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LA POBREZA Y SUS DIVERSOS ENFOQUES, por Pedro Talavera

La pobreza es un fenómeno extremadamente complejo, lo cual impide ofrecer de él una visión univoca y exige ser abordado desde múltiples enfoques. En primer lugar, requiere de una necesaria determinación conceptual que permita distinguir la ‘pobreza’ de la ‘miseria’, haciendo hincapié en que sólo esta última es incompatible con la dignidad humana, en tanto que supone una carencia absoluta de bienes esenciales (no sólo económicos). Hoy día, en el contexto de una sociedad opulenta, que exalta la riqueza y el consumo e identifica la dignidad con el tener y no con el ser, resulta imprescindible afirmar que determinadas carencias económicas no siempre resultan incompatibles con las exigencias de una vida digna. Por el contrario, en este contexto, resulta imprescindible afirmar la dignidad de una vida pobre, al igual que resulta necesario insistir en que la ‘austeridad’ no es un atentado contra la dignidad sino una valiosa actitud vital.  

1. LA NECESARIA DISTINCIÓN CONCEPTUAL Y EXISTENCIAL ENTRE POBREZA Y MISERIA

Pobreza extrema

Esa connotación absolutamente negativa que se otorga hoy a la pobreza, como consecuencia de la elevación de la riqueza a paradigma vital en la Modernidad, ha supuesto despojarla de toda su intrínseca connotación ética e identificarla con lo que hoy se denomina pobreza extrema; es decir, con la ‘miseria’, con la condición de indignidad de quienes carecen de todo. Despojada de su dimensión ética, a la pobreza se la ha introducido en una dimensión exclusivamente monetarista (carecer de una renta mínima disponible) confrontándola a una noción de bienestar medida en términos de riqueza (posesión de dinero o patrimonio).

Miseria

Ciertamente, en toda su caracterización histórica, puede constatarse un núcleo común en la idea de pobreza: la carencia de aquello que se considera indispensable para desarrollar una existencia digna de un ser humano. Es decir, en cualquiera de sus paradigmas históricos, la pobreza señala un límite (siempre relativo) que se ha traspasado: el límite de lo que una sociedad considera inadmisible o insoportable para una persona. No obstante, cuando tratamos de identificar ese límite, lo que en realidad nos encontramos no es exactamente con la ‘pobreza’, sino con aquello que los clásicos concebían como ‘miseria’.

En efecto, aunque el mundo moderno ha decidido no distinguir estas dos realidades, estamos ante dos ámbitos absolutamente dispares

La perversa identificación entre ambas categorías ha llevado a rebautizar hoy la ‘miseria’ como ‘pobreza extrema’, convirtiéndola en una mera derivada (más radical) de la pobreza, pero asumiendo para ambas la misma connotación degradante y negativa, contraria a la dignidad. Sin embargo, existe una neta distinción conceptual y existencial entre pobreza y miseria, que ya fue trazada con magistral agudeza por Charles Péguy[1], y que evidencia su muy diverso significado. La ‘pobreza’, emparentada con la paupertas de Horacio, refleja el estado en el que se dispone de lo indispensable para vivir, sin lujos superfluos, pero con el necesario decoro (otro de los conceptos barridos por la Modernidad). Péguy la definía como una especie de purgatorio que permite al hombre comprender sus límites y le abre al amor y a la atención por los demás. La ‘miseria’, emparentada con la egestas de Horacio, resulta, por el contrario, un verdadero infierno, en el que, careciendo de lo indispensable, se vive con auténtica desesperación por el mañana. Es el estado del que resulta urgente liberar al hombre y que constituye una verdadera afrenta a su inalienable dignidad[2].

El ideal ético y ascético de la pobreza

En esa profunda diferencia radica el fundamento de la pobreza como ideal ético y ascético, proclamado por la teología cristiana y teorizado desde antiguo por la filosofía de matriz estoica. Se trata de la voluntaria asunción de un estatus de desprendimiento de los bienes materiales superfluos para obtener una más clara visión sobre el sentido trascendente de la vida terrena; esto es, alcanzar una dimensión espiritual como consecuencia de la liberación de las ataduras materiales. La pobreza se convierte, así, en un estado ‘deseable’ –en un ideal de perfección humana- cuando se abraza y se asume voluntariamente, pretendiendo la radical afirmación del ser sobre el tener. El ideal ético y ascético de la pobreza supone, pues, una conjunción entre el ideal socrático del autodominio (no estar atado a nada) y el ideal cristiano de la espiritualidad, expresado en la máxima paulina: nihil habentes et omnia possidentes[3].

Sin embargo, lo que ese ideal ético y ascético exalta y propone como camino de perfección humana es la pobreza, pero no la miseria

En efecto, la pobreza como ideal presupone la tenencia de lo indispensable para una vida decorosa, al tiempo que impulsa (exige) dedicar cualquier otro bien a socorrer a quien carece incluso de lo necesario; es decir, a quien se encuentra en la ‘miseria’, a la que se alude frecuentemente con expresiones relativas como ‘desnudo’, ‘hambriento’ o ‘necesitado’[4].

Pobreza y solidaridad

En este paradigma clásico la pobreza se concibe como un ideal de vida, como la búsqueda de la perfección humana, que parte de la renuncia voluntaria a los bienes materiales y que asume como una ineludible componente la solidaridad, en el sentido de compartirlo todo con el necesitado[5]. He ahí los dos elementos que determinan la auténtica comprensión de la pobreza: su carácter ético, que la configura como un ideal de vida deseable, y su estrecha vinculación con la solidaridad.

La Modernidad

La Modernidad, propugna justamente lo contrario: eleva la riqueza a ideal de vida deseable[6] y desplaza hacia el Estado la atención al pobre, dispensando al individuo de lo que siempre se había concebido como una exigencia ética personal. Se produce, así, un cambio radical en la calificación moral de la riqueza. La poderosa influencia del pensamiento protestante a partir del XVIII acaba otorgando a la riqueza una dimensión incluso religiosa: se la considera un signo de predilección divina (el rico ha sido bendecido por Dios), mientras que la pobreza es una maldición (el pobre ha sido castigado y repudiado por Dios y sólo merece desprecio)[7]. Esta negativa calificación religiosa de la pobreza contribuye definitivamente a identificar la pobreza con la miseria, al pobre con el ‘miserable’, otorgando a la palabra miserable la peyorativa connotación con la hoy la usamos.

Pobreza y holgazanería

Los tratadistas del s. XVIII, en la línea de Luis Vives[8] y la escuela española, incidieron en la vinculación entre pobreza y holgazanería, en el cuestionamiento de la limosna indiscriminada y en acabar con las funciones asistenciales de la Iglesia en favor de una intervención del Estado en la materia[9]. Esto se materializó, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, en la puesta en marcha de las denominadas ‘casas de trabajo’ en las que se internaba a los pobres y se les imponía la obligación de trabajar, al tiempo que se les ‘educaba’ para contribuir a su regeneración moral. Esta idea materialista y utilitaria de las workhouses –empleada por los protestantes ingleses y holandeses desde el siglo XVII- que chocaba con la tradición católica de auxilio a los pobres, se extendió por toda Europa. Las casas de trabajo llegaron a convertirse en auténticos instrumentos de intimidación para evitar la mendicidad dado que eran conocidas las durísimas condiciones de vida en esos internados[10].

La pobreza global y su erradicación

Ciertamente, cuando se trata de analizar y afrontar el fenómeno de la pobreza global, y de elaborar estrategias de cara a su erradicación, es imprescindible recurrir a un enfoque estructural, de acciones coordinadas a nivel internacional, en el que puede difuminarse absolutamente el enfoque personalista que acabamos de hacer. Pero eso constituiría un grave error.

En efecto, hay que volver a la realidad de las cosas

La lucha contra la pobreza en el mundo es, en realidad, una lucha contra la ‘miseria’ en el mundo. Ése es el gran mérito de quienes, como Amartya Sen, han hecho hincapié en reformular la pobreza en clave de bienestar, reformulando a su vez el bienestar en clave de ‘capacidades’ y no de renta disponible. El bienestar debe medirse como capacidad de acceder al mínimo de bienes que las personas consideran valiosos en su contexto social y cultural para desarrollar una vida digna. No tiene por qué existir contradicción entre pobreza y vida digna. No tiene por qué existir una necesaria vinculación entre dignidad y renta. Y, en ese sentido, resulta imprescindible en occidente devolver a la pobreza su connotación ética, recuperar su valor como ideal de vida y asumir la solidaridad como una exigencia inherente a la condición interdependiente del ser humano, de la que nadie puede dispensarse proyectándola sobre el Estado. Todo ello, por supuesto, sin afectar a la exigencia y garantía de los derechos sociales, de los que también son titulares quienes se encuentran en situaciones de miseria absoluto en el Tercer Mundo, y cuya responsabilidad recae sobre todos nosotros, a la hora de poner en marcha una acción internacional eficaz, que haga creíbles –como ha subrayado Thomas Pogge- nuestras proclamas en defensa de los derechos humanos universales[11].

Nadie duda de que cualquier estrategia para la erradicación de la pobreza mundial tiene que pasar necesariamente por la transferencia de renta y tecnología a los países pobres e incluso de la reducción o condonación de la deuda

Y para ello hay que realizar análisis económicos sofisticados y coordinar acciones estructurales que van más allá de la filosofía y la mera filantropía. Pero lo que esto no puede suponer es proyectar sobre el fenómeno las categorías monetaristas de occidente (como viene sucediendo en los últimos 50 años); es decir, mantener el ideal de la riqueza como paradigma (connotación negativa de la pobreza) y proponer a los países pobres que sigan la senda capitalista que occidente ha seguido para llegar a la riqueza: competir en el mercado global y generar crecimiento económico sostenido, de manera que aumente la renta disponible de cada individuo. Un planteamiento de este tipo distorsiona y oscurece absolutamente las causas estructurales que provocan la pobreza y resquebraja la convicción de poder erradicarla en un futuro.

No se trata de ver cómo reproducimos en el tercer mundo el nefasto paradigma de los países ricos de occidente, se trata justamente de lo contrario

Se trata de cambiar el paradigma occidental de la opulencia, recuperando el ideal ético de la austeridad y la pobreza. Y una vez redefinido un nuevo concepto de bienestar, verdaderamente ligado a las exigencias de una vida digna y no al máximo de renta disponible, entonces volcar toda nuestra enorme capacidad material y tecnológica para garantizar a quienes carecen de lo necesario su derecho a vivir una vida digna de quienes pertenecen a la gran familia humana (así nos definió la Declaración Universal de derechos humanos).

2. LA LIMITACIÓN DEL ENFOQUE MONETARISTA DE LA POBREZA

Después de la II Guerra Mundial, la pobreza se llegó a considerar como una cuestión, si no resuelta, al menos no problemática y en vías de solución global

En los países desarrollados, la extensión y profundización del estado del bienestar hizo pensar en la práctica desaparición de la pobreza como fenómeno social de magnitud relevante, o, por lo menos, como una cuestión superada y cuya resolución final vendría con el transcurso del tiempo. Entre las décadas de los 50 y los 70, la pobreza casi desapareció como tema de estudio de la agenda de los científicos sociales, salvo algunas excepciones, entre las que destacan Peter Townsend[12] y Amartya Sen[13]. Durante este período, el análisis de la pobreza se convirtió en objeto de técnicas de gestión social, hasta que con la aparición del paro masivo de larga duración y de los fenómenos de exclusión social empezó a ser percibida como una realidad preocupante para el crecimiento económico y la estabilidad social de los países desarrollados.

La realidad de los países en desarrollo presentaba un panorama distinto

No se desconocía la existencia de graves carencias, pero la explicación que se daba variaba entre consideraciones de orden histórico, por un lado, y climático-naturales, étnicas y culturales, por el otro. En este ámbito se intentó afrontar la pobreza a través de la promoción del desarrollo. La ideología liberal dominante confiaba en las posibilidades que ofrecía la economía capitalista para seguir creciendo y en las interrelaciones positivas entre el crecimiento de las economías de los países industrializados y el desarrollo de los países menos favorecidos. La pobreza era una realidad, pero no merecía una atención específica: el desarrollo estaba por llegar. La mano invisible del mercado produciría necesariamente su efecto global antes o después.

Sin embargo, el crecimiento económico de los países ricos no acabó con la pobreza

Al contrario, en la década de los 60’ aumentó y se extendió tanto que sorprendió a todos y en todos los sentidos. Primeramente, en los propios países desarrollados. La obra de M. Harrington, The Other America (1962), causó enorme impacto al mostrar el panorama de un país con unos 40-50 millones de personas inmersas en nuevas y viejas formas de pobreza. Tanto es así que obligó al entonces presidente Johnson a anunciar un programa prioritario de lucha contra la pobreza en USA. En la misma línea, en el Reino Unido, Brian Abel-Smith y Peter Townsend publican en 1965 su libro The Poor and the Poorest en el que se ponía de manifiesto, con los datos oficiales, que el 14% de la población vivía en situación de pobreza. Pero lo fundamental era la evidencia de que no existía una relación automática entre crecimiento económico y eliminación de la pobreza. Esta es una evidencia que ha ido calando progresivamente en los análisis actuales sobre el fenómeno.
Hoy día, en efecto, la percepción más extendida es que la pobreza no responde a circunstancias de índole coyuntural

Por el contrario, la evidencia muestra que, a pesar del buen comportamiento de los indicadores económicos y del progreso tecnológico, los núcleos de la pobreza se resisten de tal manera a disminuir, o lo hacen con una lentitud tan exagerada, que no cabe pensar que su desaparición real se vaya a producir ni siquiera en un futuro lejano. Todo ello sin contar con las nuevas manifestaciones que aparecen de continuo o en el rebrote virulento de la pobreza en entornos en los que parecía superada o en vías de serlo.

Concepto y diagnóstico de la pobreza

La pobreza como un fenómeno profundamente enraizado en la propia condición humana

En el análisis sobre las causas de la pobreza, las posiciones de partida han marcado decisivamente el concepto y el diagnóstico. En un extremo se encuentran aquellas concepciones que parten de considerar a la pobreza como un fenómeno profundamente enraizado en la propia condición humana y en el funcionamiento de las sociedades. Desde esta perspectiva, la pobreza se percibe como una situación natural o, en una comprensión menos fatalista, como una enfermedad heredada a la que todavía no se ha encontrado el remedio adecuado. A pesar del cambio experimentado en la percepción de la perdurabilidad de la pobreza desde mediados del siglo XVIII y del espectacular desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XX, la visión de una cierta inevitabilidad del fenómeno no ha desaparecido totalmente hoy, o por lo menos se considera que las dificultades siguen siendo insuperables a largo plazo[14].

La pobreza como un fenómeno marcado por las circunstancias propias de nuestro tiempo

En el otro extremo se halla la concepción que considera la pobreza como un fenómeno marcado por las circunstancias propias de nuestro tiempo, no tanto por entender que sea una novedad que antes no existiera, sino porque su actual extensión y persistencia, dadas las posibilidades que ofrece hoy nuestro planeta, sólo encuentran explicación en las reglas de funcionamiento del modelo económico que no se plantean su erradicación como objetivo o, lo que es igual, permiten y consienten su existencia.

Una distinta concepción sobre naturaleza de la pobreza

En ambos planteamientos lo que realmente subyace es una distinta concepción sobre naturaleza de la pobreza; la primera le otorga una dimensión antropológica, la segunda lo reduce a una cuestión puramente económica. Pero no parece que la pobreza puede considerarse sin más una característica definitoria de la condición humana, ni su persistencia o gravedad en determinadas sociedades puede concebirse como un accidente histórico que se perpetúa por la deficiente gestión de la macro o micro economía.

La pobreza desde la economía

Desde mitad del siglo XX el fenómeno de la pobreza se ha venido estudiando, casi exclusivamente, desde los postulados de la ciencia económica, con los instrumentos y mecanismos de medición propios de este análisis, en parte debido al escaso interés que el tema suscitaba entre filósofos, politólogos y juristas. El predominio absoluto del enfoque utilitarista en la concepción del bienestar redujo los elementos definitorios de la pobreza básicamente a la renta o al ingreso, estableciendo, al mismo tiempo, niveles muy nítidos y éticamente poco exigentes en la determinación de sus límites. Dado que el interés prioritario era su medición y cuantificación con parámetros monetaristas, esta forma de entender la pobreza lo único que aportaba eran números, sin importar demasiado el análisis social de las causas.

Esto hizo resucitar el interés por los estudios realizados en el Reino Unido, a finales del siglo XIX, por Booth y Rowntree. Su posición sostenía que el presupuesto indispensable para afrontar el fenómeno de la pobreza consistía en identificar con claridad el objeto de análisis. Y para ello resultaba indispensable reducirla a parámetros monetaristas para poder cuantificarla y delimitarla. A partir de aquí establecieron el denominado ‘umbral de pobreza’ en base a lo que entendieron como ‘renta mínima’ necesaria para la supervivencia de las personas[15]. Este posicionamiento cientificista y monetarista marcó definitivamente el posterior desarrollo de los estudios sobre la pobreza, que adquirió su consagración en el último tercio del siglo XX, cuando la OIT, el PNUD y, sobre todo, el Banco Mundial la asumieron, fijando el umbral de pobreza en 2 dólares diarios[16].

Índice de desarrollo humano

En efecto, a partir de 1978, bajo el mandato de Robert McNamara, el Banco Mundial impulsó muchos estudios para la construcción de lo que se denominó un “índice de desarrollo humano’. En este sentido son de referencia las obras de Paul Streeten[17], Norman Hicks[18] o Frances Stewart[19], que asumieron la metodología cientificista, afirmando que un mayor conocimiento sobre la realidad y las causas de la pobreza estaría directamente ligado a la capacidad de cuantificarla con la mayor precisión y exactitud posible. A partir de aquí la preocupación por la metodología y las técnicas de medición de la pobreza han marcado la mayoría de los trabajos realizados en las últimas décadas.  Junto al Banco Mundial, las demás organizaciones internacionales desde finales de los años noventa, han asumido este enfoque en los seis puntos del denominado “nuevo consenso sobre la pobreza” [20].

El predominio absoluto del enfoque monetarista ha reducido los elementos definitorios de la pobreza básicamente a la renta o al ingreso, estableciendo el ‘umbral de pobreza’ en función del ingreso o renta necesaria para que una persona pueda sobrevivir. Una vez fijado este umbral, se convierte en el instrumento para determinar quiénes son pobres, cuántos son y qué medios hay que proveer para que puedan acceder a ese ingreso mínimo[21].

Umbral de la pobreza

En efecto, la idea dominante a lo largo del siglo XX (que se corresponde con la seguida por los organismos internacionales, en especial el Banco Mundial[22]) ha estado basada en un concepto de pobreza definido a partir de lo que se denomina el umbral de pobreza. Ese umbral se ha determinado en función del ingreso o renta necesaria para que una persona pueda sobrevivir; esto es, para que cada día pueda comer lo mínimo y no muera. Una vez fijado este umbral (menos de dos dólares al día) se convierte en el instrumento para determinar quiénes son pobres y cuántos son. Esto es, permite la identificación del pobre y su  exacta cuantificación[23]. Este paradigma extremadamente reduccionista de la pobreza provoca unas consecuencias absolutamente indeseables:

Primera.

La identificación de la pobreza con la idea de mera supervivencia biológica (estar al borde de la muerte). Resulta sorprendente a estos efectos que, a pesar de los profundos cambios sociales y económicos experimentados en el mundo, la referencia de los mínimos de supervivencia apenas se haya modificado. Los mínimos que fijaron Rowntree y Booth a fines del siglo XIX no difieren sustancialmente del umbral de pobreza todavía vigente hoy para Banco Mundial concretado en el ingreso de un dólar-día por persona.

Segunda.

Definir la pobreza sobre parámetros cuantificables exige, lógicamente, utilizar cantidades, reducir el fenómeno a un paradigma monetarista; es decir, establecer una renta mínima, excluyendo indicadores no cuantitativos, pero mucho más adecuados como la satisfacción de necesidades básicas.

Tercera.

La referencia a una renta mínima para la supervivencia no requiere de una referencia previa a las exigencias de la dignidad ni a la idea de bienestar. Al contrario, se sustenta sobre un criterio meramente negativo que responde a la pregunta: ¿cuáles son las exigencias imprescindibles para que las personas no mueran? Así, la única responsabilidad que se deduce de este indicador –la exigencia jurídico normativa– no va más allá de garantizar la supervivencia de las personas. Los aspectos positivos que exige el derecho al desarrollo, es decir, los componentes de una noción adecuada de bienestar, quedan absolutamente al margen.

3. EL ENFOQUE ALTERNATIVO DE AMARTYA SEN: POBREZA Y CAPACIDADES 

La exigencia ineludible de reformular el concepto de pobreza

El comienzo del camino hacia la superación del enfoque monetarista se produce cuando el interés por establecer el umbral de pobreza cede frente a la necesidad de profundizar en las causas del fenómeno. Este interés preferente por las causas se produce ante la exigencia ineludible de reformular el concepto de pobreza atendiendo a la nueva realidad de la marginación y la exclusión y ante la necesidad de contemplar en el fenómeno no sólo una dimensión monetaria sino también los principios, valores y derechos básicos inherente a al ser humano.

En ese nuevo contexto, la categorización de la pobreza exige contemplar los siguientes elementos: pluridimensionalidad, nuevos instrumentos analíticos, análisis de las causas, adecuación a la realidad cambiante, un concepto relativo de pobreza y avanzar hacia una dimensión jurídica y normativa. Todos estos elementos conforman el nuevo enfoque que se ha desarrollado especialmente en la última década del siglo XX y principios del XXI, a partir de la propuesta del desarrollo humano realizada desde el PNUD[24].

El paso de un concepto de pobreza absoluta a otro de pobreza relativa supone algo más que una simple modificación de los criterios para establecer el umbral de pobreza.

Al reconocer que la pobreza no tiene un umbral fijo ni unas condiciones inamovibles, sino que uno y otras pueden variar –por eso se le denomina relativo–, se hace imprescindible introducir, junto al análisis económico, un análisis conceptual valorativo. En efecto, cuando desparecen como referencia absoluta los mínimos de supervivencia, que supuestamente podían fijarse de manera objetiva, entonces resulta necesario acudir a otros criterios para determinar el umbral de pobreza. Ser pobre no es únicamente carecer de lo imprescindible para no morir de hambre, sino carecer de los bienes imprescindibles para vivir con dignidad en una sociedad determinada. Ello exige necesariamente contextualizar el concepto de pobreza y preguntarse por la noción de bienestar para conceptuar la pobreza en clave de carencia de bienestar. De ahí la importancia que hoy tiene profundizar en la noción de bienestar.

En la formulación de un nuevo concepto de bienestar la aportación de Amartya Sen ha tenido una gran influencia.

Su propuesta supone una profunda crítica a la economía convencional, poniendo de relieve las importantes limitaciones de la vigente idea de bienestar y de calidad de vida. La apertura del concepto de bienestar hacia dimensiones superadoras de la mera acumulación de riqueza (opulencia) se traduce en la formulación de conceptos igualmente alternativos de desarrollo y pobreza. Como es sabido, para Sen el espacio crucial para evaluar la calidad de vida se encuentra en las capacidades de las personas, ya que las capacidades captan el alcance de sus libertades positivas, por lo que el bienestar lo constituye la expansión de las capacidades de las personas para poder optar ante diferentes opciones.

El objetivo prioritario es asegurar que las personas pueden vivir como tales. ¿Hasta dónde se puede llegar en esa pretensión? Ésa es otra cuestión. Determinar cuándo una persona empieza a vivir como persona no implica vislumbrar el resultado último, ni siquiera la gama de posibles estados deseables que ella puede tener. De hecho, habrá muchos posibles grupos o paquetes de objetivos diversos a conseguir. La pobreza se define en función de si la persona dispone o no de las capacidades que le posibilitan para emprender el camino que le lleve a elegir la combinación deseable de objetivos y a esforzarse por conseguir los recursos necesarios para que se haga realidad.

Formulado así, definir dónde empieza y dónde acaba la pobreza implica establecer qué capacidades básicas y qué funcionalidades son los realmente necesarios y valiosos para que la persona pueda comenzar a recorrer su propio camino vital. La gran cuestión radica ahora en definir esa nueva dimensión del umbral de pobreza como carencia de capacidades en las personas o fracaso en conseguir esas capacidades a niveles mínimamente aceptables.

El concepto de pobreza humana propuesto por el PNUD

A partir de aquí, aparece el concepto de pobreza humana propuesto por el PNUD partiendo del nuevo enfoque del desarrollo humano planteado a partir de su Informe de 1997. Este nuevo enfoque supuso una reformulación del concepto de bienestar, por lo que era lógico que el concepto de pobreza experimentara también una profunda revisión. Así lo expresa  el n.17 del Informe PNUD 1997:

Si el desarrollo humano consiste en ampliar las opciones, la pobreza significa que se deniegan las oportunidades y las opciones más fundamentales del desarrollo humano: vivir una vida larga, sana y creativa y disfrutar de un nivel decente de vida, libertad, dignidad, respeto por sí mismo y de los demás. El contraste entre desarrollo humano y pobreza humana refleja dos maneras diferentes de evaluar el desarrollo.

La pobreza se plantea desde esta perspectiva como la carencia por las personas del nivel mínimamente aceptable de capacidades o el fracaso en conseguirlas. La referencia de la pobreza ya no es el ingreso o la renta, sino el proceso por el cual las personas alcanzan o no el bienestar. Desde la perspectiva, el PNUD asumió la propuesta de Sen al considerar las capacidades de las personas como la referencia decisiva para determinar la pobreza. Ello supone entender la pobreza como un concepto relativo, como un proceso más que como un resultado, con un contenido pluridimensional:

en el concepto de capacidad, la pobreza de una vida se basa no sólo en la situación empobrecida en que la persona vive efectivamente, sino también en la carencia de oportunidad real, determinada por limitaciones sociales y por circunstancias personales, para vivir una vida valiosa y valorada. (PNUD, 1997:18)

En este sentido, la idea de pobreza remite a la idea de miseria; es decir, a aquella situación en la que una persona sufre un grado tal de privación que la sitúa por debajo del umbral mínimo exigido por la dignidad humana, de acuerdo con los parámetros de una sociedad determinada. Y en la determinación de ese umbral mínimo es muy importante el elemento contextual. La pluralidad y variedad que adquieren las carencias en los diversos entornos sociales en los que se manifiesta impide establecer un único concepto que tenga validez universal.

4. ALGUNAS BREVES CONCLUSIONES

Resulta urgente eliminar la preponderante concepción economicista del bienestar y del desarrollo

En primer lugar, resulta urgente eliminar la preponderante concepción economicista del bienestar y del desarrollo, ligada a la mera acumulación de riqueza (opulencia), en favor de una concepción moral de estos conceptos ligados al ideal de una vida valiosa. En este sentido, el ‘enfoque de capacidades’ contribuye a poner de manifiesto la ‘potencia’ que tiene el ser humano para actuar y para decidir sus actos no tanto en función del dinero sino en función de aquello que considera valioso. Esa capacidad que tiene el sujeto para decidir y actuar constituyen el ‘espacio’ más apropiado para evaluar su bienestar, mucho más que el espacio de los bienes (que puede inducir al ‘fetichismo de la mercancía’ denunciado por Marx) y que el espacio de las utilidades (siempre ligado, de una u otra manera, al utilitarismo de Bentham). El verdadero bienestar del sujeto no se deduce de la mera posesión de bienes, ni tampoco de la ‘utilidad’ en clave de maximización del placer, tal como es definida por la teoría clásica del consumidor racional, sino que proviene de lo que la persona pretende y logra efectivamente hacer con los bienes, teniendo en cuenta las características de éstos, sus condiciones personales y las circunstancias externas que definen el marco concreto de cada decisión y acción.

De ahí la importancia (subrayada continuamente por Sen) de no reducir la racionalidad económica a su dimensión meramente instrumental. Porque las personas atribuyen a sus actos no sólo un valor poiético (medios para lograr otra cosa, un fin), sino también, y muchas veces, les atribuyen sobre todo un valor intrínseco, un carácter valioso en sí mismo. Como consecuencia, el marco de análisis para conceptuar la pobreza debe proyectarse no tanto sobre la carencia de bienes (que también) sino fundamentalmente sobre las potencialidades de las personas y sobre las condiciones de todo tipo que restringen su libertad de ser y tener lo que cada uno considera racionalmente que vale la pena tener y ser. Así pues, la condición de pobreza, que es miseria en su sentido más radical, hace referencia a un determinado grado de privación que impide a la persona el pleno desarrollo de sus capacidades y, en última instancia, de su libertad. Ciertamente, la superación de esa privación estará seguramente asociada a un factor material (la disponibilidad de una renta), pero involucra muchos otros factores cuyo valor está más allá del mero valor de cambio. En efecto, el valor de los bienes depende sustancialmente de lo que permiten conseguir a una persona en términos de satisfacción de su proyecto vital; de ahí que la libertad sustantiva de las personas no coincida necesariamente con la opulencia económica medida en bienes y servicios. La existencia de grupos humanos particularmente desfavorecidos en los países más ricos es una clara muestra de la divergencia que existe entre estos dos valores, ambos interconectados pero para nada idénticos.

Resulta de vital importancia consolidar el paradigma ético

En segundo lugar, resulta de vital importancia consolidar el paradigma ético, tanto a la hora de recuperar la distinción fundamental entre pobreza y miseria, basada en la satisfacción o no de las necesidades básicas, como a la hora de definir el elenco de las denominadas capacidades básicas (exigencias inherentes a la dignidad humana). En efecto, apelar a un concepto amplio y relativamente complejo de pobreza no significa desconocer la necesidad ineludible de establecer niveles mínimos de capacidades básicas cuya privación resulta insoportable e incompatible con las exigencias de la dignidad humana. En este sentido, se aprecia una cierta convergencia entre capacidades básicas y necesidades básicas. Amartya Sen advierte los peligros que encierra la tendencia a definir las necesidades básicas exclusivamente en términos de productos primarios, como la nutrición, la vivienda y la protección de la salud, precisamente porque podemos olvidar que se trata exclusivamente de medios para obtener fines (los que el sujeto determina como valiosos para su concepción de vida digna).

Pero, aun así, resulta necesario determinar una lista de necesidades básicas objetivas, cuya satisfacción resulta absolutamente necesaria para que una vida humana pueda calificarse como verdaderamente digna. Ha sido Martha Nussbaum quien ha subrayado (de manera más enfática que Sen) la importancia fundamental de reconocer en las políticas de desarrollo económico la preeminencia de las necesidades básicas, cuya garantía debe situarse más allá de las preferencias de los consumidores. En otras palabras, en las decisiones sobre lo que significa una vida valiosa existen unas capacidades básicas, inherentes a la dignidad y por tanto irrenunciables y exigibles más allá del juego del mercado. En este sentido, no cabría contemplar la hipótesis de personas que en determinados lugares no valorasen, por ejemplo, ser analfabetas y entonces decidieran no aprender a leer y escribir. Estaríamos ante una privación que comportaría un nivel de pobreza objetiva, con independencia de la renta disponible.

Resulta urgente avanzar hacia una dimensión normativa de la solidaridad

En tercer lugar, resulta urgente avanzar hacia una dimensión normativa de la solidaridad fundamentada en un auténtico compromiso internacional para la satisfacción real de los derechos sociales básicos a todas las personas del planeta. En consecuencia, tanto la identificación del fenómeno (quién es pobre) como la medición de la pobreza (cuáles son sus características esenciales) son ejercicios intelectuales que requieren ir más allá del campo específico del acceso individual a bienes materiales, para incluir también el campo de lo social (al menos, la garantía universal de servicios públicos de salud y educación) y el campo de lo político (la participación activa del sujeto en el proceso de decisiones relacionadas con los grandes fines de la vida humana en común).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS BÁSICAS

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NOTAS

[1] PÉGUY, Ch., ‘De Jean Coste’, en Ouvres en prose, vol. I, Gallimard, París, 1987, p. 1018 ss.

[2] BALLESTEROS, J., Postmodernidad: decadencia o resistencia, Tecnos, Madrid 1995, p. 46-47.

[3] 2ª Carta a los Corintios, 6. Posteriormente glosado por AGUSTÍN DE HIPONA, en el segundo volumen de Las Confesiones, aludiendo a que el desprendimiento de las riquezas, libera de la esclavitud de lo material y convierte al hombre en señor de sí mismo y, en consecuencia, en señor de todo porque en la pobreza se encuentra a la divinidad.

[4] S. Juan CRISÓSTOMO dirá: “no basta, pues, con despreciar las riquezas, sino que hay también que alimentar a los pobres” (Homilías sobre S. Mateo, n. 20-23). TOMÁS DE AQUINO, siguiendo a S. Ambrosio y a S. Jerónimo habla de pobreza de espíritu como la virtud que ordena la conducta del cristiano en relación con el uso y posesión de los bienes materiales. Y subraya lo que esencialmente define la virtud de la pobreza: el desprendimiento efectivo de los bienes materiales y la ayuda a los demás con los bienes que se poseen (cfr. Summa Theologica, 2-2 q.19 a.12).

[5] MASOLIVER, A., Historia del monacato cristiano, vol. I, Madrid, Encuentro, 1994, p. 29 ss.

[6] La afirmación de Adam SMITH de que ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y miserables (Libro V, capítulo 6, La Riqueza de las Naciones) es el exponente más directo del cambio de enfoque.

[7] WEBER, M., La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Alianza, Madrid 2012.

[8] VIVES, L., De Subventione Pauperum (1526), en Obras Completas, Madrid, Aguilar, 1957.

[9] GEREMEK, B., La piedad y la horca. Historia de la miseria y de la caridad en Europa, Alianza, Madrid 1998, p. 12 ss.

[10] GUTTON, P., La societé et les pauvres, Gallimard, Paris, 1970.

[11] POGGE, Th., World Poverty and Human Rights, Cambridge University Press, 2002. ID., Hacer justicia a la humanidad, FCE, México, 2013.

[12] TOWNSWEND, P., The International Analysis of Poverty, Harvester Wheatsheaf, London, 1993

[13] SEN, A., Nuevo examen de la desigualdad, Alianza Economía, Madrid,1995.

[14] ROLL, J., “Understanding Poverty. A Guide to the Concepts and Measures”, Occasional Paper, nº 15, Family Policy Studies Center, London, 1992.

[15] BOOTH, Ch., Life and labour of the people in London, Macmillan 1902; ROWNTREE, B., Poverty and progress, Longmans 1922.

[16] Consagrar la dimensión monetarista del ‘umbral de la pobreza’ a través del concepto de ‘renta mínima básica de supervivencia’, fue objeto de obras emblemáticas. Vid. TOWNSEND, P., The International Analysis of Poverty, UK, Harvester Wheatsheaf, 1993; ATKINSON, A.B., “Poverty”, en The New Palgrave. A Dictionary of Economics, Macmillan Press, 1987, Vol 3, p. 928-933.

[17] STREETEN, P. (coord.), Lo primero es lo primero: satisfacer las necesidades básicas en los países en desarrollo, Tecnos/Banco Mundial, Madrid 1986.

[18] HICKS, N. – STREETEN P., “Indicators of Development: the Search for a Basic Needs Yardstick”, en World Development, vol. 7, nº 6., New York 1979.

[19] STEWART, F., Planning to Meet Basic Needs, MacMillan, Londres 1985.

[20] El umbral de pobreza es una de las claves del “nuevo consenso” establecido por el Banco Mundial a partir de los años 90 y que se concretaba en seis puntos: a) una definición de pobreza absoluta basada en el consumo privado que se establece en: un dólar por día y persona como frontera; b) la medición de la pobreza a través de tres indicadores: incidencia (porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza), intensidad (distancia entre el ingreso de los pobres y la línea de pobreza) y severidad (compuesto por los dos anteriores); c) favorecer las políticas que supongan el crecimiento de procesos de producción que requieran trabajo intensivo; d) que las medidas que se adopten no empeoren la distribución del ingreso; e) la necesidad de la intervención del Estado para garantizar la mejora del capital humano, especialmente en materia de salud y educación; f) la creación de redes de seguridad que mitiguen la situación de las personas más vulnerables. Hay indicios de que ese consenso está siendo revisado a partir del Informe sobre el desarrollo mundial, 2000-2001, que tuvo como tema la pobreza y el desarrollo. En el Informe se introducen algunos cambios en cuanto al concepto y a la medición de la pobreza. Plantea incluir como elementos constitutivos: la educación, la salud, el riesgo y la vulnerabilidad y el acceso a la toma de decisiones en el plano local y nacional.

[21] LIPTON, M., “Poverty: Are There Holes in the Consensus?” en World Development, vol. 25, nº7 (1997): p.1003-1007.

[22] El enfoque pragmático de la pobreza adoptado por el BM, con su evolución en las propuestas de políticas, ha sido seguido por las demás organizaciones internacionales, y lo que hoy puede considerarse el “nuevo consenso de la pobreza”, vigente en los organismos internacionales desde fines de los 90, responde a las propuestas del BM (Lipton, 1997). El “nuevo consenso” se concreta en seis puntos y no supone ninguna modificación sustancial del enfoque tradicional: a) una definición de pobreza absoluta basada en el consumo privado que se concreta en el dólar por día y persona como frontera; b) la medición de la pobreza a través de tres indicadores: incidencia (porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza), intensidad (distancia entre el ingreso de los pobres y la línea de pobreza) y severidad (compuesto por los dos anteriores); c) favorecer las políticas que supongan el crecimiento de procesos de producción que requieran trabajo intensivo; d) que las medidas que se adopten no empeoren la distribución del ingreso; e) la necesidad de la intervención del Estado para garantizar la mejora del capital humano, especialmente en materia de salud y educación; f) la creación de redes de seguridad que mitiguen la situación de las personas más vulnerables. Hay indicios de que ese consenso está siendo revisado a partir del Informe sobre el desarrollo mundial, 2000-2001, que tuvo como tema la pobreza y el desarrollo. En el Informe se introducen algunos cambios en cuanto al concepto y a la medición de la pobreza. Plantea incluir como elementos constitutivos: la educación, la salud, el riesgo y la vulnerabilidad y el acceso a la toma de decisiones en el plano local y nacional.

[23] Definiciones cuantitativas basadas en la renta y el consumo: A través de la relación entre la renta y un nivel mínimo aceptable de consumo; es decir, pobreza como mínimo de consumo en bienes y servicios necesarios para la satisfacción de necesidades básicas:

  • Un conjunto de alimentos que corresponde al ‘Minimum Food-Energy Intake (FEI)’, la cantidad de calorías mínimas que una persona tiene que tomar para estar activamente en vida;
  • Un conjunto de bienes no alimentarios que necesita una persona para participar en la vida social y procurarse el Minimum FEI.

La renta monetaria que se necesita para obtener las ‘necesidades básicas’ se puede medir a través de “línea de pobreza” (poverty line). Hay dos tipos:

  • Absoluta: es determinada a través de un conjunto de bienes fijos en el tiempo y en el espacio. Es fijada en 2 dólares por capita/día (US$ PPP, Purchasing Power Parity);
  • Relativa: cambia con la renta media y, generalmente, es definida con el 50% de la renta media de una colectividad.

[24] Definición de pobreza basadas en indicadores sociales: La pobreza es definida como la falta de algunas capacidades fundamentales en el ámbito de la alimentación, de la vivienda y de la participación social. Este criterio de definición tiene en cuenta bienes y servicios que no se encuentran siempre y en todas las condiciones en el mercado (educación, salud, derechos civiles y políticos, etc.). Sobre esta base, las Naciones Unidas calculan el Índice Humano de Pobreza (Human Poverty Index-HPI). Este índice es calculado de manera diferente para los países en vías de desarrollo y para los países industrializados:

Índice Humano de Pobreza para países en vías de desarrollo:

  • Cuota de población con esperanza de vida inferior a 40 años.
  • Tasa de analfabetismo adulto.      
  • Promedio del porcentaje de población sin acceso a agua, porcentaje de población sin acceso a servicios modernos para la salud y el porcentaje de niños mal nutridos con menos de 5 años de edad.

Índice Humano de Pobreza para países industrializados:

  • Cuota de población con esperanza de vida inferior a 60 años.
  • Tasa de analfabetismo funcional.
  • Porcentaje de población que vive bajo de la línea de pobreza nacional (ISPL-Internacional Standard Poverty Line, 50% del promedio de la renta disponible) y que esté desempleada un tiempo mayor a 12 meses.

About the author

Pedro Talavera Fernández

Profesor Titular de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universitat de València. Ha sido profesor Visitante de la Loyola University of Chicago (USA) y de la University of Cambridge (UK). Es autor de diversas publicaciones sobre garantías de los derechos humanos; bioética y biojurídica, metodología y argumentación jurídica; la postmodernidad y el posthumanismo; la dimensión narrativa y literaria del Derecho, etc.

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