subjetualidad. Revolución y reacción.
La subjetualidad civil de la población urbana de los siglos XVIII, XIX y XX es confesional. Profesa y sustenta una ortodoxia que, como se ha dicho, ha desplazado su eje desde la revelación de la historia sagrada hacia la moralidad pública.
La subjetualidad de la población migrante es confesional en origen, en las zonas agrícolas, con una confesionalidad de tipo feudal, y con una ortodoxia basada en los ritos y en los relatos sagrados. Desde el punto de vista de la sociedad civil establecida (urbana, “burguesa”), los inmigrantes no tienen moral, como no la tienen los esclavos en la República romana o en cualquier otro lugar. Sobre todo, no tienen moral familiar, esa moral basada en las instituciones que vertebran la vida urbana desde el Calcolítico, a saber, la propiedad inmobiliaria y el matrimonio legítimo, a su vez vinculadas entre sí.
Los inmigrantes son autoconciencias desarraigadas, como las de Antígona, Sócrates y Epicuro, que no tienen cobijo en las instituciones urbanas y que tienen que procurárselo generando nuevas instituciones, tanto civiles como religiosas, adaptándose a las existentes, o adaptando las existentes a sus necesidades y posibilidades. De un modo paulatino y pacífico o de un modo repentino y violento, o sea, “revolucionario”.
Esas nuevas instituciones son agrupaciones civiles como el ejército, las logias, los particos políticos, etc., económicas como los sindicatos, cooperativas, economatos, etc., y son también agrupaciones religiosas como hermandades, cofradías, parroquias, etc.
En no pocos casos la diferencia entre una institución civil y una religiosa no es fácil de determinar, por ejemplo, en el caso de algunas cooperativas, cajas de ahorro, sindicatos, logias, etc., y ese poco margen de discriminación tiene relación con la confesionalidad de la sociedad y del Estado.
Los dirigentes individuales de las diversas subjetualidades ejercen un protagonismo autoconsciente e intencional, dirigido al fin específico de resolver problemas existenciales de diversa índole, y que se resumen en la integración de todos los individuos en una única y común subjetualidad concorde consigo misma, es decir, una convivencia apacible y de bienestar en una sola ciudad y un solo Estado bien integrado, que desde Aristóteles se señala como el fin de la política.
En unas ocasiones los migrantes tienen el apoyo de las instituciones religiosas, que son amigas y aliadas en unos lugares, y en otras ocasiones y otros lugares tienen su indiferencia u hostilidad. En líneas generales, puede decirse que, en toda América, las instituciones religiosas apoyan a los migrantes, y a veces tienen un cierto carácter revolucionario. En el sur de Europa, apoyan más bien al orden urbano preestablecido, y a veces tienen un cierto carácter reaccionario. En el centro y norte de Europa, adoptan una de las dos posiciones, dependiendo de las circunstancias de unos países y otros.
El espacio social y cultural en disputa tiene siempre como base territorial el Estado nacional, pues desde el siglo XV en occidente la iglesia tiene como único territorio propio los estados pontificios, y el resto de la geografía se divide en espacios nacionales.
El resultado del conflicto entre las masas de población integradas en subjetualidades diversas, y hostiles entre sí, es la caída del Antiguo Régimen, la desconfesionalización de los estados católicos y la libertad religiosa en los estados de otras confesiones. Es un conflicto protagonizado por conciencias autónomas, como las de Antígona, Sócrates y Epicuro, agrupadas de modo voluntario y autoconsciente en subjetualidades que poseen una ortodoxia y un sentido común unitario, y que lo proponen o lo imponen a la totalidad.
Eso ya ocurrió en las guerras de religión y ya se resolvió con el orden establecido en Westfalia. Pero en el contexto de la demografía urbana generada por la revolución industrial, el orden westfaliano no puede mantenerse y las guerras de religión se inician de nuevo en otro registro.

About the author
Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran, entre otras: Filosofía de la basura: la responsabilidad global, tecnológica y jurídica (2020), y Secularización (2022).
