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LA REVELACIÓN ORIGINARIA: LA RELIGIÓN EN LA EDAD DE LOS METALES (x)

57.- La eficiencia de la palabra. Poder, saber y amar.

Dios es poder y lo que más se parece al poder es el poder, y por eso lo representan bien los astros, los animales, los padres, los chamanes y los reyes. Dios es saber y lo que más se parece al saber es el saber, y por eso lo representan bien la luz, el sol, los padres, los sacerdotes-astrónomos, los aedos y los maestros. Dios es amor y lo que más se parece al amor es el amor, y por eso lo representan bien las madres, las sacerdotisas curanderas, los médicos y en general los poderes civilizadores del amor.

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Enuma elish

La palabra como poder

El Enûma Elish babilonio, como el Génesis hebreo, es el relato de la creación y despliegue de los poderes cósmicos, de la aparición de los vivientes de la tierra, de las aguas y de los aires, y de la transformación de la sociedad desde las comunidades agrarias a las comunidades urbanas estatales, al espíritu como fuente del despliegue humano[1].

El tránsito del neolítico al calcolítico, es el tránsito al poder unificado, al monoteísmo, el nous, el rostro, la belleza, el logos y la conciencia. Esos son los requisitos de la revelación y ese es el contenido de la revelación misma. Dios es nous y poder, y se expresa en la palabra, en la cara, en el nombre, en la persona del verbo. 

Dios se manifiesta en la naturaleza de las criaturas

Dios se manifiesta y se expresa a sí mismo según su modo de ser, en la naturaleza de sus criaturas, según lo van exponiendo primero Platón y luego Plotino, Proclo y Dionisio. La vida y la luz de dios se manifiestan y se difunden a partir de cada una de sus manifestaciones y expresiones, a partir del sol, la luna y las estrellas, a partir de los vivientes y a partir de las almas de esos vivientes, de los espíritus.

Por eso todo es hierofanía, teofanía, todo lo que surge en el orden del cosmos, en el de la vida de la naturaleza y en el orden de la humanidad y de su despliegue. Primero Dios se manifiesta en las fuerzas cósmicas, luego se expresa en los vivientes, y finalmente se revela en los espíritus. Sólo esto último pasa a considerarse revelación y libro sagrado, lo que cuenta en palabras sobre lo que la realidad es en tanto que expresión verbal de Dios a los hombres.

Pero no todo es revelación

Solamente el relato que tiene voluntad e intención directa de contar a los hombres lo que la realidad es en tanto que manifestación de Dios, en tanto que revelación de Dios a los hombres, es relato sagrado, revelación. Y en la medida en que el relato es expresión deliberada y querida, es voluntad de donación, donación efectiva, amor.

El brillo y la voz son manifestación y expresión, y se pueden crear mediante el poder de la palabra, pero no son palabra. Solamente la palabra que se articula deliberadamente y cuyo significado se elige, cuyo “querer decir” se recorta y se precisa, mediante el albedrío y la convencionalidad, tiene significado y es palabra, y pone de manifiesto entre el hablante y el oyente una cierta comunidad de ser, pone de manifiesto que entre ellos hay una relación de libertad, igualdad y fraternidad, como se ha dicho antes. 

La palabra como saber y amor

La palabra, y especialmente la palabra divina, es poder, es saber y es amor. El lenguaje lo contiene todo en su esencia, y las palabras tienen el poder creador del uno y del ser. La revelación es indisociable de la teología y empiezan a la vez, porque no hay lenguaje sin conciencia del lenguaje, ni logos sin saber del logos, sin reflexión sobre el logos, aunque por pertenecer siempre al momento posterior llega después. La palabra revelada es donación, amor, porque se elige lo que se entrega, lo que se dice, según a quién se le dice.

A su vez, en el amplio universo de la revelación, no toda revelación es palabra dirigida por Dios a todos los hombres con intención y voluntad de hablarles a todos por igual, a la vez y de la misma manera. No toda revelación es “inspirada” o no toda es igualmente “inspirada”. Solo la que tiene ese carácter es propiamente la palabra sagrada y es la que se reúne y custodia en los “libros sagrados”.

Quizá la primera forma natural de revelación autoconsciente y refleja, o sea, de revelación realizada desde la reflexión, se encuentre en el Parménides de Platón, en cuanto que es una versión teórica y externa a toda institución religiosa de la tesis paulina (Romanos 1, 19-20) sobre la manifestación de lo invisible en lo visible[2]. Pero junto a Platón, y antes, puede decirse que hay “revelación” en ese mismo sentido en los ángeles, Hermes, Iris, y sus homólogos. La revelación empieza con los mensajeros de los dioses, aedos, profetas, oráculos, etc.[3]

 

 

NOTAS

[1]From, Erich, “The Anatomy of Human Destructiveness”, Cap. 8 Antropology, https://es.wikipedia.org/wiki/Enuma_Elish

[2]Cfr., “Más allá de la Dianoia, hacia el icono. Entre el pensamiento de la nada (Parménides, 132 bc) y cuando los nombres son cosas (Sofista 244 cd)”, en Antúnez Cid, J, ed., La representación. Jornada de filosofía, Madrid: Ediciones Universidad San Dámaso, 2015, pp.87-118.

[3]Cfr., Antón Pacheco, José A., Hermetismo cristiano. Las transformaciones del Logos, Córdoba: Almuzara, 2017.

 

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About the author

Jacinto Choza
Jacinto Choza

Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran Antropología y ética ante los retos de la biotecnología. Actas del V Congreso Internacional de Antropología filosófica, 2004 (ed.). Locura y realidad. Lectura psico-antropológica del Quijote, 2005. Danza de oriente y danza de occidente, 2006 (ed).

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