2.1. Revolución industrial, urbanización y caída del Antiguo Régimen

§19. Una nueva confesionalidad. La religión civil

Rousseau acuñó el término de religión civil
J.-J. Rousseau, El contrato social

En el capítulo 8 del libro IV del Contrato Social, publicado en 1762, Rousseau describe como “religión civil” el conjunto de valores y prácticas civiles, que, frente a los de las instituciones religiosas referidos a Dios, establece los propios de la sociedad civil referidos también a Dios, pero a través del servicio a la patria y al Estado.

Rousseau habla de una fe civil, de unas certezas sagradas, referidas a la patria y al estado, sin las cuales es imposible ser un buen ciudadano, que no se puede imponer, y cuyo contenido consiste en la creencia en Dios como remunerador en la vida eterna, y en la exclusión de la intolerancia religiosa[6].

La religión civil de Rousseau no es una ocurrencia puramente teórica. Es el conjunto de creencias de una sociedad que ha sustituido la historia sagrada de los antiguos dioses como eje de la ortodoxia por la moral, y que se siente a sí misma necesitada de venerar a los nuevos dioses, los del deísmo, con buenos motivos.

Se siente deísta porque las propuestas dogmáticas de las instituciones eclesiásticas, provenientes de los concilios ecuménicos griegos, y sistematizadas en Trento según el lenguaje de la escolástica medieval, pierden su sentido propiamente religioso de afirmación de la vida, perceptible inmediatamente como tal. Pasan a convertirse en relatos de afirmaciones de la vida, que en otro contexto se percibían inmediatamente como tales, pero en el contexto de la modernidad no se perciben así. Se convierten en expresiones autorreferentes, cada vez menos relacionadas con esa afirmación, y menos comprensibles para los habitantes de las ciudades de la Edad Moderna. Las expresiones dogmáticas y las referencias a Dios contenidas en ellas, paulatinamente se convierten en expresiones antiguas cada vez más extrañas y ajenas a la vida en las nuevas condiciones de supervivencia.

La afirmación de la vida, en que consiste la religión, se expresa individual y socialmente mediante los ritos de caza en el paleolítico, mediante las prácticas agrícolas y observancias astronómicas en el neolítico, mediante la veneración del soberano y de los relatos sobre el origen en los estados calcolíticos, y se expresa individualmente mediante la meditación y unión mística en la antigüedad. Esos ritos, en esos periodos, son afirmación de la vida en el orden religioso y civil, o sea, eclesiástico y político, al mismo tiempo, percibida inmediatamente como tal afirmación de la vida.

En la época histórica la religión, que integra el culto, la moral, la dogmática revelada y la plegaria, tanto en el culto público estatal como en los cultos privados de las religiones mistéricas, empieza a desarrollarse en el cristianismo, se posesiona de un espacio exclusivo en la cristiandad, y en ese espacio se desarrolla institucionalmente con una complejidad y difusión que llega a abarcar todo el planeta.

En este cristianismo de la Cristiandad, la religión se desarrolla como la actividad de una persona jurídica dual, la Iglesia y el Estado, que genera en la Antigüedad una ortodoxia basada en los libros sagrados y en la filosofía griega. El cristianismo de la Cristiandad genera un tipo de ortodoxia, imprescindible para una cultura que ha descubierto la esencia y la autoconciencia individual, y que necesita saber lo que son las cosas para asumirlas y desplegar la propia vida en relación con ellas.

En esa Cristiandad, y en ese espacio abierto por la diferenciación progresiva de esa persona jurídica dual, la Iglesia y el Estado, emerge la autoconciencia individual cada vez con mayor dependencia, y a la vez con mayor autonomía, respecto de las instituciones y de la sociedad en conjunto.

En ese espacio, la conciencia individual desarrolla una confesionalidad religiosa en la Iglesia, o sea una identidad eclesiástica, y a la vez desarrolla una confesionalidad religiosa en la nación-estado, o sea una identidad religiosa civil. El individuo reconoce en sí mismo una identidad religiosa-eclesiástica, y una identidad religiosa-civil, con prioridad sobre la eclesiástica en la vida mundanal, como propia de la consistencia y autonomía del hombre religioso cristiano.

Esta autonomía de la autoconciencia personal en su identidad eclesiástica y en su identidad civil, que tiene sus primeras expresiones paradigmáticas en Antígona, Sócrates y Epicuro, se manifiesta de varias maneras en las diversas culturas históricas, y en la Cristiandad tiene una de sus expresiones en la primera desconfesionalizacón del estado, en el conflicto entre Felipe IV y Bonifacio VIII en siglo XIII, como se ha dicho (RORPEH § 8). A partir de entonces, la afirmación de la vida que se percibe in- mediatamente como tal, pasa a ser realmente la afirmación de la identidad religiosa-civil en la institución estatal, con prioridad sobre la identidad eclesiástica en institución eclesiástica. Porque a partir de entonces aquello en lo que consiste realmente la afirmación de la vida, empieza a ser cada vez más el conjunto de actividades propias de la organización estatal de la sociedad civil, y cada vez menos el conjunto de actividades propias de la organización eclesiástica de la comunidad eclesial.

La Devotio moderna y la Reforma dan lugar a un reforzamiento de esta conciencia de autonomía en las iglesias reformadas, y la Contrarreforma produce en ella un sesgo de dependencia en los medios católicos.

La manifestación de la prioridad de la confesionalidad civil sobre la eclesiástica del siglo XIII, no es rechazo de la religión, como también se ha dicho, sino más bien afirmación de la autonomía del hombre cristiano en la sociedad civil, afirmación de la legitimidad operativa de los fieles corrientes (laicos), según la potestad que les confiere el bautismo, y que los convierte en conjunto en un pueblo de sacerdotes.

Es decir, a diferencia de lo que ocurre en el judaísmo, donde la actividad sacerdotal está reservada a la tribu de Leví, y a diferencia de lo que ocurre en la comunidad eclesial cristiana, donde solo están legitimados los que reciben el sacramento del orden, en la comunidad civil de la Cristiandad todos los fieles están legitimados para desempeñar funciones sacerdotales, de mediación entre los hombres y Dios.

La doctrina del sacerdocio universal, que tiene su base en el Antiguo y el Nuevo Testamento, es desarrollada por Lutero, y posteriormente por Calvino y la casi totalidad de las iglesias protestantes, para rechazar en el seno del cristianismo la división de clases entre jerarquía sacerdotal y fieles corrientes (laicos), generada en la estructura de vasallaje jerárquico de la sociedad feudal del Medievo.

En la iglesia católica y en la anglicana se entiende la legitimidad de la actividad religiosa del fiel común, como fundada ontológicamente, pero también como forma diferencial que hace resaltar el sacerdocio sacramental de los clérigos y el sacerdocio de Cristo[7].

En general, la vitalidad religiosa del hombre común está presente en la historia del ser humano, junto a la del chaman paleolítico, y junto a las jerarquías sacerdotales calcolíticas y posteriores. En la historia de la Cristiandad, tras el episodio de la Reforma y la Contrarreforma, el triunfo del orden tridentino-westfaliano parece producir en los medios católicos una clandestinidad y una inhibición de la conciencia personal en cuanto autónoma, de la creatividad y de la imaginación religiosa, y un cierto monopolio eclesiástico de las iniciativas religiosas. Pero no ocurre así en los países donde triunfa la Reforma.

En los países donde triunfa la Reforma la identidad religiosa civil de los ciudadanos los legitima para la afirmación de la vida en términos de actividad civil, y por ese motivo en tales países la caída del Antiguo Régimen no necesita cancelar la confesionalidad religiosa del Estado, que se articula con la confesionalidad eclesial de las iglesias nacionales.

A lo largo de la modernidad, las energías religiosas marginadas, contenidas o reprimidas, permanecen latentes mientras se produce el desplazamiento del eje de la ortodoxia de la dogmática a la moral, y el de la afirmación de la vida se desplaza de la organización eclesiástica a la organización civil.

En la Ilustración, la vitalidad religiosa se manifiesta expresándose en el orden civil de diversas maneras. Una de ellas es la religión civil, la configuración en clave religiosa de la veneración por la nación, cuando no hay diferencia ni conflicto entre confesionalidad estatal y confesionalidad eclesial. En esos casos, la veneración por la Iglesia es también veneración por la sociedad y el Estado, que entonces pasan a ser las organizaciones que afirman la vida de modo perceptible e inmediato.

En los países donde no triunfa la Reforma, la caída del Antiguo Régimen, lleva consigo una desconfesionalización que es una liberación de la vitalidad y energías espirituales contenidas o reprimidas. Esa vitalidad y energía se expresan en formas religiosas referidas al mundo civil naciente, como en el Calcolítico y la Antigüedad se expresaban también religiosamente en las esferas de la cultura y de las profesiones nacientes.

Émile Durkheim (1858-1917)

La vitalidad espiritual religiosa se manifiesta también, por supuesto, en el mundo eclesiástico en el barroco, y en menor medida en la Ilustración, pues las iglesias cristianas europeas están ya muy consolidadas, y se despliega más en los territorios de misión. Esa vitalidad religiosa referida al mundo civil es la que presienten y sienten Rousseau y otros, y la que le inspira la idea de la religión civil. Probablemente esa es también la vitalidad que inspira la misma idea a Benjamín Franklin, George Washington, a los revolucionarios hispanoamericanos, a los franceses que crean un santoral nuevo y una nueva divinidad, y en general a los creadores de formas religiosas en las nuevas sociedades[8].

Las formas religiosas presentidas o vivenciadas por los pensadores ilustrados, son percibidas y descritas en 1835 por Alexis de Tocqueville en La democracia en América. En los Estados Unidos es quizá donde más claramente aparecen las prácticas religiosas espontaneas y las institucionales, provenientes de la identidad religiosa civil, que son de carácter estrictamente civil y están referidas a la nación estado[9].

Más tarde Durkheim, inspirado en Hegel y en las propias tradiciones judías, describe lo sagrado como la sustancia ética de la sociedad, como el fundamento de las comunidades totémicas prehistóricas, de las formas elementales de la vida religiosa, y del socialismo que durante el siglo XIX ha movilizado a todas las sociedades europeas[10].

La religión es para Durkheim la fuente de la solidaridad y la camaradería, que a su vez son el fundamento de todos los vínculos funcionales de la sociedad. En su obra póstuma, El Socialismo, siguiendo a Saint Simon, presenta el socialismo como la forma de la sociedad futura, como una organización de la vida humana inédita, que contribuye a llevar al hombre a su plenitud.

 

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NOTAS

[6] Rousseau, J., El Contrato Social, Madrid: Alianza, 1980. https://en.wikipedia.org/ wiki/Civil_religion. En realidad, se trata de los elementos básico de la religión de la Edad de los Metales, que se expresan por primera vez en el mazdeísmo, y que pasan a las religiones de las sociedades estatales complejas, como se ha visto en el volumen 3 de esta Filosofía de la religión (ROREM).

[7] Blanco, Pablo, “El ministerio en Lutero, Trento y el Vaticano II. Un recorrido histórico-dogmático”, SCRIPTA THEOLOGICA 40 (2008/3) 733-776; Ekkehardt Mueller “El sacerdocio de todos los creyentes– parte ii: aspectos históricos e implicancias”, Theologika 33, no. 1 (2018): 34-55; Junge, Martin, Bautismo, Sacerdocio Universal y Ministerio Ordenado Impulsos para la reflexión.

Programa sobre sustentabilidad de la iglesia – Federación Luterana Mundial, Secreta- rio para América Latina y El Caribe, Federación Luterana Mundial, Lima, Agosto de 2008. https://sustentabilidad.files.wordpress.com/2008/10/bautismo-sacerdocio-univer- sal-y-ministerio-ordenado.pdf.; Cfr. Balthasar, Hans Ur, Gloria. Una estética teológica. Vol 3, Estilos laicales, Madrid: Encuentro, 1998. En este volumen se estudian las figuras de Dante, Juan de la Cruz y Soloviev, entre otros.

[8] Bellah, Robert & Hammond, Phillip E, Varieties of Civil Religion, San Francisco: Harper & Row, 1980; Bellah, Robert N., Broken Covenant: American Civil Religion in a Time of Trial (2nd ed.). Chicago: University of Chicago Press. 1992.

[9] Tocqueville, , La democracia en América, Madrid: Trotta, 2010.

[10] Durkheim, , Las formas elementales de la vida religiosa, Alkal: Madrid, 1982; El socialismo, Madrid: Akal, 2010.

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