Stephen Hawking

Umberto Eco se ha preguntado cómo un genio como Hawking es capaz de afirmar algo tan tonto como la muerte de la filosofía

Cada cierto tiempo (sobre todo, en épocas de crisis) asistimos a un cuestionamiento de la filosofía. A veces, determinadas corrientes filosóficas ayudan a hacer leña del árbol no caído.

Parece que, en este tiempo, crecen los críticos de la filosofía entre los físicos teóricos. Nada menos que uno de los más relevantes, S. Hawking, imitando a Nietzsche, pero en otro contexto, ha declarado con rotundidad que la filosofía ha muerto. Su lugar, añade, lo han ocupado las ciencias.

No me extraña que haya sido un físico teórico, como Hawking, quien ha hecho tamaña aserción. Ya se sabe la acendrada y tradicional vocación filosófica de los físicos teóricos, quizá porque su área de saber se acuesta más a la filosofía que a la propia ciencia, entendida ésta (claro está) en su sentido estricto galileano. En suma, no es que la filosofía haya muerto; es que hay mucho científico travestido.

Pues bien, por mucho que se empeñen en adulterar la historia y, en particular, la historia de la ciencia, no habría ciencia sin filosofía; es más, no la habría siquiera sin los programas metafísicos que le han abierto el camino. [Me pongo la venda. Para que nadie cargue contra mí, recuérdese el gran valor que a tales programas les asigna Popper]

Para acabar esta breve noticia, pego a continuación un escrito que me parece muy bien traído. Es un artículo de un compañero de la UNAM. Por cierto, les recuerdo que, precisamente, en México, en la primera semana de noviembre, habrá un coloquio hispano-mexicano sobre las relaciones entre ciencia y filosofía, organizado por el Centro Lombardo. Una buena ocasión para debatir sobre el tema.

JSE

 

Ciencia vs. filosofía!

Por Martín Bonfil Olivera

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de octubre de 2012

Cada cierto tiempo se desatan pequeñas guerras entre la ciencia y la filosofía. Los representantes de estos dos importantes campo de conocimiento sobre el mundo, se enzarzan en curiosas batallas verbales.

A veces son los científicos los que comienzan, al hacer escandalosas afirmaciones públicas. Por ejemplo, cuando el famoso físico Stephen Hawking, junto con Leonard Mlodinow, afirmóal principio de en su libro El gran diseño (Crítica, 2010) que “la filosofía ha muerto”, porque “no se ha mantenido al paso de los desarrollos de la ciencia moderna, especialmente la física”, por lo que “los científicos se han convertido en los modernos portadores de la antorcha del conocimiento”.

Por supuesto, los filósofos también atacan, declarando que la ciencia es sólo un “constructo sociocultural”, sin mayor validez que cualquier método adivinatorio. Y cuestionan sus pretensiones de validez, objetividad y de revelar verdades sobre la naturaleza.

Recientemente el diario inglés The Guardian publicó un debate entre el filósofo Julian Baggini y el físico teórico Lawrence Krauss, donde éste último afirmaba que las preguntas sobre el “por qué” de las cosas, que la filosofía hace, no tienen realmente sentido. Y sostenía que en realidad son preguntas sobre el “cómo”, que deben ser respondidas utilizando el método científico, que se basa en el razonamiento lógico y la evidencia observable. Y predecía que todas las preguntas filosóficas de “por qué” pasarán a ser, con el tiempo, preguntas de “cómo”, que podrán ser respondidas por la ciencia. A su vez, Baggini se preguntaba si Krauss no estaba cayendo en el vicio del cientificismo: la convicción de que la ciencia es la única fuente legítima de conocimiento, descalificando cualquier otra forma de conocer el mundo que nos rodea y, en particular, la filosofía. O, en palabras del historiador y filósofo John Wilkins, que “toda legitimidad conceptual debe derivar de la ciencia”.

El debate se ha extendido a lablogósfera, donde el bioquímico Larry Moran discute, en su blogSandwalk, con el filósofo Massimo Pigliucci –autor del blogRationally speaking– la legitimidad de la ciencia y cuestiona la acusación y el concepto mismo de cientificismo, argumentando que se trata de una simple etiqueta denigrante. Moran ataca también la noción de naturalismo metodológico, defendida por Pigliucci: la idea de que la ciencia se limita, necesariamente, a estudiar sólo el mundo natural, dejando fuera de su ámbito lo sobrenatural (si es que esto último existiera). Se trata, dice, de un truco sucio para limitar a la ciencia y evitar que cuestione a la religión… y la filosofía. (Y a continuación procede a atacar, afirmando que cualquier conocimiento que no sea científico –incluyendo la filosofía– no es conocimiento real, sino sólo palabrería hueca, “un castillo de naipes” que “no nos dice nada”.)

Wilkins, por su parte, le responde a Moran, en su blog Evolving Thoughts, que el cientificismo es en realidad la encarnación moderna del positivismo, aquel viejo y desacreditado intento por fundar la ciencia sobre bases absolutas e indiscutibles, y explica que el naturalismo metodológico no es una limitación de la ciencia, sino su esencia misma: no se puede estudiar científicamente algo que no sea observable y no presente regularidades. (Lo cual no impide, añade, que aborde aquellos aspectos relacionados con fenómenos supuestamente sobrenaturales que se puedan prestar a ser analizados científicamente, como por ejemplo hacer estudios para ver si la oración de terceros puede tener algún efecto curativo en los enfermos.)

La discusión, por supuesto, es absurda. Ambos bandos están a favor del estudio racional del mundo. Pero caen en malentendidos, como cuando Moran confunde la crítica al cientificismo con una defensa de la seudociencia o incluso de la anti-ciencia (la idea de que el desarrollo científico-técnico es intrínsecamente nocivo). Y al sentirse atacados, caen en el peligroso juego de competir a ver quién es mejor.

No hay duda: hasta las mentes más cultivadas pueden caer en debates absurdos. Pero incluso entonces, escucharlas suele ser muy interesante.

 

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About the author

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UCV "San Vicente Mártir".
Autor, entre otras obras, de "Los Nuevos Redentores" (Anthropos, 1987), "Tecnología y futuro humano" (Anthropos, 1990), "La violencia y sus claves" (Ariel Quintaesencia, 2013), Bancarrota moral (Sello, 2015) y "Técnica y Ser humano" (Centro Lombardo, México, 2017).

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