La manipulación del lenguaje

en relación con la identidad de la mujer

 

El poder de las palabras. Imagen 1

 

(…) en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario (G. Orwell).

 

Relevancia del tema

 El asunto de la manipulación en general reviste una importancia enorme debido a que se trata de un fenómeno omnipresente. En cuanto a su desplegarse través del lenguaje, no estimemos que ello implica el que se reduzca a las meras palabras, pues de estas salta a la acción, dado que pensamos con ellas, con el lenguaje. Es más, el lenguaje influye en la forja de nuestra identidad, de manera que manipularlo comporta manipular la propia identidad femenina. Con acierto aseveró Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Cuando se limita nuestro lenguaje, se nos limita a nosotros mismos.

Ahora bien, actualmente, asistimos a una descarnada manipulación del lenguaje a causa de determinadas ideologías; estas pretenden alcanzar el control social, en concreto respecto al terreno de las relaciones entre la mujer y el varón, la sexualidad y la identidad personal. 

 

Estrategias manipuladoras por medio del lenguaje

Un gran experto actual en el asunto de la manipulación a través del lenguaje lo encontramos en el filósofo Alfonso López Quintás[1]. Este pensador ha enseñado que el lenguaje está hecho originariamente para el encuentro, para la creatividad, el amor y la relación; pero que muchos aprovechan su carácter ambiguo, su poder bifronte, con el fin de convertirlo en una vía para el enfrentamiento, el odio, el desencuentro, la destrucción.

Este autor describe numerosos medios de manipulación del lenguaje, como el recurso a ciertos términos talismán, los esquematismos o dilemas, las técnicas y estrategias manipuladoras (como el etiquetado descalificador y la burla sarcástica del otro, el intrusismo profesional, la redefinición de los conceptos, etc.), o las falacias.

Generalizaciones

Una falacia muy utilizada respecto de las identidades femenina y masculina se basa en afirmar que todas las mujeres o todos los hombres son iguales, y acto seguido se asigna a cada sexo un defecto o deficiencia, después se argumenta que alguien concreto es hombre o mujer, para concluir entonces que tal persona indefectiblemente adolece de dicho defecto. Asimismo, puede usarse esta falacia en sentido inválidamente positivo, atribuyendo por sistema una cualidad valiosa a alguien solo por el hecho de que este forme parte de determinado colectivo. Se trata obviamente de “generalizaciones”. En realidad, no hay dos personas idénticas, cada una encarna un sujeto único e incomparable.

Términos talismán con prestigio social

Hay, hoy, sin duda, términos talismán, prestigiosos socialmente, con los que se intenta manipular respecto de la mujer. En especial, se utiliza el prestigio de vocablos como libertad, liberación, autonomía, decisión, poder-empoderamiento… para lanzar mediante su uso a las mujeres hacia una dirección: la “independencia” absoluta y sin matices respecto del varón o de cualquier otra instancia que se crea limitadora de sus derechos e identidad (como la moral, los valores, la familia incluso, la maternidad, la feminidad, la Iglesia, etc.). En realidad, hombre y mujer son “inter-dependientes”, en cuanto complementarios física, psicológica y hasta espiritualmente. Nos enriquecemos al relacionarnos, y nos empobrece esta separación o enfrentamiento.

Realidades complementarias presentadas como falsos dilemas

Otra estrategia manipuladora es la de presentar como dilemas u opuestos a palabras, nociones o realidades complementarias; así, masculino-femenino, varón-mujer, libertad-responsabilidad, etc. Estos pares de nociones no se excluyen como términos contrapuestos en un sentido absoluto o radical, que se enfrenten por naturaleza. La mujer y hombre no constituyen realidades opuestas en este alcance, sino diversas, no se trata de realidades confrontadas de suyo, sino “diferentes”, llamadas a encontrarse, relacionarse de una manera fecunda entre sí.

Esta complementariedad de los diferentes se ve reflejada en el texto bíblico en el Génesis, tal como recuerda la Teología del cuerpo de san Juan Pablo II (“esta sí es que carne de mi carne y hueso de mis huesos”). El lenguaje bíblico originario llama tanto a la mujer como al varón “adam”, humano, primero, y luego distingue entre “ish” (para el varón) y el ish-shah (mujer), dos términos que revelan la diferencia y a la par la proximidad, la cercanía y la distinción entre ambos, en resumen su honda inter-conexión íntima.

Hay que captar que la diferencia, la “alteridad” –en términos de E. Lévinas- nos enriquece, no nos reduce. El ser diferente del otro me aumenta, nuestra relación con el diferente nos ayuda a progresar, la unión que se forma supone un incremento de valor. “Cuando difiero de ti, lejos de disminuirte, te aumento”, recordaba el lingüista Álvaro Arroyo. El lema de la UE es, por esto: “unidos en la diversidad”. Confrontar los sexos supone un empobrecimiento mutuo. En la película “La costilla de Adán”, el protagonista concluye exclamando “Vive la difference!” (¡Viva la diferencia!), tras las disputas vividas, a lo largo de la cinta, entre varón y mujer. Esta expresión recoge un gozo, un deleitarse en el otro sexo diferente, un apreciar y admirar su valor.

 

El lenguaje transformado en un campo de batalla

Reivindicaciones anti-machistas

Manipulación del lenguaje
Viñeta de El Roto publicada en El País el 18.V.2022. Imagen 2

Existe un empeño suicida, relacionalmente hablando, por implantar un lenguaje nuevo, una “neo-lengua”, que se construye ideológicamente, como instrumento de una revolución anti-patriarcal, reivindicativa de una supuesta superación del machismo y la dominación masculina. Sin duda, el machismo debe ser combatido y derrotado, pero la artificiosa construcción de una lengua revolucionaria e ideologizada no constituye el camino adecuado para ello, sino que tiene un pernicioso efecto boomerang y disgregador.  En el periódico El País, el 18 del 5 de 2022, en una viñeta de El Roto, aparecía un niño en brazos de su madre y esta respondía a una pregunta del primero diciendo “No, hijo, nacer niño no es machismo”, a lo que él insistía todavía dubitativo preguntando “¿De verdad?”. Esto muestra, simbólicamente, hasta qué extremo están llegando los excesos de este anti-machismo que lo tinta todo de sospecha, recelo y desconfianza.

Algunos ejemplos de la supuesta lucha contra el machismo a través del lenguaje

Así, este nuevo lenguaje, supuestamente a causa de su anti-machismo, rechaza el uso del masculino plural, como genérico que abarca al hombre y la mujer, llevándonos a duplicidades y situaciones absurdas. Se dice que esto se opera en pro de gestar un lenguaje “inclusivo”, mas claramente es al revés, ya que se separa o divide.

El término “hombre” incluye al varón y a la mujer, es inclusivo de suyo (recuerdo el caso de una directora de una revista titulada “Comunicación y hombre” que se negó a cambiarlo por el de “Comunicación y persona”, a pesar de las presiones sufridas). De hecho, también, a su vez, el término “persona”, acabado en “a”, incluye al varón y a la mujer en su seno, y sería ridículo querer ahora escribirlo asimismo como “persono”. El genérico “humano” no necesita duplicarse en humano y humana, al unirlo al de ser, y decir “la mujer es una ser humana”.

Como tampoco el de “ser” o “sujeto” debe transformarse en “sera” o en “sujeta”. “Padres” incluye al padre y la madre, “hermanos” a cualesquiera de ellos con independencia de su sexo, “todos” a unos y otras, igual que “compañeros” o “profesores”. Son inclusivos, y mucho más que la constante duplicidad fracturadora que obliga hoy a escindir y a reiterar las expresiones. Incluso en la universidad, resulta exageradamente cansado esta forma dual de dirigirse al conjunto; con expresiones como “estimadas profesoras y profesores” (en vez del genérico inclusivo “estimados profesores”), o “estimadas alumnas y alumnos”, “queridas todas y todos”, etc. Por lo mismo, sería absurdo querer alterar expresiones genéricas como “colegas” y usar “colegas y colegos”, etc.

El peligro de convertir el lenguaje en terreno de enfrentamiento

A este respecto, antes incluso que los meros términos y expresiones con los que se manipula lo concerniente a la mujer, o más allá del empeño citado de re-construir o revolucionar el lenguaje, debemos advertir la gravedad del hecho de convertir nuestro lenguaje en un campo de batalla entre los sexos. Este polarizarlo como un terreno de enfrentamiento o pugilato entre sujetos opuestos y adversarios, este transformarlo de un lugar de encuentro en un escenario de confrontación, resulta destructivo.

Por ejemplo, investigaciones en torno al lenguaje en relación con la violencia de género, revelan que en lugar de amenguar la violencia el lenguaje en clave de género –ideologizado- (que suplanta la identidad sexual por un género en sentido fluido y variable a capricho del sujeto) lo que hace es incrementar indirectamente la violencia y no desactivarla. Esto, ya que no defiende a la mujer propiamente, sino que convierte a las personas y sexos en rivales, enemigos, adversarios. Una mujer maltratada por un sujeto transgénero, que implique un varón morfológicamente alterado y que presenta determinado aspecto femenino, continúa sufriendo violencia “machista” afectivo-sexual, a pesar del aspecto de algunos órganos del segundo.

La lucha de clases marxista sustituida por la lucha de sexos por medio del lenguaje

El lenguaje, en fin, así manipulado, se convierte actualmente en un destructivo campo de batalla. Se blande como un arma. La lucha de clases de la dialéctica marxista se substituye, culturalmente, en nuestro tiempo, por una lucha sin cuartel entre los sexos y por una ideología radical de género, que buscan nuevos chivos expiatorios en su victimismo culpabilizador, y que despliegan toda una ingeniería social, tal como explica A. Barahona[2]. Ya Stalin afirmó, en efecto: 

De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario.

 

Más sobre el lenguaje de género

Una incorrección lingüística

Acerca del lenguaje pro género ideologizado cabe añadir varias consideraciones en torno a su poder disgregador en lo relacional. Para empezar, hay que advertir que ya la Real Academia Española ha dictaminado la incorrección de la trasposición del propio término “género” desde lo lingüístico a otras esferas, pues lo que presenta realmente un género u otro son las palabras.

La ideología de género hace una manipulación del lenguaje
Lenguaje inclusivo. Imagen 3

Una minusvaloración de la identidad femenina

También, debe admitirse que este tipo de lenguaje, artificialmente forjado, se funda en la intención: la de substituir la diferencia sexual natural por el constructo voluntarista individual de una nueva morfología sexual, un sexo o sexualidad electivos. En ello, el sexo femenino original se pretende cambiar, se lo quiere dejar atrás. O bien, puede aspirarse a la inversa a presentar como mujer real a quien, partiendo de una identidad original sexual masculina, aspira a verse y a ser visto como tal mujer. En sendos casos, estos procesos pueden indicar ya de suyo una minusvaloración de la identidad femenina, al menos en cuanto originaria o identidad de partida. Por esto, el feminismo tradicional se opone a determinadas corrientes “transgénero”, pues juzga que estas no defienden propiamente a la mujer, frente al abuso masculino, sino la identidad de género individualmente construida.

Alguien transgénero es lógicamente transgénero, pero antes nada es persona; en otras palabras, es lo que es, es quien es. Y ello no debe comprenderse nunca como merma para su dignidad de persona. En efecto, su dignidad no está en que se le tenga o no por mujer u hombre, no se halla en función de la mirada o categorización de los terceros, sino que va mucho más allá. Su dignidad radica en un fondo más hondo; se funda en su propio e irrepetible “ser personal”, en su valor de persona, en su “unicidad”, sea cual sea su apariencia o situación.

¿En qué consiste ser mujer?

Además, estas supuestas transformaciones identitarias abren en nosotros determinados interrogantes. Entre tales preguntas figuran, por ejemplo, las que siguen: ¿Quien cambia su apariencia, para presentar un cuerpo semejante al de la mujer, es, por hacerlo, ya una mujer en su pleno sentido? ¿Desear ser mujer representa algo idéntico a serlo realmente? Incluso ¿ser una mujer se reduce a “sentirse mujer”? ¿En qué consiste tenerse, experimentarse, vivirse a sí como mujer? ¿No supone esto un conjunto muy complejo de elementos, irreductibles a nuestro solo aspecto externo o a nuestra emoción interna? Acaso, ni ser mujer se reduce por entero a un simple sentimiento, ni la mujer constituye solo un cuerpo. Ser mujer no puede equivaler a tener un cuerpo “similar” al de la mujer, pues la feminidad o el ser integral de toda mujer implica mucho más.

A causa de la complejidad de este asunto y de algunos de los desequilibrios y desigualdades que causa, el Consejo General del Poder Judicial español informó negativamente la propuesta legislativa de la llamada ley trans, precisamente para proteger a la mujer y la identidad femenina.

Reducción de la mujer a la dimensión corpórea

La mujer es corpórea, pero además su ser posee dimensiones diversas de la material o física y morfológica. No es extraño, por tanto, que mujeres que compiten con deportistas trans de morfología femenina, pero características diversas a las suyas en otros órdenes como el físico y genético, dado su origen de varones, denuncien lo injusto de esta desigual competición. En otro orden de cosas, con frecuencia, en relación con el aborto, se escuchan aseveraciones tales como “en mi cuerpo mando yo”, “nosotras parimos nosotras decidimos”. Sin embargo, cabe apreciar que ni el feto ni quien grita tales consignas constituye “solo” un cuerpo, sino al menos dos, y además lo que existe es una corporeidad de tu persona o ser integral y del otro, no meros cuerpos impersonales.

Cosificación y manipulación

Todos estos ejemplos nos ofrecen muestras de “reduccionismo” de lo humano a lo corporal, ahora bien, reducirnos a meros cuerpos implica desposeernos del valor o dignidad de personas, cosificarnos, tratarnos como simples objetos o medios para lograr fines o metas, instrumentalizarnos. Mas, usarnos de este modo equivale a manipularnos.

Frente a esto, hay que insistir en que nuestro cuerpo no constituye la única y sola dimensión de nuestro ser e identidad humanos completos; pues poseemos una naturaleza muy compleja y rica. No se nos puede “limitar” por completo a nuestro cuerpo, totalmente; nuestra identidad y ser no se limitan de manera absoluta a ello. Reducirnos en este sentido implica des-personalizarnos, intentar cosificarnos, de acuerdo a una deshumanizadora estrategia. Testimonios extremos de esta reducción manipuladora se encuentran en las experimentaciones con seres humanos en los campos de exterminio (cf. Diario de una amistad de Wanda Poltavska[3]), en las incineraciones sistemáticas en hornos o en las ejecuciones masivas y los enterramientos colectivos en fosas comunes (cf., frente a ello, la obra cinematográfica basada en hechos reales: “El hijo de Saúl”).

 

¿Tergiversación del derecho?

Confusión de derechos y deseos

Por otro lado, se habla en nuestra época del “derecho a ser mujer” de quien en origen no lo es. Sin embargo, esto constituye en principio antes de nada un deseo. Mas, los derechos no son lo mismo exactamente que los deseos o aspiraciones. No hay un derecho en cuanto tal a tener un hijo o a ser madre, en sentido literal, en cuanto el hijo no es una cosa que quepa obtenerse o apropiarse como un objeto (en todo caso, sería un derecho a que otro no impida engendrar hijos, etc.). Derecho y deber, derecho y realidad, van de la mano.  Existe en fin una clara manipulación del término “derecho”, y esto afecta al tema de la manipulación del lenguaje respecto a la identidad de la mujer.

Un derecho no se inventa, se reconoce a partir de una realidad. ¿Por qué? Pues porque todo derecho se vincula con el valor de lo justo. Reconocer un derecho consiste en practicar la virtud de la justicia: dar a alguien lo que ya es suyo. Por esto, cuando el lenguaje actual técnico-jurídico se llena de expresiones que exhiben la extensión o el expansionismo de cierto afán intervencionista o tendencia al control social, tales como la de “cuotas”  -llamadas de género- en todas partes (en los consejos directivos, en los tribunales de todo tipo, en los gremios y profesiones, etc.); o como el de “la discriminación inversa o discriminación positiva” (que ya en su literalidad revela su tenor cuestionable por posible generación de una nueva injusticia y su carácter de oxímoron o auto-contradicción), etc., claramente observamos que se está “retorciendo”, instrumentalizándolo de un modo interesado, traicionando su sentido.

Estas estrategias de manipulación del lenguaje son contraproducentes

ejemplo de las consecuencias de la manipulación del lenguaje
G. Orwell, Rebelión en la granja. Imagen 4

Por otra parte, históricamente sabemos que estas estrategias, al final, resultan contraproducentes para los colectivos a los que presuntamente se buscaba promover dados los efectos segundos que provocan. No se debe contra-programar política o ideológicamente el lenguaje, reformularlo de un modo ideológico, pues se lo transforma en un artefacto de control del pensar y vivir humanos. Esto es lo que se refleja en obras de Orwell como 1984 o Rebelión en la granja[4], que desenmascaran esta corrupción de las palabras desde los centros de poder y sus nefastas consecuencias.

La «igualdad» como paradigma de la instrumentalización del lenguaje

Existe un término, en este sentido, que representa el paradigma de esta instrumentalización del lenguaje: el sufrido vocablo de “igualdad”. Claro que la igualdad es un gran bien, sin duda; pero siempre dentro del respeto de la justicia. Sin justicia, la igualdad queda desprovista de su valor moral, siembra la discriminación y, al final, el conflicto. La bandera de esta palabra se blande como si fuera un término talismán o un tótem de la cultura actual, hay una idolatría de la igualdad como denunció Adrados. La igualdad ha de promoverse, sin duda, la igualdad entre el hombre y la mujer, en muchos aspectos y terrenos, pero siempre respetando las diferencias justas y, además, tiene que equilibrarse con otro valor: el de la libertad.

“Debemos instalar la libertad en el corazón mismo de la igualdad”, sostuvo el filósofo Norberto Bobbio; y Viktor Frankl recomendó, a su vez, que en EEUU se construyera en la costa oeste una estatua de la responsabilidad, que equilibrara a la ya existente de la libertad en la costa este; pues bien, a imagen de esta recomendación suya, aquí, sostenemos la conveniencia actual de estimar la posible coexistencia recíproca de dos efigies: la de la igualdad y la de la libertad. Y es que, en efecto, ambos valores se necesitan mutuamente. Por esto, hay que extremar el cuidado para no deslizarse desde la igualdad al “igualitarismo”, que constituye un abuso de lo igualitario (o de la libertad al libertinaje).

La obsesión por la igualdad conlleva injusticia

Recordemos el apotegma: “No hay mayor injusticia que tratar igual a lo desigual”. Esto deriva del hecho de que la justicia del Derecho se describe como “la igualdad de los iguales, y la desigualdad de los desiguales”, pues se logra realizando las “distinciones justas”. Igualarnos está bien, en principio, mas nunca violando la realidad y nuestra libertad fundamental. Hoy, se exclama el slogan único y monotemático “¡Queremos igualdad, igualdad, igualdad!”; cuando sería mucho más ecuánime expresar que se quiere justicia, libertad y cuantos valores éticos resulten fecundos.

El Derecho y lo justo reclaman distinguir, diferenciar, no confundirlo ni mezclarlo todo; así, el lenguaje también está llamado a ser preciso y agudo en sus distinciones, a riesgo de incurrir si no en la indiferenciación, la masificación. Por ejemplo, la obsesión del igualitarismo confundente se muestra en la insistencia en acabar las palabras con la arroba (“@”) –como en “estimad@ o querid@ amig@”-, a fin de abarcar a cualquier sujeto en este saco ambiguo y borroso del género impreciso o polivalente, cuando este signo no constituye una letra de nuestro alfabeto tal como ha denunciado la RAE.

Otro ejemplo de lenguaje manipulado presente en la vida cotidiana

Sobre el tema de hasta qué punto invade nuestra vida cotidiana y nuestro hogar esta fiebre de un lenguaje políticamente correcto otro ejemplo: en los botes de Cola-cao de su campaña anti-bullying, en grandes letras aparece el mensaje:

La fundación cola-cao empodera a l@s niñ@s… para construir una sociedad más diversa.

Pues bien: claro que hay que combatir el bullying desde una etapa temprana, y que la publicidad y los productos comerciales pueden ayudar; pero la arroba no es quizás el mejor camino para ello, por cuanto precisamente no representa un lenguaje correcto lingüísticamente, además no asume nuestras legítimas diferencias sino que las anula suprimiéndolas, y encima el mensaje de empoderar simplemente para una sociedad más diversa claramente comporta una terminología sesgada, ya que de lo que se trata no es de promover la mera diversidad, sino algo mucho más relevante desde el aspecto ético como es de desarrollar una sociedad más justa.

Se acaba desvirtuando la función principal de lenguaje

En suma, hay que aquilatar y contrabalancear la vivencia del conjunto de los valores, no centrarlo todo solo en uno solo. Y esto reclama hacerlo primero con nuestro lenguaje o nuestra forma de comunicarnos. Insisto en que el lenguaje existe para relacionarnos o encontrarnos con nosotros mismos –con nuestra identidad- y con los otros, por lo que convertirlo en desencuentro y fractura de vínculos comporta volverlo contra su misma esencia, violentarlo de un modo fundamental. Ahora bien, si violentamos nuestro lenguaje lo transformamos en un instrumento, a su vez, para violentar a otros y a nosotros mismos, en “violencia”. Mas la violencia representa lo contrario del encuentro, de la relación, de la unión.

 

¿El lenguaje de una descarnada propaganda pro género?

Un texto precursor de la manipulación del lenguaje pro género es el conocido de Engels:

El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer, unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino[5].

Si analizamos este mensaje captaremos cómo se articula en torno a un doble eje, que configuran dos términos cargados de connotación negativa: antagonismo y opresión. Estos se asocian en el texto al término “masculino”. Con lo cual, claramente este queda desacreditado. He aquí un evidente ejemplo de puesta en práctica de las técnicas y estrategias de las que ya hemos tratado. Ante todo, reparemos en cómo este enfoque ideológico y manipulador -que guía el feminismo radical o revolucionario de la negación del valor del otro, del diferente- promueve la contraposición, la lucha entre los sexos. De aquí, su concebir la relación entre los sexos masculino y femenino como “antagónica”, en lugar de integrar estos conceptos en un par de términos diversos, mas complementarios. Incurre, pues, en construir un dilema de nociones supuestamente irreconciliables y antagonistas –rivales-enemigas- que excluyen su encuentro, el diálogo entre las mismas.

Abuso de la manipulación del lenguaje en la ideología pro género

Ejemplo de descalificación por la manipulación del lenguaje de la ideología pro género
A. Shrier. Un daño irreversible. Imagen 5

Pues bien, esta técnica manipuladora se ha trasladado e incrementado a través de su abuso en el lenguaje ideológico pro género. De acuerdo con ello, ya no es que el otro sexo se categorice directamente como violento y enemigo, sino que se descalifica del mismo modo a cualquier persona, con independencia de su sexo y orientación sexual, que no asuma como suyos los postulados de la ideología pro género.

Para realizar con éxito esta “cancelación” o descalificación, este ataque capaz de invalidarnos y destruirnos a cualquiera –como revelan los ataques cancelatorios y el discurso del odio proyectado contra la escritora Rowling, autora de la serie de Harry Potter- el término clave es “fobia”. A partir de esta noción –que implica un rechazo hacia algo visceral, y así representa un rechazo irracional, injustificado, mecánico, instintivo, impulsivo, no argumentado- se elaboran expresiones construidas estratégicamente como “homó-fobo/a”, y hoy ya “trans-fóbico” y “LGTBI+-fóbico2”. ¡Ay de todos aquellos a quienes se les aplique, hoy, esta etiqueta moral descalificadora! Enseguida, se verán excluidos y perseguidos, sin piedad ni medida, y no solo en las redes sociales y en los media, sino hasta en sus propios lugares de trabajo, en sus ámbitos de relación o entornos más cercanos.

Una vez más, como aquí hemos denunciado, ello supone una manipulación, manipulación que llega a la persecución, el hostigamiento y el acoso de las personas que no comulguen con los postulados más extremos de lo LGTBI+. Esto fue, por ejemplo, lo sufrido por la autora norteamericana del libro Un daño irreversible[6], quien denunció los daños ocasionados por los procesos de cambio de sexo morfológico en determinados casos (ella ni siquiera lo rechazaba para la disforia sexual). Pues bien, se la linchó en todos los sentidos a causa de ello.

 

Conclusiones

La manipulación del lenguaje por parte de la ideología pro género

Todo lo dicho, en fin, nos revela lo falaz y destructivo del lenguaje manipulado y manipulador empleado hoy con frecuencia respecto a la mujer. Esto, junto a la intensidad de la furia y del odio que se contiene en quienes se lanzan contra aquellos que no comparten la ideología pro género y sus modos de expresión, quienes no logran que se los categorice con la etiqueta moral de lo políticamente correcto en cuanto al discurso pro género de determinados grupos. Se utiliza contra estos el látigo de este lenguaje manipulado para su flagelación social.

No se caiga en la ingenuidad de pensar que los activistas promotores de este uso manipulativo de un lenguaje etiquetador y descalificador solo aspiran a poder expresarse en libertad, adaptando el lenguaje a su gusto o según sus preferencias. No se trata solo de esto, no asistimos a una cuestión de libertad ni de simple capricho. Como hemos desvelado, el propósito nada oculto de esta manipulación del lenguaje descarnada e interesada ideológicamente, en el fondo, no es otro que la destrucción de los sujetos y lazos o relaciones que se desarrollan en clave de complementación desde la diferencia sexual. Ello, así como su substitución por un esquematismo de la confrontación y la rivalidad. Mas, ¿no tienen en justicia derecho a discrepar de tales consignas los sujetos, y pensar distinto?

Soluciones posibles

Formación, juicio crítico y desvelar lo verdadero

 Ahora bien: ¿qué podemos hacer para evitarlo? Obviamente, antes de nada, desactivar la manipulación, como se ha intentado aquí, desvelando sus procedimientos técnicos y esquematismos. En definitiva: manifestar lo verdadero a este propósito, aunque ello rompa tales esquemas, pues, como explicó Orwell, “en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”. Como para enunciar lo verdadero se requiere antes conocerlo, en este escenario de confusión generalizada, se precisa asimismo madurar en cuanto al criterio, desarrollar un juicio propio, un sentido crítico personal. Y, desde luego, formarnos en una “antropología” honda, fecunda y certera, que discierna adecuadamente nuestro ser y naturaleza, que promueva una relación entre los sexos integradora, del encuentro. Téngase en cuenta que un lenguaje manipulado, tal como se ha mostrado, promociona implícitamente una antropología ideologizada y, al emplearlo y verse generalizado, este gana la batalla cultural.

Fomentar la cultura y el lenguaje del diálogo y del encuentro

 También, hay que promover una cultura y un lenguaje “del diálogo y del encuentro”, una cultura cuyo eje se halle en la dignidad incomparable de la persona y en los valores de la fraternidad y de la paz. Nunca perdamos la esperanza en que la desactivación de estas manipulaciones se logrará, poco a poco, y que la verdad se abrirá paso.

Por ejemplo, no hace mucho en el Parlamento europeo comenzó a captarse el riesgo implicado por la extensión de la práctica de los denominados “vientres de alquiler” –eufemísticamente llamados “maternidad subrogada”-, y ello gracias a que se identificó parte de la carga negativa que implican a través de su asociación con un término revelador, el de “opresión reproductiva” (resolución de 2011)[7]. Esto, ya que se puso de relieve que, en la mayoría de los casos, las mujeres en situaciones económicas vulnerables se ven atraídas por las compensaciones económicas que estas prácticas comportan, y quedan expuestas así a esta clase de “explotación”; de ahí que se haya comprendido que ello debe limitarse. De manera que el hondo poder de la palabra, en este caso, colaboró a la verdad y a la justicia social, al verse empleado con rectitud.

Usar el lenguaje de la antropología del encuentro: el lenguaje del amor

Ciertamente, un potentísimo lenguaje ya no sólo pro género, sino pro-animalista, pro-trans-especie o pro trans-humanista, se alza pujante ante nosotros, amenazando nuestras relaciones. Pero también cabe “otro lenguaje”, un lenguaje en clave de armonía y de verdad, de reconciliación entre los diferentes, de unidad en la diversidad. Se trata de un lenguaje inspirado en una antropología del encuentro y también en las convicciones cristianas más hondas, que podemos y debemos desarrollar igualmente, promover sin fatiga.

Este lenguaje es sencillamente “el del amor”. Y no hay nada más inclusivo que el amor, pues el amor une a los diferentes sin confundirlos. Su voz se levanta, fuerte y tierna a la par, y nos interpela, llamándonos por nuestro nombre, para que lo vivamos y busquemos siempre el encuentro –no la estéril contraposición-. Respondamos, en fin, a su apelación y hagámoslo también con el lenguaje, con un lenguaje claro, preciso, fecundo.

 

[NOTA DEL AUTOR: El texto procede de la conferencia impartida en el Curso de Verano organizado por la Cátedra de la Mujer de la UCV sobre el tema Mujer e Identidad: Las Nuevas Tendencias Culturales a Debate (2930 de junio de 2022)]

 

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NOTAS

[1] López Quintás, A. (1987). El secuestro del lenguaje. APCH.

— (1988). Estrategia del lenguaje y manipulación del hombre. Narcea.

— (1998). La revolución oculta. PPC.

— (2015). La palabra manipulada. Rialp.

[2]Cf. “Nuevos chivos expiatorios”, A. Barahona, El Debate, 21-2-2022.

[3] Poltavska, Wanda: Diario de una amistad, Ed. San Pablo, Madrid, 2011.

[4] Orwell, G. (2006) Rebelión en la granja. Destino.

— (2017). 1984. La Otra H.

[5] Engels, F. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Editores Mexicanos Unidos, México, 1980, p. 72.

[6]Cf. Un daño irreversible: La locura transgénero que seduce a nuestras hijas, Abigail Shrier, Deusto, 2021.

[7] J. L. Bazán: “Términos y paradigmas: el lenguaje en el debate público”, tribuna en Alfa y Omega, 21 del 4 de 2022.

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