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En la festividad de Santo Tomás de Aquino, por Ignacio Sánchez Cámara

Reflexiones sobre la universidad

Ignacio Sánchez Cámara

En primer lugar quisiera hacer una breve comparación entre la Universidad de París del siglo XIII y la situación espiritual de nuestro tiempo.

En segundo lugar, haré una reflexión sobre la misión de la Universidad según Benedicto XVI, tomada de algunos de sus principales discursos, que me parecen admirables.

Y, por último, una pequeña conclusión, y siempre teniendo como trasfondo la realidad de nuestra querida Universidad.

En su intervención en este mismo acto, nuestro Obispo y Vicecanciller, Monseñor Esteban Escudero, ha trazado un cuadro magnífico de la situación de la Universidad de París, que es la Universidad por antonomasia en la Europa del siglo XIII. Lo cierto es que uno de los rasgos de ese tiempo, de esa época, que no se da ya en la nuestra, es que todas las universidades vivían la misma experiencia, cosa que no sucede hoy.

Posiciones ante el aristotelismo

tomas_de_aquinoLo cierto es que ante la recepción de la filosofía de Aristóteles, que parcialmente y en su mayor parte era desconocida en Europa en ese momento, cabían, en principio, dos opciones.

Una, el rechazo del aristotelismo como algo inadecuado, pagano, ajeno a la fe cristiana e incompatible con ella, de lo que se puede prescindir. Otra, una adhesión prácticamente incondicional, que podía llevar, si no a la pérdida de la fe, desde luego a la heterodoxia o a la herejía. Se acepta o se rechaza el aristotelismo. Y, como sucede casi siempre, cabía una tercera posibilidad en la que, a lo mejor, pocos repararon y que resultó ser la más fértil, y que fue el intento de síntesis, de armonizar lo que aparentemente parecía irreconciliable. Y esa fue la obra de Santo Tomás. Una obra que hay que calificar como estrictamente innovadora. La opción conservadora consistía en la estrategia de defensa, consistente en que no toquen lo que ya tenemos, nuestra fe y nuestra seguridad, Y él se atrevió a un diálogo fecundo con un filósofo pagano que, a su juicio, entrañaba la encarnación de la suprema verdad racional en su época.

Ahora, lo que me interesa destacar es que en ese tiempo había un trasfondo cultural compartido, que era el cristianismo, y luego discrepancias y debates intelectuales libres, vivísimos y muy ricos, pero con un ingrediente esencial común: todos sabían de qué se estaba discutiendo y compartían unas convicciones.

La situación en nuestro tiempo

Lamentablemente, en nuestro tiempo no parece que la situación sea ésta. Para empezar carecemos, creo, de una visión de la realidad fundamental compartida por todos y, en el caso de que la hubiera, no parece que esa sea la visión cristiana del mundo y, por lo tanto, no estamos seguros acerca de sobre qué estamos debatiendo hoy, de cuál es el conjunto de convicciones compartidas y, en consecuencia, quiénes son los interlocutores en los debates actuales. Incluso, a veces, nos asalta la duda de si hay verdaderos debates intelectuales o, más bien, un intercambio de afirmaciones que no tienen sentido para el otro interlocutor.

Martin Heidegger (Infografía)

Martin Heidegger
(Infografía)

También podríamos preguntarnos ¿cuál es el aristotelismo de hoy? ¿Tenemos una doctrina, una teoría filosófica, o de otro tipo, que realmente pueda equipararse al aristotelismo y con  el que tengamos que dialogar necesariamente en nuestra Universidad? No lo sé. Pero si hay algo parecido a eso vendría a ser, probablemente, o la ciencia en general, la concepción científica de la realidad, especialmente la cosmología y la biología, que pueden suponer un reto para el cristianismo, o, desde el punto de vista de la filosofía, posiblemente Heidegger, porque es quien ha pensado con mayor radicalidad en el siglo XX . Hasta el punto de que algún historiador de la filosofía ha podido decir que él es el único que, en nuestro tiempo, ha pensado como lo hicieron Aristóteles o Kant en el pasado. Pero, evidentemente, la filosofía de Heidegger nos plantea muchos problemas y retos, pues no se trata de una filosofía cristiana. Y, a lo mejor, en diálogo con él, podemos alcanzar su nivel de radicalidad pero corrigiéndolo, criticándolo en aquello que debe ser criticado. El problema es que, como ha afirmado Alasdair McIntyre, vivimos de retazos de realidades que algún día tuvieron sentido, que formaron una unidad y que hoy, aisladamente, no lo tienen.

Entonces, lo primero que habría que hacer en la Universidad es intentar recuperar esa concepción compartida, rehacer los restos del naufragio y volver a construir el barco y lo que él contenía. Que ese barco sea cristiano es, evidentemente, lo que pensamos los que lo somos, pero, en cualquier caso, hay que recomponerlo. Porque hoy no podemos acogernos, como sí era posible en el siglo XIII, a la teología como referencia. Porque entonces era una visión compartida. No unánime, claro, porque la entendían de forma distinta, pero todos tenían eso como referencia. Hoy no es así y, por lo tanto, el debate tiene que ser filosófico o fundamentalmente filosófico, sin que eso signifique evidentemente el arrinconar o prescindir de la teología. Pero el problema es que la teología hoy no constituye un conjunto de supuestos compartidos, es decir, que no son compartidos unánimemente por los que intervenimos en los debates académicos, intelectuales o, incluso, periodísticos.

La Universidad según Benedicto XVI

¿Cómo intentar hacer todo esto? Pues una buena guía, no siempre va a ser Ortega y Gasset, una buena guía puede ser Benedicto XVI, al que la Iglesia Católica ha tenido la fortuna de tener como Papa durante unos años. Y afirmo, por no ser excesivamente tajante, que se trata de uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo y eso es para los que nos dedicamos a estas cosas una gran fortuna. Y precisamente se puede buscar la misión de la Universidad en algunos de sus más importantes discursos, conocidos seguramente por todos (Ratisbona, La Sapienza, Westmisnter Hall, Reichstag, el Encuentro Europeo de Jóvenes Universitarios en el Vaticano en 2007 o el discurso a los jóvenes universitarios al final de la Misa en San Pedro también en 2006, o en El Escorial en 2011)

Bien podría ser el tema para una lección, pero evidentemente ni puedo, ni debo, ni es pertinente hacerlo ahora. Simplemente voy a rastrear algunas de las afirmaciones que hace el Papa Benedicto XVI sobre la Universidad; algunas evidentemente son compartidas probablemente por otros muchos pero me interesa destacar que es él el que las hace suyas.

En primer lugar, afirma que las universidades son comunidades comprometidas en la búsqueda incansable de la verdad. Así, buscamos algo de lo que carecemos, por lo menos, de lo que carecemos de forma plena. La Universidad está llamada a ser la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Las Universidades están vinculadas exclusivamente a la autoridad de la verdad; expresan el afán de conocimiento propio del hombre. El impulso del que nació la Universidad  (occidental pero es tanto como decir la Universidad sin más) fue el cuestionamiento de Sócrates, la indagación, la búsqueda de la verdad, la crítica libre, la argumentación, el debate sereno, la razón. Y no es casualidad, dice Benedicto XVI, que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el logos por quien todo fue hecho. Pero también reconoce la autonomía de la filosofía. Y aquí entramos otra vez, una vez más, en las relaciones entre la razón y la fe. La autonomía de la filosofía, que no tiene por qué oponerse a la fe pero que no puede partir de ella, consiste en que lo propio de ella es carecer de supuestos, cuestionarse todo, no dar como verdadera ninguna verdad que no se haya podido justificar. Y esto, evidentemente, la diferencia de la teología. Esto no quiere decir que no pueda efectivamente llegar a conclusiones comunes, incluso a muchas, pero constituyen caminos diferentes. Se trata de una búsqueda de la verdad y del bien pero a la luz de la sabiduría divina y ella que estar presente en la Universidad pero, en la búsqueda de la verdad, nos ilumina pero no partimos necesariamente de ella. Además los profesores tienen, tenemos, que encarnar la virtud de la caridad intelectual. Porque, cómo no, la caridad lo penetra todo y está en todo. Debemos, y eso no constituye la situación de nuestro tiempo, por eso hay que insistir en ello, volver a recuperar la unidad del saber frente a su fragmentación. Y esta es tarea de la Universidad. Hacemos, sin duda, avanzar el saber, pero se trata de un saber fragmentado. Tenemos que recomponer todas las piezas. En definitiva, recuperar  la unidad del saber que es una de las tareas de la flosofía.

La misión de un profesor no es exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces ni el logro de la mera capacitación técnica. En contra de esta visión utilitarista de la educación el Papa Benedicto escribe:

sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas, desde los abusos de una ciencia sin límites mas allá de ella misma hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo del poder. En cambio, la genuina idea de universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano. También le corresponde a la universidad proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres. No sólo enseñarlo, sino también vivirlo y encarnarlo. Y precisamente para eso la juventud es el tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con lo verdad.

Ya lo decía Platón: “busca la verdad mientras eres joven porque si no lo haces después se te escapará de entre las manos”. Esto es lo que tenemos que hacer en la universidad, que los jóvenes puedan acercarse a la verdad, atraparla sin que se les escape de las manos. Por eso el Papa anima a “no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad.”

caritas_in_veritatePara esto, es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad; pues

no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor (Caritas in veritate, n. 30).

En segundo lugar, hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (Cfr. Mt 5, 13-15).

“No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios” (Manuel II). No puede haber nada en la razón que aleje de Dios, ni nada que aleje de Dios es racional.

Cristo vino a dar respuesta al problema que agobiaba y preocupaba a los filósofos. No sé si forzando un poco la hermenéutica, el prólogo del Evangelio de San Juan se puede interpretar, en cierto modo, como una respuesta desde la fe, desde la experiencia de Cristo a un problema filosófico. “En el principio era el logos”. Un logos que podemos traducir por ´palabra´ o también por ´razón. En definitiva lo que dice San Juan es que ese logos que buscan los filósofos es Dios. Ahora bien, esa respuesta de un Dios concreto hecho hombre es una respuesta que solo la fe puede mostrar, pero hasta ahí el camino lo puede recorrer la propia inteligencia. Según Benedicto XVI

quien quiera llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas

En definitiva el Papa invita a que la Universidad contribuya a la forja de un nuevo humanismo, que en cierta medida ha existido pero que se encuentra extraviado o despreciado. Y es esa la principal contribución que puede hacer el cristianismo a la cultura de nuestro tiempo: la recuperación de un nuevo humanismo. Y por eso el cristianismo nunca puede ser relegado, sin cometer injusticia, al ámbito del mito, pues es la religión del logos. Por este motivo Benedicto XVI defiende con enorme firmeza y rigor intelectual que el encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no es una mera casualidad, sino que era  providencial. El cristianismo ya en su origen tiene un componente filosófico griego porque nace también de esa fusión entre filosofía y religión. Precisamente por eso Ratzinger se opone a lo que él considera un programa deliberado de deshelenización del cristianismo y afirma:

Así llego a la conclusión. Este intento, realizado sólo a grandes rasgos, de crítica de la razón moderna desde su interior, de ninguna manera incluye la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración, rechazando las convicciones de la época moderna. Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en el campo humano.

Y concluye reivindicando la armonía entre la fe y la razón. Una y otra se necesitan.

A modo de conclusión

K. Jaspers (Infografía)

K. Jaspers
(Infografía)

Concluyo con la lectura de un filósofo cristiano, Karl Jaspers, que, hablando sobre la universidad decía:

la universidad no es una iglesia, ni una orden, ni un misterio, ni el lugar para la actividad de profetas y apóstoles. Su principio fundamental es proporcionar en el campo espiritual todas las herramientas y posibilidades, guiar hasta los límites remitiendo al estudiante a sí mismo, a su propia responsabilidad en todo lo decisivo. Responsabilidad que sólo es despertada precisamente por el conocimiento y elevada así al conocimiento más alto posible y hasta la conciencia más clara de su significado. Dentro de su ámbito ella no reconoce ninguna autoridad, sólo respeta la verdad

en sus infinitas formas, esa verdad que todos buscan pero que ninguno posee definitiva y acabadamente.

Termino. No cabe mayor autoridad. “La verdad os hará libres”, nunca esclavos. Sin libertad no hay verdad, porque es la verdad la que nos hace libres.

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